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Ramón González Férriz: "La moción de censura rompió el centro político español"

El periodista, escritor y columnista de El Confidencial publica 'La trampa del optimismo', un libro esencial para entender cómo los años noventa explican el mundo actual

Foto: Ramón González Férriz. Foto: Marta Valdivieso
Ramón González Férriz. Foto: Marta Valdivieso
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Abril de 1993. Apenas dos meses antes de la cuarta y última victoria electoral del PSOE de Felipe González ante el PP del Aznar del "¡Márchese!", un pequeño grupo granadino llamado Los Planetas se estrenaba en Madrid. Aquella noche en la sala Maravillas, epicentro de la música indie en la capital, sucedió algo en lo que sólo repararon los cronistas más atentos. Lo contó Nando Cruz: "El día que Los Planetas debutaron en la sala Maravillas querían droga y quién se la vendió fue Enrique Urquijo, el cantante de Los Secretos. En aquel momento, les entregaba también, metafóricamente hablando, el testigo de la música pop española". Y añade Ramón González Férriz (Granollers, Barcelona, 1977) al recordar los hechos en 'La trampa del optimismo' (Debate): "Aquella fue una nueva transición hacia una nueva modernidad". El mundo entero marchaba ya francamente, y nuestro país el primero, por la senda del optimismo desaforado de los años noventa.

El periodista, escritor y columnista de El Confidencial González Férriz presenta los hechos en 'La trampa del optimismo', un ensayo excepcional, tan profundo como irónico y adictivo de la gran década del optimismo occidental en la que tantos como él dejamos atrás la infancia mientras plantaba su semilla, sin que nadie prestara atención, la desgracia de nuestros males presentes.

'La trampa del optimismo' (Debate)
'La trampa del optimismo' (Debate)

Un muro cayó en Berlín, un ominoso imperio se desmoronó, un tal Fukuyama declaró el fin de la historia, un continente se unió y una red virtual desplegó sus raíces por todo el planeta al ritmo del bripop inglés y de la banda sonora de 'Friends'. González, Aznar, Bill Clinton, Tony Blair, Helmuth Kohl y François Miterrand pero también Tim Berners-Lee, Bill Gates, Steve Jobs o Jeff Bezos dieron forma a una década cuyo perfil ensombece nuestro polarizado y caótico mundo de hoy.

PREGUNTA. Alguien dijo que la novela histórica siempre trata del ahora por remotos que sean sus escenarios. ¿Tu crítica a los noventa no estará condicionada por las sombras del mundo actual? Como Zweig en ‘El mundo de ayer’, buscamos en el feliz pasado las semillas de nuestros males presentes porque no somos capaces de entender lo que nos ocurre hoy.

RESPUESTA. Sin duda, sí. Pero me parece que tiene sentido preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí, reconstruir el pasado para ver por qué el presente es como es. Y lo que me llamó la atención cuando empecé a pensar en este libro hace años, durante lo peor de la crisis del euro, fue cuántas cosas que estaban sucediendo en el presente tenían sus raíces en los años noventa. Fue en esa década cuando no solo se creó el euro, sino que se establecieron las reglas con las que se gestionó la crisis del 2008. Fue entonces cuando la globalización cogió una velocidad extraordinaria y no se prestó la atención suficiente a los trabajadores occidentales que acabarían perdiendo el trabajo a causa de ella. Fue en los noventa cuando se apostó que, si China se hacía rica, se volvería una democracia como todas las demás, cosa que no ha sucedido. Fue en los noventa cuando se inventó la World Wide Web, un invento al que hoy dedicamos una cantidad de tiempo desproporcionada y no siempre feliz. Fue en los noventa cuando en las finanzas se empezaron a utilizar masivamente los swaps y los derivados que tanto contribuyeron al estallido de la crisis de Lehman Brothers. De modo que sí, seguro que existe ese condicionamiento, pero es más que una especie de inspiración. Los hechos están ahí.

