ENTREVISTA

Fukuyama: “La economía de mercado sin límites puede romper el sistema"

30 años después del libro que le lanzó a la fama, el estadounidense nacido en Chicago sigue analizando los avatares de la democracia liberal. En su último libro, es turno de la 'Identidad'

Foto: Fukuyama, en el IV Seminario de Estudios y Políticas Públicas del Banco Santander, en Santiago de Chile. (EFE)
Fukuyama, en el IV Seminario de Estudios y Políticas Públicas del Banco Santander, en Santiago de Chile. (EFE)

“Ha sido un poco frustrante”, explica Francis Fukuyama tras soltar una coqueta carcajada al otro lado del teléfono, contestando así a la pregunta de qué se siente al ser conocido como el hombre que puso “fin a la historia”, el nombre de su célebre artículo y libro ('El fin de la Historia y el último hombre') publicados en 1989 y 1992 respectivamente. “La mayoría de la gente no entendió el significado de la expresión, pensaban que simplemente decía que la política se acabaría y que la democracia se impondría en todas partes, pero no iba de eso”, admite desde su despacho en California. “Por otra parte, ha sido una buena oportunidad para explicar a la gente qué quería decir”.

Lo que el politólogo y actual director del Centro para la Democracia, el Desarrollo y el Estado de Derecho de la Universidad de Stanford realmente sugería, como ha repetido una y otra vez, es que una vez el bloque comunista se vino abajo, no veía probable que surgiese otro modelo político, económico y social que hiciese frente a la democracia liberal. Ello no quería decir que todos los países adoptasen ese modelo —ahí está China como ejemplo más obvio—, pero sí que sería el modelo en el que se reflejarían. Algo que, sustancialmente, no ha cambiado desde que en el verano de 1989 se publicase el artículo original en 'The National Interest' como un aperitivo a la caída del muro de Berlín que se produciría apenas unos meses más tarde.

En la izquierda ha habido un esfuerzo por organizar a los trabajadores, pero nunca ha sido tan poderoso como la emoción que conecta la religión o la nación

Las sucesivas obras del antiguo investigador de la RAND Corporation y subdirector de Planificación de Políticas del Departamento de Estado de EEUU han ido encaminadas a apuntalar dicha tesis: 'Trust', 'América en la encrucijada' y, ahora, 'Identidad' (Deusto), en que explica cómo las demandas de orden identitario (de la religión a la nación pasando por el género o la etnia) están guiando la política en la segunda década del siglo XXI. Especialmente, a los nacionalismos populistas. Una tesis que ya señaló en su trabajo pionero, en el que recordaba que la religión y el nacinalismo eran las dos grandes contradicciones que la sociedad liberal debía resolver.

PREGUNTA. Las identidades de las que habla en su libro surgen alrededor de la nación o la religión, pero, sorprendentemente, no de la clase social. ¿Cómo algo que fue tan importante parece haber desaparecido del debate público?

RESPUESTA. La clase social no une a la gente y no crea un sentido de comunidad de la misma forma que la religión o la nación. En el primer caso, se comparten profundas convicciones sobre Dios o la moral; el segundo se basa en un lenguaje y una cultura comunes. Eso sustancia un sentimiento de semejanza entre los miembros de dichas comunidades. La clase social, por el contrario, es una categoría abstracta desarrollada por Karl Marx, que impuso a una realidad en la que la gente divergía en cuestión de lengua o religión.

Todos eran similares en cuanto que eran trabajadores, pero no sentían una afinidad natural hacia los demás. En la izquierda ha habido un esfuerzo constante por organizarse en sindicatos o en el movimiento internacional de trabajadores, pero nunca ha sido tan poderoso como la emoción que conecta la religión o la nación. Se vio en Europa en 1914, cuando la Segunda Internacional se derrumbó a causa de que la presión de las naciones era más fuerte que la solidaridad entre trabajadores.

P. Sin embargo, la desigualdad se ha disparado durante los últimos 30 años, y las políticas relacionadas con esas identidades no ofrecen ninguna solución a ello. ¿Por qué resultan atractivas entonces?

