Literatura

Violencia, sexo, alcohol y revolución: la genial novela negra que inspiró 'The Wire'

James Crumley es el autor de 'El último beso', que reedita ahora Salamandra y que es un retrato del mundo cambiante, post hippie, que llevaría a la era Reagan de los ochenta

Foto: Detalle de portada de 'El último beso' (Salamandra)
Detalle de portada de 'El último beso' (Salamandra)

“Los buenos tiempos son en realidad tiempos difíciles, pero no conozco otros”, dice el detective Sughrue con toda la melancolía que suele generar una buena ingesta de alcohol. Antiguo soldado durante la guerra del Vietnam, su oficio ahora es algo distinto: buscar a personajes desaparecidos, desde escritores de bestsellers a actrices porno. Su radio acción: la California post hippie de finales de los setenta. Su creador: James Crumley, escritor de novela negra hoy considerado de culto, pero que en vida apenas fue reconocido. La historia: 'El último beso', publicada ahora por Salamandra tras la edición hace casi una década -junto a otro de sus títulos, 'El pato mexicano'- por RBA. El prestigio: está considerada como la gran cuadratura del círculo de la novela negra. Sin ella hay algo obvio: hoy no existirían series como 'The Wire' ni escritores como David Simon, Dennis Lehane o George Pelecanos. Siempre hay un paciente cero.

'El último beso'
'El último beso'

Al frente de ambas colecciones ha estado Anik Lapointe, editora que ha rescatado a Crumley, un autor cruce entre Chandler, Jim Thompson y, sobre todo, Edward Bunker, el autor de 'No hay bestia tan feroz' -editada en España por Sajalín-, que contiene todas las características de este tipo de novela negra: la ternura, la melancolía, las obscenidades, el sexo, la violencia, el resentimiento de la clase obrera y el amor profundo. Porque lo que relata siempre Crumley, a quien debió afectarle bastante la guerra de Vietnam -malos tiempos, pero quizá los mejores- es un mundo triste post Vietnam, post verano del amor, post drogas recreativas; un mundo cambiante, donde todavía quedaba algo de la vieja comuna de los sesenta, pero que daría a luz a la era de Reagan y los yuppies y el capitalismo ochentero que nos llevaría directamente, subiendo por la montaña rusa del optimismo, hacia la debacle de 2010.

Son novelas que reúnen la ternura, la melancolía, las obscenidades, el sexo, la violencia, el resentimiento de la clase obrera y el amor de verdad


De ahí que el agente McNulty de 'The Wire' o los Patrick Kenzie y Angela Gennaro de Lehane combinen tan bien con los universos crepusculares de Crumley. Los autores supieron ver que este escritor, que nunca se llevó un gran premio literario, recreaba un mundo en decadencia y tan apocalíptico como el que salió después del crack de Lehman Brothers y demás bancarrotas.

El perro borracho

La escena con la que se abre 'El último beso', que era su tercera novela y la primera del detective Sughrue, presenta a uno de los mejores personajes de una novela negra: el perro borracho Fireball. El detective se encuentra en California buscando a Abraham Treahearne, un escritor de bestsellers famoso, por encargo de su ex mujer. Sí, Crumley es capaz de sacar a pasear todos los topicazos de la novela negra estadounidense sin que chirríen, al contrario, les da una enorme capa de modernidad quizá por la ironía con la que están narrados.

El relato se inicia con una de las mejores frases de una novela negra: “Cuando finalmente me encontré con Abraham Trahearne, estaba bebiendo cerveza con un bulldog alcohólico llamado Fireball Roberts en un antro destartalado a las afueras de Sonoma, California, apurando hasta la última gota de una hermosa tarde de primavera”, según la traducción de Enrique de Hériz, y que tal y como confesó Crumley alguna vez, le costó ocho años dar con ella.

James Crumley
James Crumley

Al entrar en un bar de carretera -otro tópico- y pedirse algo con alcohol -otro más- entabla conversación con la camarera y observa cómo el perro bebe a lametazos un cuenco lleno de cervezas justo al lado de Treahearne. Es su ración diaria. Luego empezará un tiroteo que acabará con el escritor sentado en el suelo con una bala en el culo. Y después se harán amigos. La novela nos desvela así su segunda capa de cebolla porque lo de Treahearne era nada más que un macguffin: el verdadero leitmotiv de la historia es buscar a la hija de la dueña del bar, una joven que una vez fue la más guapa del instituto y ha acabado como actriz porno de filmes de saldo se cree que en San Francisco. Es otro tópico, pero a estas alturas ya estás enganchado a la historia.

De lo que se trata a partir de ese momento es de ir retratando a la sociedad de finales de los setenta, triste y un poco desangelada. Ya la historia de la chica popular ganándose la vida en el porno da una idea del asunto. Y ahí Crumley tampoco se corta y tiene para todos.

Contra los hippies, guionistas y artistas

En los años sesenta, San Francisco fue el epicentro del amor y las drogas, sobre todo en el famoso barrio de Haight-Ashbury que tan bien retrataría Joan Didion en los reportajes recopilados en ‘Arrastrándose hacia Belén’. Pero para los setenta ya se habían muerto Janis Joplin y otros y Crumley es capaz de recoger este nuevo sentir de que aquí se acabó todo y reírse de la era de los hippies. De hecho, hay un diálogo muy ilustrativo con un antiguo miembro de una comuna -en ese periplo en busca de la actriz porno- resumido así:

“A dónde se fueron? -pregunté.

Adonde van los hippies cuando descubren lo duro que es vivir a la antigua en el campo”

Los hippies se van y la clase obrera se queda con el culo al aire, parece decir Crumley.

