HISTORIA

Demagogos del mundo: el 'caso Dreyfus' nunca muere

Polanski devuelve a la actualidad el 'caso Dreyfus', la historia del general de origen judío injustamente acusado de traidor con el apoyo demagogo de parte de la prensa

Foto: Generales de la República en la época del caso Dreyfus
Generales de la República en la época del caso Dreyfus

Nadie duda del incomparable marchamo cultural francés, pero todo tiene su reverso oscuro, y en Francia la aceptación de los traumas pasados siempre ha sido de muy difícil digestión. Eso explicaría la censura cinematográfica al Affaire Dreyfus, recuperado en nuestros días por Roman Polanski con su galardonada ‘El oficial y el espía’, cuyo estreno español previsto para el 13 de diciembre se ha pospuesto hasta el 1 de enero de 2020.

El episodio narrado por el director polaco provocó incluso el veto galo al largometraje ‘La vida de Émile Zola’, de William Dieterle, en el Festival de Venecia de 1937. Sí, estábamos en los años treinta y rememorar ese escándalo histórico no era muy adecuado a las puertas de la Segunda Guerra Mundial entre antisemitismo y ridículos militares,. Sin embargo, la ofensiva diplomática desde el Quai d’Orsay versaba más sobre ese “los trapos sucios se lavan en casa”, de Giulio Andreotti, y en París la ropa debía ocultarse para exhibirla reluciente cuando se asumiera esa calamidad con tanta potencia como para anunciar ciertas premisas determinantes para el siglo XX.

Jack el destripador, o uno de sus falsarios, anunció en una carta la llegada de la nueva centuria, teñida de violencia y bien sedienta de sangre. Antes del suicidio europeo en los campos de batalla los auspicios de lo venidero se sintetizarían en un asunto turbio, no podía ser de otro modo, como consecuencia de la inseguridad francesa en ese instante finisecular.

La Tercera República surgió de la pérdida de la guerra contra Prusia y durante sus dos primeros decenios se vio envuelta en todo tipo de agitaciones

Nuestro país vecino arrastraba una carga infinita de frustración tras su derrota militar contra Prusia en la guerra de 1870, culminada con la proclamación del Imperio Alemán en el salón de los espejos de Versalles y el estallido revolucionario de la Comuna, un conflicto civil en toda regla para estimular revoluciones obreras con Marx bien atento y Lenin, nacido justo aquel mismo año, teniéndolo siempre en su particular recámara. Francia siempre tuvo presente esa debacle, imponiéndose no sacarla nunca a colación en las conversaciones, pero sin extirparla jamás de las mentes. Quizá por eso el Sacré Coeur de Paris, un templo expiatorio, es tan horroroso: por el silencio y la carcoma cerebral ante tanta rabia y ansias de venganza.

La Tercera República surgió de esas convulsiones y durante sus dos primeros decenios se vio envuelta en todo tipo de agitaciones entre la amenaza de una restauración monárquica, la expulsión de las órdenes religiosas, la apuesta por lo obligatorio de una educación de claros tintes laicos, la fundación del antisemitismo contemporáneo a cargo de Édouard Drumont, el miedo a un golpe de estado a manos del populista general Boulanger y el acabose simbolizado con la corrupción producto de la estafa a más de un millón de pequeños accionistas del canal de Panamá y sobornos a parlamentarios y periodistas para reunir capital con el fin de mitigar tamaño desastre.

Ante este panorama sólo faltaba una gran bomba, detonada en otoño de 1894 con una nota hallada en la papelera de la embajada germánica

Ante este panorama sólo faltaba una gran bomba, detonada en otoño de 1894 con una nota hallada en la papelera de la embajada germánica por una limpiadora en funciones de espía. El mensaje ofrecía revelar los últimos movimientos del Estado Mayor Francés. Madame Bastian entregó la nota a su enlace, Hubert Henry, segundo de a bordo del servicio secreto, quien a su vez lo libró a su inmediato superior, Jean Sandherr, y la cadena prosiguió hasta alcanzar el ministerio.

Un buen francés no puede ser culpable

Se iniciaron las deducciones y se barajaron pocos candidatos. A partir de la nota podía observarse los manejos del traidor con varios departamentos de las Fuerzas Armadas, y eso reducía el abanico a una docena de nombres. El elegido, casi perfecto, fue el capitán Alfred Dreyfus, tanto por su condición de hebreo como por su origen alsaciano, sin importar la emigración de su familia a Francia tras la anexión alemana de su provincia en 1871. Dreyfus tenía un expediente inmaculado, dato irrelevante porque era el perfecto cabeza de turco para reforzar el creciente Nacionalismo, cargar las tintas contra los judíos y eximir al ejército en una tesitura donde nunca podía salir bien parado. Se activó, algo insólito hasta la fecha, una campaña de prensa, se arrestó al sospechoso y se le condenó a la velocidad del sonido, degradándolo en una célebre ceremonia pública y deportándolo a la isla del infierno, a once kilómetros de la Guyana Francesa.

Caso Dreyfus
Caso Dreyfus

La jugada había salido a las mil maravillas. Carpetazo y a otra cosa, o eso se pensaba, pues nadie parecía contar con la posibilidad de la entrada en escena de algunos hombres buenos. El primero fue el hermano del paria, convencido de su inocencia y empecinado en demostrarla. El repentino fallecimiento de Sandherr elevó al coronel Georges Picquart al máximo rango de la Sección de Estadística del Estado Mayor y, a diferencia de su antecesor, optó por recibir directamente cualquier información fundamental. De este modo pudo leer en exclusiva otro mensaje donde Max von Schwarztkoppen, agregado militar alemán en París, comunicaba al comandante Esterhazy su despido como informante al considerar insuficientes sus aportaciones.