R. Se basan en el instinto natural que todo el mundo tiene de creer que su yo interior está siendo suprimido por la sociedad exterior. Puede adoptar formas muy diferentes: nación o religión, pero también género u orientación sexual. Esto es lo que está dirigiendo los movimientos identitarios de hoy, que suelen nacer con un agravio genuino, en el que un grupo en particular es marginado por el resto de la sociedad, demanda que esto cese y ser respetado como el resto de miembros de esa sociedad. Pero tiende a evolucionar hacia un sentido de identidad esencial que se construye alrededor de ese grupo en particular, lo que creo que es problemático en una democracia que está comprometida con respetar a la población como individuos.

P. ¿No es un riesgo considerar en la misma línea movimientos alrededor de la raza, como Black Lives Matter, y otros basados en el nacionalismo a veces imperialista? ¿Cómo separamos unos de otros?

R. Quiero aclarar que no planteo ninguna equivalencia moral entre los distintos grupos. Obviamente, una minoría que se ha enfrentado a la discriminación, como los afroamericanos de Estados Unidos, tiene una legitimidad mayor que el nacionalismo ruso de Putin y su pretensión de imponerse a los países vecinos más débiles. Hay algo en común en la psicología de estos movimientos, que obedece a la misma creencia interna de que la sensación de dignidad ha sido violada, pero en algunos casos esta violación ha sido mucho más seria que en otros. El caso del nacionalismo ruso, desafortunadamente, ha conducido tradicionalmente a un expansionismo a expensas de sus vecinos.

El populismo de derecha es más fuerte que el de izquierda, pero puede convertirse en una reacción

P. El final de la historia era ese momento en que las democracias liberales prevalecían sobre el comunismo y el fascismo. Muchas de las nuevas tendencias están cercanas al fascismo de extrema derecha, pero no tanto al comunismo, ni siquiera en países con tradición como Rusia. ¿Cree que veremos algún movimiento de ese tipo?

R. Es completamente posible, pero es cierto que durante la última década, desde la crisis financiera, el populismo de derechas ha sido una fuerza mucho más potente en Europa o EEUU. Aunque ahora está apareciendo una oposición. Con la elección de Donald Trump, por ejemplo, el partido demócrata se ha orientado a la izquierda, porque es una figura tan impopular que quieren proponer algo completamente opuesto. En otros lugares, puede ser una reacción a largo plazo. Por ahora, está menos organizado y no ha sido capaz de convencer a los votantes, como sí lo ha hecho el populismo de derecha.

P. A menudo, quien propone redistribuir la riqueza recibe acusaciones de ser 'comunista'. ¿Es su sombra aún alargada en las sociedades occidentales?

R. Es interesante, porque ahora hay un debate en EEUU sobre el socialismo, con gente como Bernie Sanders, que se describe a sí mismo como socialista, algo que era impensable hace 20 años, porque habría sido automáticamente descalificado. Ahora está volviendo porque hay una nueva generación que no experimentó el comunismo y para la que, por lo tanto, el término 'socialismo' no tiene la misma connotación negativa que para sus padres.

P. ¿Considera entonces que quizá la mejor fórmula para salvar la democracia liberal pasaría por orientarla hacia el socialismo?

R. Siempre he pensado que no puedes tener una economía de mercado sin un orden político con un cierto grado de redistribución. Una economía de mercado sin límites producirá grandes disparidades de riqueza e ingresos, y si quieres mantener la legitimidad del sistema y la estabilidad política, necesitas que el Gobierno controle el mercado y el Estado proporcione servicios sociales como la sanidad. Si no es así, el sistema se vendrá abajo.

