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SOS hombres: suicidios, fracasos y otros dramas masculinos que olvida el feminismo

Ofrecemos en primicia un adelanto editorial de 'Maldita feminista', el primer y polémico ensayo de la filósofa Loola Pérez (1991) en Seix Barral

Foto: Detalle de portada del libro 'Maldita feminista', de Loola Pérez en Six Barral
Detalle de portada del libro 'Maldita feminista', de Loola Pérez en Six Barral

Las consignas revanchistas contra los hombres han empezado a aburrir hasta a las piedras. Supongo que en algún momento de mi vida yo también asumí esta actitud. Mientras creía que todos los varones eran machistas y representaban un peligro para mi integridad, confiaba en que tal posición desempeñaba una especie de función social o compromiso político. A medida que fui creciendo desarrollé una reflexión más consciente sobre los problemas de los chicos, sobre lo confundidos que están algunos ante el empoderamiento feminista y lo hastiados que se sienten al ser la diana del discurso feminista.

Sí, los chicos tienen problemas. Al margen de la masculinidad tóxica, que centra su atención en una serie de comportamientos y características supuestamente típicas de los varones y que son destructivas contra sí mismos y la sociedad; apenas existe un interés capital por parte de los estudios de género, las políticas feministas, los planes de igualdad o las pedagogías no sexistas en solucionar sus obstáculos y responder a sus inquietudes.

'Maldita feminista' (Seix Barral)
'Maldita feminista' (Seix Barral)

[Adelantamos un capítulo de 'Maldita Feminista', el polémico libro de la filósofa y sexóloga Loola Pérez (@DoctoraGlas) en Seix Barral que llega a liberías el 28 de enero. Sin haber cumplido aún los 30, Pérez se ha convertido en en uno de los referentes críticos en las redes contra el feminismo de género hegemónico. Su primer ensayo "analiza de forma crítica los orígenes del movimiento; pone sobre la mesa temas polémicos que dividen nuestra sociedad, como la prostitución, las políticas de igualdad o la pornografía, y plantea al lector una hoja de ruta para el futuro basada en la libertad y la pluralidad".]

Ingenuamente aún se defiende que sus problemas cambiarán cuando cambien su modelo de masculinidad. Sin embargo, ni la masculinidad ni los rasgos que se atribuyen a ella, por ejemplo, la protección, la independencia, la valentía o la competitividad, pueden ser señalados per se como un destino fatídico para los varones.

Loola Pérez. (TresSotomayor)
Loola Pérez. (TresSotomayor)

Proteger a tu novia del frío con tu chaqueta no es lo mismo que instalarle una aplicación espía en el móvil. Ser un tipo autónomo y autosuficiente no es equivalente a ser egoísta y poco colaborativo. Perseguir a un asesino para hacer justicia es muy diferente a saltar desde lo alto de unas rocas al mar para impresionar a tus amigos. Esforzarte porque quieres ganar una carrera no es igual al hecho de propinar una paliza a tu contrincante cuando descubres que has perdido.

¿Quién olvidó el contexto?

Todos estos comportamientos constituyen el motor de muchas relaciones humanas y, como podemos deducir, ni siquiera son exclusivos de los varones. No es ningún misterio que las mujeres también construyen su identidad desde parámetros masculinos, habiendo sido tildadas ofensivamente de «marimachos» o «camioneros».

La masculinidad (Kimmel, 1997) es un conjunto de significados cambiantes, los cuales se construyen en relación con uno mismo y su interacción con el mundo. Aplicando una mirada global, hablaríamos de una multiplicidad de masculinidades.

Esto nos recuerda, como ya hemos advertido en anteriores capítulos, que tanto la masculinidad como la feminidad tienen distintos significados y no pueden expresarse en términos esencialistas. ¿Por qué entonces se cree que los problemas de los varones cambiarán si modifican su masculinidad? ¿Y si cambiar su comportamiento es imponerles un código de conducta moral? ¿Y si no son felices con otro tipo de intereses y prioridades?

Actualmente, me atrevo a decir que la mayoría de los hombres no cumplen con las expectativas de la masculinidad hegemónica

La idea de que la masculinidad es estática, fija y responde a una serie de comportamientos dentro de un grupo (violencia, ejercicio de control, honor, valor, capacidad física, rechazo de cualquier valor que señalan como femenino o afeminado, etc.) ejemplifica más bien el concepto de masculinidad hegemónica.