El elegido como traidor, casi perfecto, fue el capitán Alfred Dreyfus, tanto por su condición de hebreo como por su origen alsaciano

Picquart cotejó la escritura de la pista con el manuscrito atribuido a Dreyfus y dilucidó sin temor a equivocarse la impostura urdida contra el capitán. Lo notificó a la jerarquía y como premio fue destinado a Túnez con la consigna de callar lo acaecido para no resucitar la pesadilla. Pero la publicación de la nota en la prensa permitió a otra persona identificar la letra de Esterhazy, acuciado por las deudas, racista y con un tren de vida demasiado elevado como para justificarlo con su sueldo. De haberse desarrollado todo con normalidad el camino hacia el finiquito era clarísimo, pero desde el estamento marcial nadie dio su brazo a torcer y la súbita revelación de otra misteriosa misiva donde se reforzaba la culpabilidad de Dreyfus complicó aún más la progresión del folletín, con tentáculos alargadísimos, un pulpo gigantesco con suficientes arrestos como para condicionar toda la vida de la nación, generar su propio merchandising y excluir cualquier otro tema en la cuantiosa agenda de aquel fin de siglo delirante, hasta el punto de producirse un descenso del mercado literario por la eclosión del periodismo moderno.

Los intelectuales y la historia de nunca acabar

La carta había sido redactada por Hubert Henry. Nunca sabremos a ciencia cierta sus motivaciones. Era un intento desesperado de parar el curso de los acontecimientos. En 1896 Bernard Lazare dudó de la sentencia judicial, y más o menos durante las mismas jornadas la esposa de Dreyfus pidió la reapertura del expediente, secundada poco después por el vicepresidente del Senado, el químico Georges Scheurer-Kestner, quien pidió la rehabilitación del capitán y convenció a Émile Zola para sacudir a la opinión pública.

'J'accuse, de Zola
'J'accuse, de Zola

Por aquel entonces la ciudadanía se dividía en dos bandos y la tensión era palpable en la calle y hasta en las comidas familiares, tensas hasta el punto de prohibir hablar de la cuestión para tener la fiesta en paz, algo imposible una vez Émile Zola publicó, a instancias de su director Georges Clemenceau, su famoso libelo ‘J’accuse…!’ el 13 de enero de 1898 en la portada de l’Aurore.

El efecto fue inmediato y se desencadenó una batalla destinada a marcar el imaginario del Hexágono hasta la Segunda Guerra Mundial, algo visible en el mismo ‘En busca del tiempo perdido’ proustiano y en otras novelas imprescindibles del periodo posterior. Zola fue contemplado como un héroe o un agente al servicio de intereses contrarios al país. Fue juzgado en dos ocasiones, vilipendiado por el gentío antes de declarar, destrozado en las habituales caricaturas de la prensa contraria a Dreyfus y exiliado por voluntad propia a Londres a la espera de un descenso de la marea.

Esta pudo haberse mantenido alta durante decenios de no haber acontecido dos hechos esenciales. Henry ingresó en prisión por su falseamiento y se suicidó. En febrero de 1899 el presidente Faure murió en el Elíseo mientras su amante le practicaba una felación. El lector contemporáneo considerará la anécdota burda, pero los ríos de tinta vertidos por esa pompa, fúnebre según algunos, fueron bien caudalosos y quizá nunca esta práctica sexual fue más relevante para la resolución de un litigio definitorio. Quiso ser César y, eso dijo la sabiduría popular, terminó por conformarse con Pompeyo.

Émile Loubet asumió la presidencia y reabrió el caso. Dreyfus regresó a Francia y fue condenado a un nuevo tribunal militar, siendo condenado por segunda vez en Rennes el 7 de agosto de 1899. Al cabo de diez días recibió la gracia presidencial, aunque no recibió una completa rehabilitación hasta 1906, cuando en el mismo patio donde se le había despojado de sus insignias fue reparado de tanta inquina.

El infierno y el paraíso

Dreyfus ascendió a teniente coronel, recibió la legión de Honor, registró su voz en 1912 y murió como un emblema patrio, siempre envuelto en la discordia, en 1935. Los principales protagonistas se coronaron en el escalafón de la República. Georges Clemenceau fue Primer ministro en varias ocasiones, entre ellas durante el final de la Primera Guerra Mundial y la primera posguerra, cuando su poblado mostacho alcanzó fama mundial por su vistosidad en la negociación del Tratado de Versalles. Picquart fue Ministro de Guerra y Émile Zola regresó, publicó una novela en clave sobre el caso, ‘Verité’, y falleció en su domicilio una noche de 1902, ahogado por los malos humos de una chimenea taponada. Su muerte era más bien extraña y sólo en 1928 Henri Buronfosse, un deshollinador antisemita, confesó la autoría del crimen.

Dreyfus no recibió una completa rehabilitación hasta 1906 en el mismo patio en el que se le había despojado de sus insignias

El insigne escritor fue trasladado con todos los parabienes al Panteón en 1908. Durante la ceremonia, Louis Gregori disparó contra Alfred Dreyfus, hiriéndole en el brazo. Fue absuelto al declarar no atentar contra el hombre, sino contra la causa, cuya lección para el presente puede sintetizarse en las palabras de Daniel Halévy: “Rechazábamos un veredicto impuesto por las masas y nos revelábamos contra el terror dictado por los demagogos.” Ayer como hoy.

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