Barcelona, 1854: un barco trae el cólera, mueren miles y caen al fin las murallas

Si diéramos una visión positiva de la capital catalana en los años previos hablaríamos de la llegada del tren desde Mataró o de la inauguración del Gran Teatro del Liceu en la Rambla

Foto: Vista aérea de Barcelona en 1857.
Vista aérea de Barcelona en 1857.

Ese cálido y nervioso julio de 1854 todos los ingredientes se juntaron en Barcelona hasta crear un incomparable cóctel explosivo. Si diéramos una visión positiva de la capital catalana en los años previos hablaríamos de la llegada del tren desde Mataró o de la inauguración del Gran Teatro del Liceu en la Rambla, esa avenida interclasista, tan especial como para sorprender a Washington Irving por su mezcla de humildes y aristócratas, extrañas presencias para ese estadounidense empeñado en imaginarla con folclóricas y toreros.

Estos últimos tienen su relevancia si queremos entender la otra cara de la Ciudad Condal justo a mediados del ochocientos. La tarde del 25 de julio de 1835, San Jaime, se celebró en el Torín de la Barcelona una corrida catastrófica, magnífica excusa para propiciar la quema de conventos en el centro de la urbe amurallada hasta airearla y proporcionar espacio a la ciudadanía, ahogada por muchos motivos, entre ellos sufrir la ocupación del 40% del espacio hábil por cuarenta grandes conventos, veintisiete templos y edificios públicos, once hospitales y siete cuarteles. En 1849 se contabilizaban 11,44 metros por persona, con una tasa infernal de 860 habitantes por hectárea, la más elevada en toda Europa, duplicando las de Londres y París.

Fotografía de la época en la que se ve el llano de Barcelona al fondo, el actual Eixample y los barrios en 1855.
Fotografía de la época en la que se ve el llano de Barcelona al fondo, el actual Eixample y los barrios en 1855.

La esperanza de vida era de treinta y seis años para las clases pudientes y veintitrés para los más desfavorecidos, asimismo, tanto unos como otros, oprimidos por el terrorífico control militar del territorio, no sólo increíble por la ineludible amenaza de la Ciutadella a nivel del mar y del Castillo de Montjuic en la montaña; a estos elementos se añadía el continuo menoscabo para los moradores, reducidos a la nada y ahogados por las fanegas destinadas a la soldadesca y sus instalaciones, doscientas treinta y cuatro de las trescientas catorce barcelonesas. Quien residiera en la antaño princesa del Mediterráneo podía caminar de la Rambla hasta Santa María del Mar sin pisar la calle mediante un complejo y fastidioso sistema ideado para elevar las viviendas y ganar altura para vencer tanta estrechez.

La esperanza de vida era de treinta y seis años para las clases pudientes y veintitrés para los más desfavorecidos

En una de sus obras más desconocidas, Barcelona: una 'discussió entranyable', Josep Pla alaba con sorna la quema de conventos de 1835 por liberar un poco ese laberinto compuesto, en esencia, por el actual casco antiguo, la Rambla como gran paseo y el Raval como núcleo de consolidación fabril mientras hubo huecos para las empresas. La Barceloneta quedaba aislada de ese perímetro infecto e insalubre, casi como una rémora, anexo pescador dominado por Capitanía General y consecuencia física de la derrota de 1714.

Los tiempos habían cambiado mucho desde entonces y esos hechos lejanos no figuraban en la agenda de los barceloneses. En 1778 Carlos III emanó el Reglamento de Libre Comercio y concedió a Barcelona una oportunidad áurea para relanzar su economía en América; a partir de ese instante reverdeció viejos laureles, creció en múltiples sentidos y aprovechó su excepcional ubicación geográfica para abrazar la senda de la modernidad tanto en lo económico como en lo cultural, erigiéndose en punta de lanza de la Península Ibérica.

Plano topográfico de Barcelona y su llano (Ildefons Cerdà,1855).
Plano topográfico de Barcelona y su llano (Ildefons Cerdà,1855).

La introducción de maquinaria industrial proveniente del pujante Reino Unido supuso un avance transgresor por único y comportó la asunción de nuevas componendas sociales desde el surgimiento de un proletariado cada vez más consciente de su condición. Pla podía ironizar con los conventos en llamas, no así con el Vapor Bonaplata pasto de las mismas por la ira de los trabajadores en agosto de 1835, cuando atentaron contra el ingenio en un acto de claras reminiscencias luditas.