Actualmente, me atrevo a decir que la mayoría de los hombres no cumplen con las expectativas de la masculinidad hegemónica. La imagen de hombre obsesionado con el fútbol, las tías buenas, la velocidad en la carretera, las tetas grandes y la adrenalina no es ninguna metáfora. Algunos hombres son así. Los más ibéricos adoran a Bertín Osborne, Pérez-Reverte, los toros, la Fiesta Nacional, las suecas, el landismo.

No obstante, es visible su proceso de decadencia y la escisión del estereotipo: la modulación y la ruptura. La masculinidad ni es una presa de caza ni el pecado original de los varones. Ésta es la época de la dualidad y aquí habitan hombres que:

• Poseen una pavorosa fuerza física y luego lloran como bebés si gana su equipo de fútbol.

• Se sienten vulnerables por llevar diez años en la cola del paro y encuentran alivio conociendo mujeres a través de la prostitución.

• Cargados de valor se van de misión a Afganistán y luego no saben cómo explicarle a su maravillosa novia que se acabó el amor.

• Rechazan la homofobia y disfrutan de la caza y la pesca.

• Se disfrazan de autoridad en su entorno laboral y después, en el parque, necesitan de un babero cuando juegan con sus nietos.

• Trabajan como chaperos por la noche y por el día participan como voluntarios en una ONG de personas drogodependientes.

• Diseñan un puente y se avergüenzan súbitamente tras un gatillazo, hasta el punto de que jamás vuelven a llamar o empiezan a temer el sexo en compañía.

• Juegan a ser el amante empotrador, pero por la mañana su falta de autoestima les hace odiar al tipo del espejo.

• Han sido violados en la cárcel y no se sienten preparados para inaugurar su propio #MeToo porque la violación a los hombres se sigue abordando solo como un puto chiste.

Un ritual frustrado

La masculinidad es hoy un ritual frustrado. Ellos ya no saben dónde está su sitio, qué valor tiene su palabra, qué significa, en resumen, ser hombre. La crisis de la masculinidad es la pérdida de la especificidad, la penetración de nuevos significados y prácticas sociales en la construcción del género y la relación entre los sexos. Puede que el señor que te sirve el café todas las mañanas en el bar no se haya enterado, pero ¿qué le vamos a hacer? Hay gente que no sabe qué coño le pasa o qué mosca le ha picado ahora a su esposa y que, además, prefiere no saber.

Pero el tema está ahí, atolondrando a antihéroes y machos alfa. En esta crisis de la masculinidad, no son pocas las mujeres que mantienen actitudes de sospecha hacia los varones. A ellas no las atraen los hombres que tienen miedo. Un hombre con miedo podrá provocarles ternura, incertidumbre, sorpresa o estupefacción, pero jamás les erizará los pezones. Si hay algo que he aprendido de mis amigas, es que a las mujeres les encanta validar la potencia masculina.

Un hombre con miedo podrá provocar a las mujeres ternura, sorpresa o estupefacción, pero jamás les erizará los pezones

Obviando el estereotipo social y todo aquello que puedan desear mis amigas, los hombres ni son tan fuertes ni están tan seguros. Se parecen más bien a ese antihéroe que conmueve a Walter Riso en 'La afectividad masculina' (2008): "El antihéroe rompe el mito y destroza la propia y asfixiante demanda fantástica de la tradición patriarcal. [...] El antihéroe quiere abrazar el silencio, dormir en calma, amar intensamente y, ¿por qué no?, ser rescatado por alguna heroína valiente y atrevida, de esas que no aparecen en los cuentos".

No es novedad que a las mujeres también se las presiona para transitar a un modelo de feminidad menos pasivo y complaciente pero, a diferencia de ellos, esta idea viene reforzada por una gran inversión pública en políticas de igualdad, estudios de género o normativas con «perspectiva de género».

A los varones, en cambio, el sistema los desnuda, los abandona frente a sus principales problemas y con ello se reproduce la idea de que son superhéroes, de que ellos pueden con todo. ¿Será esto, irónicamente, un sesgo de género? ¿Importa que los chicos tengan problemas?

Pongamos algunos ejemplos

El suicidio es cosa de hombres. Atendiendo a las cifras globales facilitadas en el año 2016 por la Organización Mundial de la Salud, la mayoría de los suicidios son de hombres. En el contexto europeo, esa tendencia la confirma también la Oficina Europea de Estadística (Eurostat), quien indica en un informe con fecha del mismo año que casi 8 de cada 10 suicidios (77 %) son de varones. Según Trobst et al. (1994), en comparación con las mujeres, los hombres buscan más apoyo social con el objetivo de resolver los problemas. Ellos están más focalizados a la operatividad, pero las mujeres son más conscientes de la experiencia emocional (Fivush et al., 2000).

