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Chicago 1893: gloria y horror en la ciudad blanca

La historial real del asesino en serie que aterrorizó a la gran metrópoli americana y que ya han leído millones d epersonas en todo el mundo

Foto: Detalle de portada de 'El diablo en la ciudad blanca'
Detalle de portada de 'El diablo en la ciudad blanca'

Una constante escondida entre las páginas de los periódicos reza la macabra magia de las notas breves para comprender el nacimiento de una era. En 1888, Jack el Destripador declaró inaugurado el siglo XX con su quinteto sangriento de Whitechapel. Un lustro más tarde un alumno aventajado al otro lado del charco certificaría la pasmosa precisión de sus postulados mientras el público asistía distraído a la celebración oficial.

Todo desastre es una oportunidad para resurgir de las cenizas. En octubre de 1871 Chicago ardió y no quiso echar a perder sus perspectivas de futuro, basadas hasta entonces en un crecimiento desaforado desde parámetros más bien erróneos, con la madera como protagonista y una expansión tan acelerada como frágil. El insaciable goteo en forma de pérdidas humanas fue un acicate para la reconstrucción, génesis de un laboratorio forjado por el orgullo herido y la presencia de muchas mentes dispuestas a catapultar la capital del Estado de Illinois a otra dimensión alejada de su fama provinciana, debida en parte a las ínfulas de Nueva York y el Este, siempre más cosmopolita y con el gatillo dialéctico a punto para desprestigiar cualquier rival amenazador de su preminencia como rey indiscutido de Norteamérica.

El proceso, como todos, fue largo y complicado, sobre todo por cuestiones escasamente consideradas entonces. Chicago recibía el seudónimo de la Ciudad Negra. Sus calles podían ser bulliciosas y rebosar porvenir, pero los olores de su inmenso matadero embriagaban al transeúnte de pestilencias, co un subsuelo del que brotaban aguas causantes de fiebres tifoideas, cólera y otras epidemias. El río se atiborraba de desechos, ganado muerto y otras lindezas; ni siquiera cambiarle el curso arregló el desaguisado y para enturbiarlo más el terreno no era el más propicio para determinado tipo de construcciones, sobre todo si la aspiración era rebasar alturas imaginables y alcanzar cotas insólitas hasta la fecha.

'El diablo en la ciudad blanca'
'El diablo en la ciudad blanca'

'El diablo en la ciudad blanca', magnífico volumen de no ficción escrito por Erik Larson y editado en España por Ariel, empieza en los estertores de su relato. Daniel Burnham (Henderson, 1846- Heildeberg, 1912) iba a bordo del Olympia y sintió un repentino deseo de comunicarse con su amigo Frank Millet, embarcado en el Titanic. Al mandarle un telegrama percibió problemas, pidió explicaciones y recibió el silencio como respuesta ante el inminente desastre causado por un caprichoso iceberg y la ilimitada confianza tecnológica, derrotada por un mero bloque de hielo plantado en el Océano por la madre naturaleza.

Un seductor en el alambre

Ambos hombres habían sido dos de los principales adalides de esta creencia en las posibilidades de nuestra especie mediante el progreso de la ciencia, como si el mundo nos perteneciera y pudiéramos explotarlo sin pagar las consecuencias. En 1893 Burnham se erigió en el líder imprescindible de la Exposición Mundial Columbina desde la dirección de obras, mientras Millet se responsabilizó de la publicidad, las relaciones públicas y las ceremonias del evento.

Desde 1851, con la impresión causada por el Crystal Palace de la muestra londinense, estas ferias se erigieron en formidables bastiones para publicitar la nueva velocidad y las maravillas propias de la centuria. Cada exhibición suponía un espaldarazo para la ciudad organizadora y un elenco de invenciones sin par para deleite de los visitantes. Barcelona inició su senda de asociar sus transformaciones con grandes acontecimientos en 1888, cuando de forma milagrosa supo estar a la altura para brindar al mundo un repertorio modesto y eficaz de su trascendencia económica en la cuenca mediterránea, eclipsada, como es comprensible, por París, experimentada en estas lides y dadivosa con pretensiones al cabo de doce meses, cuando con motivo del centenario de la Revolución Francesa puso toda la carne en el asador con la Torre Eiffel, gigante insuperable con sus más de trescientos metros y un prodigio de ingeniería para la época pese a las maledicencias de Guy de Maupassant, quien declaró amar comer en su restaurante con tal de no verla.

