PROHIBIDO EN RUSIA

Oscura y siniestra Unión Soviética: el viaje en el tiempo del escritor enemigo de Putin

Andrei Kurkov publica en español 'El jardinero de Ochákov' (Blackie Books, 2019), una sátira sobre la nostalgia de los rusos y los ucranianos por la URSS

Foto: Celebraciones en el aniversario de la revolución bolchevique. (Efe)
Celebraciones en el aniversario de la revolución bolchevique. (Efe)

Andrei Kurkov (San Petersburgo, 1961) ya no puede —ni quiere pisar Rusia—. "Allí todos mis libros están prohibidos. En 2005, después de la publicación de mi novela ‘El último amor del presidente’, en la que Putin era uno de los personajes principales, el Estado censuró toda mi obra". Un año después, sin embargo, le levantaron el castigo y el Gobierno consintió que alguna de sus —ahora— más de veinticuatro novelas para adultos y diez libros juveniles volviera a pasar por imprenta. Pero resultó ser un espejismo: "en 2008 mis libros dejaron de editarse en Rusia y a partir de 2014 tampoco permiten la importación desde Ucrania; estoy en la lista negra y no los dejan pasar por la aduana. Mi editor y yo escribimos una carta oficial preguntando los motivos, pero jamás me contestaron. Ya no voy a Rusia nunca, ni para dar charlas. De hecho, cuando me enteré de que un 80% de los rusos apoyan a Putin, decidí que no quiero que me lea nadie así".

Portada de 'El jardinero de Ochákov'
Portada de 'El jardinero de Ochákov'

Después de tantos años, el autor de 'Muerte con pingüino' (Blackie Books, 2018) se resigna a que en su país de origen lo hayan borrado de la historia oficial. Porque sobre la realidad o irrealidad del discurso oficial, sobre la nostalgia del pasado, sobre la influencia de la Unión Soviética, después de treinta años desaparecida, en la política actual habla la última de sus novelas traducidas al castellano, 'El jardinero de Ochákov', que acaba de publicar con Blackie Books. Una obra la que mezcla costumbrismo ruso al estilo de Dostoyevski y Tolstói —sin caer en la herejía— y la sátira de Gógol, como mapa para una ubicación somera. "Lo que hago es expandir la realidad, porque la realidad fue lo suficientemente surrealista en las épocas soviética y postsoviética", analiza Kurkov sobre su propia obra. "Sigue existiendo un surrealismo intrínseco a la sociedad ucraniana y rusa, y yo sólo lo llevo al siguiente nivel. Pero la realidad resulta que compite por ser mucho más surrealista, así que estoy en una carrera con ella a ver quién es más surrealista de los dos", se ríe.

Kurkov parece tomarse la vida con sentido del humor. Incluso el exilio de su país natal. Empezó a escribir libros cuando lo mandaron a hacer el servicio militar. En un primer momento el Gobierno ruso quiso enviarlo a las islas Kuriles, en el Mar de Ojotsk, conquistadas a Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Pero gracias a los contactos de su madre, consiguió zafarse y acabó como guarda en una cárcel en Odesa (Ucrania), donde empezó a escribir novelas infantiles. "Cuando escribes sobre y para niños te sirve como un escape de la realidad", explica a su paso por Madrid. Kurkov se ha citado con la prensa en un hotel céntrico en el que es su primer viaje a la capital.

El gobierno ruso vendió que Putin iba a restaurar la Unión Soviética y que, por ende, restauraría la vida soviética

Después del éxito de 'Muerte con pingüino', Blackie ha querido rescatar esta sátira protagonizada por Ígor, un joven que vive con su madre en un pequeño municipio de Ucrania, y Stepan, un buscavidas que se ofrece como jardinero en casa de Ígor, y que guarda un secreto que ni él mismo conoce cifrado en un misteriosos tatuaje. Juntos inician un 'road trip' por Ucrania y Rusia que acaba convirtiéndose en un viaje en el tiempo —literal— hasta la Unión Soviética de 1957. ¿La máquina del tiempo? Un traje de miliciano que Ígor se pone para una fiesta de disfraces y que lo transporta a una realidad mucho más oscura y siniestra que la que su madre se empeña en contarle cuando anhela los tiempos mejores de su juventud.