El malestar no era sólo obrero. La ciudad, opuesta al Carlismo de la Cataluña rural, tenía unos intereses propios y en ocasiones colisionaban con los del poder central. En 1842 y 1843 Barcelona fue bombardeada sucesivamente por el todopoderoso Espartero y el Brigadier Prim para terminar con sendas revueltas antigubernamentales de distinto cariz.

La Vicalvarada como acicate

Durante toda la Década Moderada Barcelona se mantuvo legalmente bajo estado de sitio. Los problemas no habían desaparecido. Las murallas, pese a los intentos de derribarlas durante los años precedentes, seguían en pie y la vista del llano colindante, del Besós al Llobregat, de la urbe a los pueblos aledaños, era un suspiro y un anhelo de futuro para poder rubricar la expansión y abandonar esa cárcel entre sillares antiguos sinsentido, pues, como bien arguyó Jaume Balmes, el progreso de las técnicas militares había convertido esa milenaria forma de defensa en un absurdo pernicioso incluso para la salud, como refrendó en julio de 1854 la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona. En su alegato mencionaba los beneficios higiénicos de la demolición en nombre de la comodidad, cultura y salubridad de esas ciento cincuenta mil almas hacinadas. Con el adiós a esas piedras aciagas la capital del Principado podría ofrecerse calles anchas, jardines, plazas, mercados, plazas y baños públicos, piezas magistrales para aplacar la mortalidad y aumentar el bienestar de sus pobladores.

La revolución de 1854 en la Puerta del Sol de Madrid ('La Vicalvarada').
La revolución de 1854 en la Puerta del Sol de Madrid ('La Vicalvarada').

Esta tesis tenía otros valedores desde diversas tesituras. En 'El Diario de Barcelona' su director, Antonio Brusi, devino un adalid de los planes presentados por el Municipio al Gobierno Central en 1853, consistentes en un ensanche ilimitado con amplias calles para dilatar las arterias principales, evitar la posibilidad de rebeliones y, a imagen y semejanza del triunfal Luis Napoleón III, ir a por todas en pos de poner los capitales en circulación con el auge entre raíles del comercio y la industria.

Todos estos planes topaban con intereses militares, a punto de finiquitar desde su propia intervención. Como bien es sabido el 28 de junio de 1854 Leopoldo O’Donnell se pronunció junto a sus tropas en Vicálvaro, población hoy en día integrada a Madrid. La batalla contra los leales a Isabel II tuvo un resultado incierto, proclamándose ambos contingentes vencedores e iniciándose una persecución del rebelde hacia la frontera lusa, clave al dejar desguarnecida la capital del Reino.

Los acontecimientos se precipitaron desde Barcelona, donde el nada casual 14 de julio se formó una Junta partidaria de los insurrectos

Una vez fracasó el pronunciamiento la rebelión sólo podía tomar las riendas del destino nacional si proponía amplias reformas políticas. Desde un punto de vista canónico 'El Manifiesto del Manzanares', redactado por un jovencísimo Cánovas del Castillo, daba un empuje hacia la hegemonía liberal; sin embargo, los acontecimientos se precipitaron desde Barcelona, donde el nada casual 14 de julio se formó una Junta Provisional de Gobierno partidaria de los insurrectos. Esa misma jornada el proletariado reanudó las huelgas de esa misma primavera, provocadas por las 'selfactinas', 'self-acting machines', causantes de desempleo y penurias para muchas familias. La quema de fábricas y talleres avivó la temperatura de esas horas cruciales, donde aún faltaba un tercer componente.

El cólera y las murallas

Más o menos por las mismas fechas el puerto recibió, algo normal, un barco originario de Marsella. Además de las preceptivas mercancías llevaba consigo el cólera. Durante ese verano acabó con el 3% (entre 6.000 y 9.000 personas) de una población barcelonesa de 150.000, expuesta en demasía al no declarar sus mandamases la epidemia pese a tomar una serie de medidas familiares para todos nosotros, tales como asegurar la ventilación e las casas, retirar las basuras al amanecer o encargar a los funcionarios comprobar el estado de las calles y las viviendas. El Ayuntamiento, en plena alarma, organizó juntas municipales de Sanidad, creó una comisión de estadística, nombró inspectores, fundó casas de socorro en los distritos de cada parroquia y estipuló los cuidados previos requeridos antes del arribo del médico de turno, colectivo elogiado junto a los farmacéuticos por haber luchado sin reposo ni ayuda suficiente.