Del mundo de los escritores, que él conocía bien desde que lanzó su primera novela en 1969 tras acudir a un taller de escritura en Iowa, tampoco se salvan muchos. Hay bastante sarcasmo cuando alguien ve a Trahearne, gordo y sudoroso y sin comerse un colín y le dice: “Estaba convencido de que los escritores famosos tienen que follar un montón”.

A dónde se fueron? -pregunté.Adonde van los hippies cuando descubren lo duro que es vivir a la antigua en el campo


O cuando en una de las novelas de este autor de bestsellers Sughrue recuerda que “yo esperaba que al final del relato se lo tragara una ballena, pero solo muere el guionista”. Crumley también fue guionista durante una época de su vida en Hollywood, pero no debía guardar un particular buen recuerdo de aquello porque son varios los dardos que se lanzan hacia esta profesión.

Por otro lado, también parece evidente que este escritor veía su trabajo como un oficio al que hay que dedicarle una cantidad de horas al día como el que pone ladrillos. Las virguerías del arte las dejaba para otros, como cuenta aquí en palabras de otro de los personajes de esta novela, una autora que escribió un par de libros, vendió millones de ejemplares y se dedicó a la dolce vita, que tampoco es mala elección:

“Si ha leído mis dos novelas sabrá que no pasan de ser simples cuentos de hadas -repuso- y mi hijo ya le habrá contado la verdad sobre nuestra vida. Acepté el dinero de los ingenuos, joven: me lo había ganado, pero no me venga con rollos del arte”.

Cocaína, alcohol

Los personajes de Crumley son alcohólicos -ellos y ellas- y drogadictos -cocaína, metaanfetaminas en cantidades industriales. Pero no por una cuestión de adicción. Disfrutan de ello, no tienen remordimientos al día siguiente. Y es habitual que se despierten y se tomen un bloody mary para desayunar. En 'El caso equivocado' (1971), su segunda novela, escribió lo siguiente:

“Nunca confíes en un hombre que bebe pero se niega a emborracharse. Usualmente tienen miedo de algo en el fondo, ya sea que sean cobardes o tontos o que sean malos y violentos. No puedes confiar en un hombre que tiene miedo de sí mismo. Pero a veces, hijo, puedes confiar en un hombre que ocasionalmente se arrodilla ante un baño. Lo más probable es que esté aprendiendo algo sobre la humildad y su necedad humana natural, sobre cómo sobrevivir a sí mismo. Es muy difícil para un hombre tomarse demasiado en serio cuando está metiendo las tripas en una taza de inodoro sucia”.

Podía consumir casi una botella de whisky y varias rayas de cocaína al día. Al fallecer, se hizo un homenaje a su asiento habitual en el bar

El váter y el vómito como puntales de la democracia.

Crumley era un hombre enganchado a todo. Así lo dijeron sus amigos cuando murió en 2008. Tenía 68 años, pero había llevado una vida que no podría tacharse de saludable. Dio clases en los setenta y ochenta como profesor de inglés en varias universidades como la de Arkansas, Montana, Colorado y Texas, se casó cinco veces y si había un lugar que le gustaba tanto o más que la clase era el bar. Podía consumir casi una botella de whisky y varias rayas de cocaína al día. Al fallecer, se hizo un homenaje a su asiento habitual en el bar.

Y el amor a la literatura

Pero todo esto no podría haber sucedido si Crumley no se hubiera enamorado de la literatura, particularmente de la poesía, que leía mucho antes que la novela negra, a la que llegó por Chandler y aquel curso de escritura en Iowa, que según reconoció el propio escritor en una entrevista en 2006, “fue como estar en el cielo. Fue la primera vez que pude pasar el rato con gente que leía, escribía y hablaba. Iowa fue realmente bueno para mí. Richard Yates estaba allí y Kurt Vonnegut. Yo era el más joven del grupo”. Tiene pinta de haber sido divertido.

Allí empezó a desarrollar su escritura, poética y áspera a la vez. Y a comprobar cuándo puede funcionar un relato, un tipo de estilo. “Alguien me dijo una vez que sabes que es bueno si te molesta la nuca. Si no hace eso, no lo guardo. No importa cuán divertido, inteligente o incisivo sea la descripción y el diálogo. Pero cuando funciona, es mejor que el sexo, es mejor que ... bueno, es mejor que todo. Es por eso que la gente escribe, porque es la mejor droga que existe”, afirmó en una entrevista.

Cuando funciona, es mejor que el sexo, es mejor que ... bueno, es mejor que todo. Es por eso que la gente escribe, porque es la mejor droga que existe


Él mismo era consciente de dónde venía, de una familia muy pobre, nada relacionada con los círculos intelectuales. “No soy un hippie, soy un beatnik. No soy un campesino sureño, soy basura blanca”, manifestaba. Pero a la vez había recibido una buena educación. “Por eso cuando tienes la experiencia de la clase trabajadora mezclada con una educación bastante buena, te da un tipo de ética diferente. Las protestas en los años 60: una de las cosas más importantes que hicieron fue enseñar a los niños de clase media lo que los niños de clase baja siempre habían sabido: los policías no son necesariamente nuestros amigos. Así que nos deshicimos de LBJ y terminamos con Nixon. Todas estas cosas tienen consecuencias”.

Todo eso es lo que está en sus libros. Como en este 'El último beso', mucha clase trabajadora, obreros de la construcción, camareras de antros. Y un crimen: el de no poder salir de allí a menos que tengas un poco de talento y, sobre todo, un buen golpe de suerte.

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