Hay algo a lo que debe enfrentarse un adulto como yo que opina en los periódicos: el grado de eficiencia que demuestran tus ideas

P. Aseguras que 'La trampa del optimismo' no es un ajuste de cuentas pero no sé si es creíble. Napoleón, citas, afirmó que para conocer a un hombre había que entender como era el mundo cuando tenía veinte años. En tu caso -y el mío- ese mundo es el de 1997. Pero entender a un hombre no es entender el mundo… ¿Cómo evitar que el recuerdo de la juventud perdida no afecta nuestra capacidad crítica y avive el resentimiento mientras nos adentramos en la madurez?

R. Hay algo a lo que debe enfrentarse un adulto, sobre todo si se dedica a opinar en los periódicos, como es mi caso. Y es el grado de eficiencia que, con el tiempo, demuestran tener tus ideas. Yo soy un defensor del Tratado de Maastricht, del euro, de la globalización, de la tercera vía y de la música indie. Ahora bien, ¿qué tal han funcionado con el paso del tiempo? Por decirlo de manera prudente, su funcionamiento no ha sido óptimo. Seguro que hay otras maneras de enfrentarse a la constatación de que tus ideas de juventud no eran tan buenas como tú creías entonces, pero para mí el mecanismo mental automático es reconstruir sus orígenes, ver la historia que hay detrás de ellas. Es lo que he intentado hacer. ¿En qué medida me afectan la nostalgia y el resentimiento? A mi estado de ánimo muy poco, a mi capacidad de razonar con frialdad, quiero pensar que no mucho, pero quién sabe. Eso deberá juzgarlo el lector.

P. Hegel certificó que la historia había terminado al ver a Napoleón a caballo en Jena y Fukuyama hizo lo propio tras caer un muro en Berlín. El exceso de optimismo que señalas como rasgo principal de los noventa parece una constante a lo largo de la historia, un subproducto de la hybris escrito con mejor o peor literatura. Pero comprensible. ¿Quién le dedica un minuto a un aguafiestas? ¿Cómo no creernos los putos amos cuando los planes salen bien?

R. El libro de Fukuyama es más contenido y matizado de lo que suele creerse, y sigue teniendo razón en muchos sentidos. Pero por lo que respecta al mío, lo que he intentado es responder exactamente a la pregunta que me haces: ¿acaso no somos capaces de controlar nuestro propio entusiasmo? ¿No nos damos cuenta de que, cuando estamos convencidos de que algo es infalible, es muy probable que las cosas salgan mal? Y sí, es una constante a lo largo de la historia. Seguro que se podrían escribir libros parecidos sobre una docena de décadas. Pero me parece evidente que la caída del Muro de Berlín y del Imperio soviético fueron hechos históricos extraordinariamente importantes, que definieron por completo nuestra vida y desataron un optimismo desmesurado. Y lo que me decidió a escribir el libro es que ese optimismo existió en muchos campos distintos: no solo en la política, sino en la economía, las finanzas, la tecnología. La euforia era casi transversal, y lo era a pesar de que muchas cosas iban mal: de la guerra de Yugoslavia a la “década perdida” de la economía japonesa. La frase que lo define mejor es de Allan Greenspan, el gobernador de la Reserva Federal estadounidense: era una “exuberancia irracional”.

¿No nos damos cuenta de que, cuando estamos convencidos de que algo es infalible, es muy probable que las cosas salgan mal?

P. Explicas que el modelo de Fukuyama no era EEUU sin embargo sino Europa y describes el no siempre acertado pero sin duda exitoso proceso que va de Maastricht al euro. Hoy la UE, esa Arcadia feliz, podría durar aún menos que el Pacto de Varsovia asediada por la desigualdad, el nativismo, la búsqueda de chivos expiatorios y la incomprensión mutua. No parece buena idea el inmovilismo de unos dirigentes que solo rezan para que no se vaya todo al infierno.