El cólera en una alegoría de la prensa barcelonesa de la época.
El cólera en una alegoría de la prensa barcelonesa de la época.

La situación podía colisionar o abrir la puerta hacia el mañana. El 14 de julio el Ayuntamiento solicitó a la Junta Provisional permiso para echar al suelo las murallas, denegado por el capitán general Ramón De la Rocha, quien pese a su escasa inteligencia tuvo el tino de prohibir las 'selfactinas' el 25 de julio antes de huir el 5 de agosto, odiado por propios y extraños. Ese julio de 1854 suele imaginarse desde la habitual épica revolucionaria. No conviene hacerse ilusiones ni hilvanar realismos mágicos. La burguesía huyó para salvarse del morbo asiático y sólo quedaron en la ciudad obreros y administradores. Estos últimos recibieron un apoyo decisivo a sus planes con la designación como gobernador civil de Pascual Madoz, liberal a ultranza y defensor del ensanche de Barcelona incluso en artículos enciclopédicos.

Madoz, como veremos, tenía otro as en la manga. Su aparición coincidía con el encumbramiento al primer cargo ministerial de Baldomero Espartero, regresado de su exilio para tomar las riendas e intentar ser coherente con su proverbial cúmplase la voluntad nacional. El riojano, pese al bombardeo de 1842, era un ídolo popular y Madoz tenía muy buena consideración, entre otras cosas por su efectividad. En cuatro días puso de acuerdo, mediante el rescate de las 'selfactinas' y un aumento de sueldo, a empresarios y trabajadores, movió los hilos con Madrid para acelerar el orden para ejecutar el derribo de los muros y el 15 de agosto transmitió al Consistorio Condal la resolución gubernamental de legitimar, al fin, la consecución del milagro.

Vista del derribo de la muralla de tierra en 1845, al fondo la iglesia de Santa Anna.
Vista del derribo de la muralla de tierra en 1845, al fondo la iglesia de Santa Anna.

Con ello Madoz mataba tres pájaros de un tiro. Los desocupados se harían cargo de la demolición de la muralla de tierra, pagados con la venta de los materiales de la misma, conservados en perfecto estado. Esta jugada se ampliaba en más sentidos. Hasta ese instante los militares habían maniatado a Barcelona desde su condición de plaza fuerte. No podía construirse en un radio de un kilómetro doscientos metros desde las fortificaciones porque esa era la distancia de tiro. La excepción era el paseo de Gràcia, emergido a finales de la década de 1820 para unir la ciudad con los pueblos del llano como Gràcia, Horta o Sant Martí y auspiciar, según las malas lenguas, mayor comodidad a los veraneantes ansiosos de abandonar la incipiente polución capitalina.

Más allá de esto la cuestión de la plaza fuerte era el quid de la cuestión. Madoz movió ficha hasta desbaratar a O’Donnell, ministro de Guerra. Los costes económicos de la epidemia habían dejado al Ayuntamiento sin dinero en sus arcas. Para poder proseguir con las obras, vitales para impedir altercados sociales y asegurar la higienización urbana, el Estado se comprometió a invertir cuatro millones de reales, además de asumir los gastos futuros. Con este movimiento la balanza se inclinaba ante lo civil, marginándose lo militar muy en sintonía, breve y certera, con el espíritu europeo de esa década de amplio espectro reformista, del París de Haussmann al Ring vienés. Barcelona se incorporaba a esta élite. Ese llano era una catapulta hacia refundarse, y la primera piedra para hacerlo nació mediante la designación de Ildefons Cerdà como ingeniero civil de la Hacienda pública con el fin de trazar un plano topográfico de los alrededores de Barcelona. Con esa labor, impresionante y genial como toda su trayectoria, la semilla del mañana empezaba a germinar más bien desapercibida hasta florecer con inigualable estrépito. Nunca una ciudad fue tan desagradecida a quien tanto dio por encumbrarla hacia una dimensión inaudita.

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