El neoliberalismo fue aquel periodo entre los ochenta y los noventa, después de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en el que una forma muy extrema de liberalismo comenzó a considerar el Estado como el enemigo. Se realizó un gran esfuerzo para deconstruir el Estado y se fue de madre. Necesitamos el Estado, necesitamos sistemas de protección social, y la interpretación extrema del liberalismo produjo graves consecuencias como la crisis económica de 2008, que es el resultado directo de la desregulación del sistema financiero global. Necesitamos corregirlo, y creo que no podemos hablar de democracia liberal si la parte demócrata no controla la liberal.

P. En los estertores de la Guerra Fría, muchos consideraron el neoliberalismo y la globalización como una gran idea. ¿Hasta qué punto fue el causante de lo que está ocurriendo hoy?

R. En primer lugar, el llamado 'neoliberalismo' fue bueno para mucha gente en todo el mundo. Sin la globalización y el flujo libre de capitales, servicios e inversión, esos cientos de miles de personas en China, India o Vietnam no se habrían alzado desde la pobreza hasta la clase media. Lo que ha hecho ha sido socavar la clase trabajadora de los países ricos porque sus empleos se han desplazado a Asia y a otros países en vías de desarrollo, lo que ha reducido sus perspectivas laborales y los ha empujado al estancamiento. Ha sido aún más difícil para los hombres, que han entrado en una economía de servicios posindustrial, donde las mujeres ya ocupaban su lugar. Esto ha producido un movimiento de reacción en forma de populismo global.

P. La situación del nacionalismo en España es peculiar. El periférico se desarrolló hace décadas como respuesta al nacionalismo impuesto por la dictadura franquista, y el catalán ha explotado en los últimos años. ¿Qué solución debería encontrar un país como España a una situación donde no hay fórmulas fáciles?

R. Me estás haciendo una pregunta realmente difícil. Visto desde fuera, creo que no existe una buena teoría democrática para lidiar con algo como el separatismo regional. La respuesta sería sencilla en un contexto en el que los catalanes quisieran separarse de un sistema como el franquista, porque ha habido casos semejantes, como el Kurdistán irakí frente a la dictadura brutal de Sadam Hussein. En esos casos, la cuestión moral es fácil de resolver. Más complicado resulta cuando una entidad democrática quiere separarse de otra entidad democrática, ya que no hay ninguna teoría que te diga quién tiene razón, por lo que puedes recurrir a cuestiones prácticas: qué pasaría con la economía tras la separación, cuál sería el coste, etc. En el caso de Cataluña, ambos tienen buenos argumentos. Obviamente, es importante resolverlo en un marco constitucional, pero no hay una forma sencilla de mantener ese marco constitucional y satisfacer las demandas de separación de los catalanes al mismo tiempo.

Si fuese español, tendría cuidado de una coalición con Vox, porque visto el rol que el fascismo jugó en el pasado, no me gustaría darle alas

P. Este domingo se celebran las elecciones generales, donde es posible que nos encontremos con un Parlamento dividido en el que ningún partido pueda lograr una mayoría y eso aboque a nuevas elecciones, una situación que ya ha ocurrido en otros países. ¿Tiene miedo a esa fragilidad?

R. Claro. En general, las coaliciones son buenas, porque moderan la polarización que pueda existir entre partidos políticos, pero al mismo tiempo representan la polarización de la sociedad, no solo entre partidos sino entre la gente, y encontrarte con una situación donde no puedes crear un Gobierno o en la que este sea muy débil porque contenga elementos contradictorios. Desafortunadamente, España se está dirigiendo hacia ello, y es un verdadero peligro.

P. También veremos la irrupción de un partido de extrema derecha como Vox, que ejemplifica muchas de las cosas de las que habla en el libro.

R. Es un problema que ya han vivido otros países escandinavos o Austria, donde el gobierno es una coalición con un partido de extrema derecha. No creo que haya una estrategia clara. En Alemania, por ejemplo, el centro derecha ha dejado muy claro que no piensa pactar con la extrema derecha porque cree que ello les deslegitimaría. Sin embargo, ha habido casos en los que lo que ha ocurrido es que se ha deslegitimado el partido de extrema derecha, porque les ha obligado a ceder en algunas cosas, lo que les ha quitado la vitola de partido fuera del sistema. La utilidad de la estrategia, mantener en cuarentena o negociar con esos partidos, dependerá de la situación particular de cada país y su tradición histórica. Creo que si fuese español, tendría mucho cuidado con una coalición con Vox, porque dado el rol que el fascismo jugó en el pasado, no me gustaría darle alas.