R. Yo creo que la UE es un éxito notable. En los años noventa, cuando se aprueba el Tratado de Maastricht, las críticas que se le hacen son muy parecidas a las actuales: Le Pen dice que le quita soberanía a las naciones, la Liga Norte italiana dice que es una conspiración de oligarcas, el Partido Comunista francés pide que se vote no a su ratificación; en Austria, la extrema derecha tiene más de un 20% de los votos, en Países Bajos también hay una derecha populista, en Dinamarca el referéndum lo gana el no… De modo que la oposición a la UE no es nueva y, sin embargo, esta sigue funcionando razonablemente bien y su actuación en esta crisis está siendo mejor gracias a lo aprendido en la última. Lo que pasa con la UE es que se proyectan tantas fantasías sobre ella acerca de cómo debería ser, cuál es su destino óptimo, su perpetuo movimiento hacia no sé qué utopía, que nos olvidamos de que existe, que funciona bastante bien y que nadie sabe muy bien cómo desmantelarla. Para mí es un triunfo notable, aunque muchas veces me moleste su retórica idealista.

P. Yo fui como tantos otros el primero de mi familia que fue a la universidad y ocurrió, claro está, en la España bipartidista de los noventa, escuchando como tú Nirvana y haciendo el Interraíl. ¿Cuál fue la especial peculiaridad de nuestro exceso de optimismo en la que debiéramos haber reparado entonces?

R. Creo que pensábamos que había una ley histórica según la cual los hijos viven mejor que los padres, que la permanencia en la clase media era algo dado y que con una carrera y chapurreando inglés seríamos profesionales de éxito o, al menos, tendríamos un trabajo fijo. La experiencia de mis padres fue la de nacer en familias muy humildes y acabar viviendo confortablemente en la clase media. Creo que pensamos -quizá no de manera explícita, pero sí implícita- que ese salto inmenso se podía dar en cada generación. Además, la historia de la España reciente era un éxito evidente: la Transición funcionó, el socialismo modernizó el país. En el libro cuento el hilo optimista de los noventa españoles: Barcelona 92, la Expo, la firma de Maastricht y la entrada en el euro, la llegada de enormes cantidades de dinero del extranjero con el que endeudarse y comprar casas… Creo que se produjo todo lo necesario para que sobrevaloráramos nuestras opciones de futuro.

En España creímos que la clase media era algo dado y que con una carrera y chapurreando inglés llegaría el éxito

P. Te declaras afín a la tercera vía noventera, un centrismo socialdemócrata, una receta que va alterando las cantidades de mercado y estado según las circunstancias pero evitando siempre excesos culinarios. En nuestro caso, el modelo sería esa Tercera España tan admirable como frágil. ¿Podríamos datar su último naufragio, y el origen de nuestra actual polarización política, en lo ocurrido entre el PSOE y Ciudadanos desde la moción de censura?

R. He pensado mucho en lo que pasó en esa moción de censura. Ni siquiera en términos políticos generales, o históricos, sino personales. Vi cómo una parte de mi mundo se transformaba rápidamente. De repente, un montón de amigos se iban a trabajar al Gobierno socialista; otros, que habían dado por hecho que en poco tiempo estarían en el gobierno porque las encuestan daban ganador a Ciudadanos si había elecciones, se quedaron perplejos cuando la historia no les dio la oportunidad que daban por segura. Todo fue relativamente civilizado —menos en Twitter, claro—, pero para muchos de nosotros supuso ver en directo cómo se crea una polarización, incluso entre gente que se lleva bien y tiene ideas no tan distintas. Te pasas la vida leyendo sobre el poder en los libros y luego te das cuenta de lo que le hace a la gente que te rodea, y por extensión a ti. En cierto sentido está bien, porque entiendes mejor el funcionamiento del mundo. Pero sí fue un poco traumático ver cómo aquella moción de censura rompía ese espacio centrista español en el que yo me siento cómodo.

Soraya y su bolso de Loewe durante la sesión de tarde de la moción de censura.
Soraya y su bolso de Loewe durante la sesión de tarde de la moción de censura.