El mundo está lleno de hombres con emociones que no saben muy bien qué hacer con ellas. Puede sonar simplista, pero los modelos de socialización masculina no animan a los hombres a hablar de sus problemas. Educados en la idea de que son el sexo fuerte y no pueden pedir ayuda porque sería mostrar debilidad, se han creado generaciones de hombres sentimentalmente explosivos.

Por supuesto, la socialización no es el único factor de riesgo. En términos generales, los comportamientos suicidas se relacionan con el trastorno límite de la personalidad, la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el consumo de alcohol y drogas, trastorno de estrés postraumático o estrés (problemas económicos, muerte de un familiar cercano, dificultades en las relaciones personales, etc.). Contra la ideación suicida, los varones pueden mejorar su modo de comunicación, ser más conscientes de sus emociones o pedir ayuda a un terapeuta. Sin embargo, ¿qué ofrecen las políticas feministas al respecto? ¿Hay algún tipo de sensibilización que los anime específicamente a que cuiden su salud mental?

En el contexto europeo, casi ocho de cada 10 suicidios (77%) son de varones

En España, el suicidio es la primera causa de muerte no natural. Aproximadamente, cada año, se suicidan entre 3.600 y 3.700 personas, en su mayoría, hombres. Más de 300 de los fallecidos eran jóvenes menores de treinta años. Otro dato es que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, entornos laborales muy masculinizados, duplican las tasas de suicidio de la población general.

Sin embargo, obviando el Día Mundial para la Prevención del Suicidio (10 de septiembre), el suicido apenas ocupa una atención política y mediática. Ni rastro de manifestaciones multitudinarias aupadas por los partidos políticos ni de proclamas políticas sobre salud mental en los debates electorales. Romper el silencio sobre el problema del suicidio implica analizar cuánto se invierte en su prevención, en los recursos sanitarios y en la formación específica de profesionales.

Sin ánimo de desmerecer la protección y los recursos a las víctimas de violencia de género, cabe preguntarse por qué escasean tanto los recursos de prevención cuando los suicidios de varones son muy superiores a los homicidios de mujeres por violencia de género. Mientras el 016 (teléfono de atención a víctimas de violencia de género) se acompaña de toda una ingeniería social, el Teléfono de la Esperanza abarca una menor atención.

Aunque existan en algunas comunidades autónomas iniciativas de prevención del suicidio, España no cuenta actualmente con un plan nacional de prevención. No obstante, la nueva Estrategia Nacional de Salud Mental 2019-2020, que todavía no ha sido presentada por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, sí prevé actuaciones específicas para abordar, desde la prevención, la detección y la atención, la conducta suicida.

Parece que estamos un poco más cerca de saldar una deuda histórica con el suicidio. Sería interesante que, en consonancia, se pudiera reconocer abiertamente que este grave problema de salud pública es también un problema de género.

Fracaso escolar

En la educación, el fracaso escolar se ceba con los chicos. Judith Kleinfeld, profesora de psicología en la Universidadde Alaska Fairbanks, ya adelantó a finales de los noventa que el privilegio masculino no funciona en las escuelas anglosajonas (The Myth That Schools Shortchange Girls: Social Science in the Service of Deception, 1998). Sin embargo, la idea infundada de que las chicas son poco reconocidas en el contexto escolar continúa alimentando el victimismo feminista.

En España, según el informe del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte relativo al curso 2015-2016, la tasa de varones (74,3 %) que consigue el graduado en Educación Secundaria Obligatoria (ESO) es 10,5 puntos menor en comparación con las mujeres (84,7 %). Si consultamos los resultados en cursos anteriores, se puede apreciar como la tasa de chicas que finaliza la ESO supera en todos estos años a los chicos. Según el estudio Nuevos riesgos sociales y vulnerabilidad educativa de chicos y chicas en España (Julià-Cano, Escapa Solanas y Marí-Klose, 2015), realizado sobre una muestra del 50,8 % de varones y el 49,2 % de chicas, esta brecha de género se encuentra relacionada con los roles de género de los progenitores y la influencia de determinada estructura familiar.