P. Curiosamente, el partido ganador será el PSOE. Y digo curiosamente porque, como señala, han sido los partidos socialdemócratas los que más han caído en los últimos años…

R. Hay una diferencia entre el sur y el norte de Europa. La mayoría de los partidos antiinmigrantes de derechas son del norte, mientras que los populistas del sur mediterráneo son más cercanos a la izquierda, como Syriza en Grecia o Podemos en España. Ahora estamos viendo una convergencia, porque Italia ha elegido a un gobierno populista de derecha y Vox está creciendo en España. Es probablemente el resultado de cierta emulación al ver que otros partidos europeos están teniendo éxito oponiéndose a la inmigración. No es sorprendente que en España haya partidos antiinmigración, dado que la gente que entra a la Unión Europea lo hace por España, lo que puede suponer una amenaza cultural. Algo semejante ocurrió en Italia, con Salvini.

El Parlamento Europeo, una institución débil. (EFE)
El Parlamento Europeo, una institución débil. (EFE)

P. Dentro de un mes también veremos elecciones europeas. Usted recuerda que el Parlamento Europeo no es lo suficientemente fuerte. ¿Qué deben hacer las instituciones europeas?

R. La Unión Europea necesita democratizarse, que la Comisión esté bajo control del Parlamento u otra autoridad. Va a ser difícil hacerlo ahora, y dar poder al Parlamento no va a ser una medida popular, pero la redistribución del poder de la Comisión, que es básicamente una burocracia que no rinde cuentas, hacia el Parlamento sería un buen primer paso.

P. Mucha gente, desde Silicon Valley hasta el Foro Económico Mundial pasando por partidos de diferente signo ideológico, está defendiendo la renta básica universal como una respuesta a los retos del empleo, pero usted considera que es una mala idea.

R. Un trabajo no solo te proporciona recursos materiales, también bienestar y dignidad, porque la sociedad considera que lo que haces es valioso y por ello te pagan un salario. Recibir un ingreso sin trabajar puede mejorar tus recursos materiales, pero es una consolación. Ese es el problema. Al final, no puedes solucionarlo sin la apertura a nuevas posibilidades tecnológicas que permitan emplear a las personas en paro. Hemos visto cómo los humanos eran sustituidos por máquinas durante mucho tiempo, elevando la productividad, así que puede haber formas innovadoras de utilizar esa fuerza laboral. Tienes que seguir trabajando con las habilidades que se necesiten en el mundo tecnológico y económico que está surgiendo. Una combinación de todo ello es más provechosa que una renta básica. Por otro lado, no creo que nuestra sociedad sea lo suficientemente rica como para mantenerla de forma continuada.

P. En el último párrafo de 'El fin de la historia', escribió: “Puedo ver en mí mismo, y en otros que me rodean, una poderosa nostalgia por ese tiempo en el que la historia existía”. ¿Y si simplemente estamos todos intentando sacudirnos de encima esa sensación?

R. Creo que mucho de lo que dije en ese libro se ha cumplido. Una democracia estable que proporcione recursos y estabilidad política es infinitamente mejor que una dictadura. La mayoría de españoles estaban muy felices al final del franquismo cuando el sistema se abrió a Europa y la democracia. Pero a lo largo del tiempo, la gente empezó a darlo por hecho, y querían más comunidad, porque la gente no es feliz si se siente aislada. Somos criaturas sociales, buscamos objetivos comunes con otros. Si observas el mundo, te parecerá extraño tanto odio e infelicidad si no hemos sufrido ninguna guerra o revolución ni una crisis económica tan brutal como la de los treinta, así que la gente ha puesto su vista en otros objetivos que tienen más que ver con la identidad.

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