P. Lo malo de la moderación liberal es que mientras las cosas van bien parece óptima pero cuando fallan, y de una u otra forma siempre acaban fallando, su frialdad racional no le dura un asalto a la liga imparable de las identidades, las naciones y otras pasiones tristes. ¿Es por naturaleza imposible una razón atractiva que pase a la ofensiva?

R. Te doy la razón y no. Sí, lo malo del centrismo moderado es que es poco sexy, tiende a quedarse sin respuestas cuando las cosas no salen como estaba planeado y tiene algo de elitista: es muy probable que muchas veces no entienda a una parte inmensa de la población. Pero, al mismo tiempo, no estoy de acuerdo en que “no aguante un asalto” ante los populismos. Yo creo que está resistiendo, a trompicones, de manera mediocre, pero en cualquier caso resistiendo en muchas partes de Occidente. Lo que pasa es que ahora se siente asediado, y esa es una sensación nueva porque está demasiado acostumbrado a ganar. No soy del todo pesimista en ese sentido, no creo que estemos necesariamente condenados a ser gobernados por populistas o, aún en caso de que estos ganen, puedan desarrollar sus planes dentro de las instituciones liberales.

No creo que estemos necesariamente condenados a ser gobernados por populistas

P. Echando ahora la vista atrás a las cuitas de los nuevos optimistas y a su contrapunto pesimista, uno comienza a sospechar que en todo esto hubo parte de camelo y que las personalidades de unos y otros fueron más determinantes que las tablas de datos. El carácter no será el destino pero si destila, al menos, la bibliografía. Tal vez el único efecto positivo de la pandemia del covid-19 haya sido en sentido despejar el tablero. ¿Por qué seguir perdiendo el tiempo discutiendo si tenía razón Steven Pinker o John Gray?

R. Tienes razón, no sigamos perdiendo el tiempo. Tenía razón John Gray.

P. Por último, ¿no habrá en todo esto un problema de foco? Dedicas páginas en tu libro a quizás la novedad más crucial de los noventa, Internet. Las redes sociales son hoy su nefasto corolario. ¿Seremos hoy igual de idiotas que siempre con la salvedad determinante de asistir en directo a la terrible exposición de la estupidez de cada cual?

R. El caso de internet es de los más fascinantes. La World Wide Web se hace pública en 1991. Su proceso de desarrollo en los años siguientes da vértigo: se inventan los navegadores, los servicios de correo electrónico, los blogs, los buscadores, los wikis… He intentado reproducir en el libro la rapidez con que se desarrolla todo eso y cómo seguimos utilizando esos descubrimientos a diario. Pero también pasa algo con una velocidad parecida: la gente que ha creado la World Wide Web, que está ahí desde el principio, se da cuenta de que esta se desvirtúa con la misma rapidez. Enseguida son evidentes sus inmensas posibilidades comerciales, a pesar de que su creador, Tim Berners-Lee, ni siquiera quiso patentarla porque no creía en su uso comercial. Surge Amazon, los hedge funds y los 'angel investors' invierten fortunas en empresas que no llegan a ninguna parte y pierden millonadas. Yo termino la historia con el estallido de las 'puntocom', en 2001, cuando se ve que se ha producido una burbuja tecnológica salvaje. En diez años, algo que había despertado una enorme esperanza generó una burbuja inmensa. Google asumió que tendría que financiarse con anuncios. Las redes sociales ya quedan fuera del alcance del libro, pero creo que hoy vivimos una burbuja parecida, quizá no con Facebook, Google o Apple, pero sí con Uber o, como ya se ha visto, WeWork y tantas otras start-ups que han conseguido miles de millones de inversión. La única diferencia, como dices, es que ahora mostramos nuestra estupidez en directo. Recuerdo cuando éramos optimistas y creíamos que las redes mejorarían la deliberación en nuestras democracias. Otra trampa.

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