Las chicas se benefician en mayor medida de tener una madre con un nivel educativo elevado

Siguiendo los resultados del estudio, los chicos inmigrantes (ya sean de primera o segunda generación) presentan un riesgo mayor de obtener peores resultados que las chicas estudiantes. Conocedores de la literatura académica sobre este tema en EE. UU., los autores explican que esta diferencia entre sexos podría responder a que los padres inmigrantes suelen ser más estrictos con sus hijas que con sus hijos, pudiendo influenciar esta exigencia en los resultados educativos.

Otra de sus conclusiones señala que aquellos modelos familiares que son diferentes a la familia nuclear tienen un impacto más negativo en los chicos, siendo un factor clave la implicación del progenitor no residente en la educación de los hijos: «Así, en familias divorciadas, el efecto negativo de la monoparentalidad disminuye a medida que aumenta la implicación del progenitor ausente (generalmente el padre) en la vida del hijo».

Por último, el estudio destaca que «las chicas se benefician en mayor medida que los chicos de tener una madre con un nivel educativo elevado» y que «los hijos de padres con un nivel de estudios bajo sacan peores puntuaciones que los que tienen padres con nivel educativo elevado», comprendiendo esto una «transmisión intergeneracional de los roles de género».

No obstante, las conclusiones de esta investigación no se despachan exclusivamente con explicaciones sobre el impacto de los cambios sociales en el resultado educativo de chicos y chicas. Apunta, además, que siendo clave la mejora de las habilidades no cognitivas de los varones, no son menos determinantes las prácticas educativas adecuadas. Esto se traduce en prestar atención a los estereotipos sobre la masculinidad, con el objetivo de eliminar la vulnerabilidad académica que en el contexto escolar sufren los chicos.

Otro aspecto que invita a la reflexión es la feminización de la profesión: en la educación primaria los maestros son pocos, y la proporción es mucho menor en la etapa de educación infantil. Los chicos tienen menos referentes masculinos durante el proceso de enseñanza, una cuestión que no debería pasar desapercibida si consideramos que durante la etapa de primaria y principios de la secundaria, es decir, entre los diez y los catorce años, ya se tiene percepción sobre los estereotipos de género (Blum, Mmari y Moreau, 2017).

Vocaciones

El feminismo hegemónico sigue empeñado en que el problema fundamental es que las mujeres no eligen carreras científico-técnicas y que esto se debe a factores estrictamente culturales. Para fomentar las vocaciones STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) se plantea, por ejemplo, la mentorización impulsada por mujeres y la promoción de premios y becas.

No sería descabellado pensar que, de la misma forma que se reivindica la incorporación de más mujeres referentes en el currículo escolar o se impulsa en las mujeres el estudio de las áreas STEM, habría que hacer más paritarios tanto los estudios como la profesión de docente. Y, acorde con ello, predicar con el ejemplo en todas aquellas carreras donde las mujeres son mayoría, es decir, en salud y servicios sociales.

¿Nadie ha imaginado matrículas universitarias gratis para los varones en Magisterio?

¿Nadie ha imaginado todavía matrículas universitarias gratis para los varones en Magisterio? ¿Podrá el feminismo defender también la discriminación positiva en el acceso de los varones a la docencia? ¿Sería esto incitar a la revolución o a la contrarrevolución? Un feminismo preocupado verdaderamente por la influencia de los estereotipos de género en la construcción de la identidad de las y los más jóvenes debe contemplar el tablero al completo. La variable género en el análisis del contexto académico se está aplicando justamente desde un único punto de vista.

La auténtica igualdad no es congratularse del éxito académico femenino mientras el fracaso escolar destruye la autoestima y expectativas de futuro de los chicos jóvenes. El cambio no llegará si solo prestamos atención a cómo las chicas jóvenes se autoperciben e interactúan con el mundo. Los chicos también necesitan que el feminismo crea en ellos, respete sus diferencias e impulse sus posibilidades.

Anotemos a continuación algunos problemas más:

• Es común en las prisiones que la población sea mayoritariamente masculina.

• Los hombres sufren más violencia que las mujeres.

• El terrorismo tiene rostro de varón.

Mención aparte merece que los hombres, por diferentes factores biológicos y sociales, fallecen antes que las mujeres o que, en contra de la creencia de que son el sexo fuerte, tienen, sin embargo, un sistema inmune más delicado (Karnam et al., 2012; J. Peretz et al., 2016). ¿Traerá el futuro una vacuna para cada sexo en función de cómo se comportan respectivamente los estrógenos y la testosterona en la respuesta inmune?

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