El escritor ruso Andrei Kurkov. (Ana Portnoy)
El escritor ruso Andrei Kurkov. (Ana Portnoy)

"Existe una nostalgia real que se basa en la experiencia, y hay una falsa nostalgia creada por artistas o gente que tiene una aproximación romántica a la historia", apunta Kurkov. "Yo no soy nostálgico, pero en Ucrania hay una corriente literaria en la que muchos autores se han puesto de acuerdo para recordar con nostalgia la época presoviética del Imperio Austrohúngaro y han creado a partir de ahí un reino imaginado. "La guerra de Donbass, por ejemplo, tiene mucho que ver con esa nostalgia, porque el gobierno ruso vendió que Putin iba a restaurar la Unión Soviética y que, por ende, restauraría la vida soviética. Pero lo que no se da cuenta esta gente nostálgica es de que jamás volverán a su juventud. La gente común se cree las promesas si están conectadas con el pasado".

En 'El jardinero de Ochákov' es fácil encontrar reminiscencias de, por ejemplo, el 'Matadero cinco' de Kurt Vonnegut

Los paisajes por los que pasea Ígor con su uniforme de miliciano son los del miedo y la pobreza, no los de la supuesta grandeza que su madre se empeña en 'recordar'. En 'El jardinero de Ochákov' es fácil encontrar reminiscencias de, por ejemplo, el 'Matadero cinco' de Kurt Vonnegut, aunque Kurkov se siente más próximo a Kafka. Su novela funciona como una herramienta para contar el pasado y conectarlo con el presente, intentando desmontar la 'neohistoria' soviética construida por el gobierno Putin. "Durante mucho tiempo me ha fascinado la historia de la Unión Soviética, pero sobre todo la historia extraoficial, la ilegal. Investigué personalmente mucho sobre el discurso oficial de la URSS, pero también me recorrí muchos pueblos y ciudades entrevistándome con ancianos que en su momento hubiesen ocupado puestos relevantes dentro de la Administración, después de la guerra", desvela. "Me hice pasar por estudiante de periodismo —por supuesto, no lo era— y grabé muchas conversaciones con ellos y me contaron muchas cosas que no aparecen en los libros oficiales".

"Me he dado cuenta de que todos los países tienen una historia de diferentes capas: hay una que es la oficial, la de más arriba, que cambia todo el tiempo según los intereses políticos", continúa. "En Rusia, la historia oficial es una farsa total, mientras que en Ucrania la historia oficial cambia cada cierto tiempo y se reescribe porque el país es demasiado joven como para tener su propia versión de la historia que concuerde con su identidad nacionalista y patriótica. Para tener una identidad nacional fuerte hay que construir un pasado, una historia fuerte".

Para los rusos es más importante que el mundo les tema que ser ricos y vivir cómodamente

Una reconstrucción histórica que, además, no encuentra oposición en la prensa, puesto que la mayoría de los periodistas y los medios son fieles al Gobierno. Y a los que no se les persigue, se les hostiga y se les encarcela. "Rusia está siguiendo los pasos de Corea del Norte, aunque de una forma más ‘light’, porque no se está asesinando a gente por no estar de acuerdo con el Gobierno, pero sí se les mete en la cárcel por salir a la calle. Los rusos son monárquicos: quieren un zar. Para los rusos es más importante que el mundo les tema que ser ricos y vivir cómodamente. Por eso están muy orgullosos de tener a Putin como su zar y de que él les traiga la posibilidad de volver a un pasado glorioso".

Según Kurkov, además, Putin quiere revivir la ficción de un mundo dividido en dos bloques, el estadounidense y el soviético, sin tener en cuenta que su espacio ya lo ha ocupado China, mucho más relevante que Rusia en el plano económico. "Ahora Putin dice que el liberalismo está obsoleto y que lo que necesita el mundo es un líder fuerte en un Estado fuerte. Él es la cara B de Trump —es más, ambos se gustan— y ha hecho de su lema el 'hagamos Rusia grande de nuevo'", avisa.

He tenido miedo. En 2001 me siguieron durante tres meses, y ellos querían que supiese que me estaban siguiendo

Su oposición a Putin le ha valido a Kurkov más de una noche en vela. "He tenido miedo", admite. "En 2001 me siguieron durante tres meses. Ellos querían que supiese que me estaban siguiendo; me abrían la puerta del supermercado e intentaban presionarme psicológicamente. Mi coche ha aparecido estropeado varias veces en el patio de mi casa y he visto a gente que estaba haciendo tiempo para verme entrar en casa. Si fuese más joven, quizás me volvería paranoico. Pero es que muchos periodistas pasan por esto. En Rusia es bastante habitual".

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