Exposición Universal de Chicago en 1893: exhibición de la General Electric cuya pieza central era una torre eléctrica de Edison con más de 18.000 bombillas
Exposición Universal de Chicago en 1893: exhibición de la General Electric cuya pieza central era una torre eléctrica de Edison con más de 18.000 bombillas

Para Chicago el reto era mayúsculo por distintos motivos. El precedente de la ciudad de la luz era un reto abrumador, aumentado más si cabe por la inseguridad de un optimismo desmedido. En 1890, cuando recibió la concesión, había pasado a ser el segundo núcleo más poblado del país, lo que no evitaba burlas para con su localismo, mitigado en los años previos por los estudios de arquitectura, como el de Root&Burnhamo o el de Adler&Sullivan, pioneros en el arte de los rascacielos y precursores de un racionalismo edilicio donde los inmuebles debían supeditarse a su función en vez de a la forma.

En la cuerda floja

Tras muchas discusiones, los terrenos de Jackson Park, sensacionales por sus vistas al Lago Michigan, fueron los elegidos para albergar la Exposición. No muy lejos de ahí el barrio de Englewood compartía con el resto de la ciudad de los vientos la euforia por ganancias venideras. Uno de sus vecinos era Herman Webster Mudgett, rebautizado a sí mismo como el Doctor Henry Howard Holmes, este último apellido, dicen, en homenaje al gran detective británico.

Entre el personaje de ficción y el monstruo de la realidad las coincidencias eran escasas y sólo podríamos mencionar sin temor a equivocarnos una capacidad seductiva sin igual. La de Holmes tenía un guion algo temerario entre contacto físico, mirada directa y una simpatía regada de habilidad verbal. Muchos testimonios corroboraron un absurdo magnetismo muy trabajado, el mismo empleado para ser contratado por en la farmacia de la señora Holton en la calle 63. La mujer requería ayuda al haber enviudado y desapareció sin dar señales al cabo de poco tiempo, encargándose el recién llegado del negocio, comprándolo mientras adquiría a buen precio un solar al otro lado de la parcela para erigir un bloque con una planta baja destinada a comercios y un piso superior para alquilar habitaciones.

Holmes triunfó tanto en la celeridad de acabar su castillo como en la ocultación de sus actos macabros

Lo peculiar de su proyecto era la ausencia de un arquitecto jefe, algo normal si se atiende a la conclusión de la pieza, un laberinto de intricados pasillos y una serie de salas secretas con un horno de fusión de 1500 grados, una estancia con espitas de gas y otras insonorizadas inaccesibles para el resto de los mortales. Holmes triunfó tanto en la celeridad de acabar su castillo como en la ocultación de sus actos macabros. Lo primero fue pan comido a través del impago a los obreros; lo segundo se ventilaba, nunca mejor dicho, con la excusa de la inestabilidad de su ejército de tenderas, chicas jóvenes sin rumbo en la vida y volátiles en esencia. Algunos se interrogaron sobre tanta desaparición fortuita, sobre todo porque entre las ausencias figuraban prometidas y personas relevantes durante un suspiro en su organigrama empresarial.

Ante la inminencia de la Exposición Holmes amplió su fortificación con un tercer piso con el fin de acoger a las turistas de paso. Han leído bien.

Las perversiones del éxito

Burnham se salió con la suya. Convenció a los arquitectos del Este para enrolarse en su sacrosanta misión, abrazó una estética neoclásica para el complejo y lo dotó de un blanco inmaculado para apabullar a los visitantes entre la decoración paisajística de Olmsted, los aborígenes provenientes de latitudes inimaginables, la danza del vientre oriental o la corriente alterna de Nikola Tesla, baño de luz histórico para la noche, de repente derrotada en su afán por dividir la jornada en dos hemisferios casi perfectos. Todos estos triunfos parecían pocos por la frustrada intentona de superar la verticalidad de Eiffel, pero la rueda de Ferris se reveló como una extraordinaria competidora, y así fue como en Chicago nació la noria como atracción primordial para todo parque urbano digno de llevar ese nombre, con el añadido americano de sus pingües beneficios económicos, factor nada desdeñable durante toda la Exposición Mundial Columbina, pues durante los primeros meses muchos temieron no recuperar el gasto, temor aún más acuciante por la carpa de Buffalo Bill en las inmediaciones de la flamante ciudad blanca.

La noria instalada para la Exposición Universal  de Chicago de 1893
La noria instalada para la Exposición Universal de Chicago de 1893

Sin embargo, este miedo se disipó con el transcurrir de las semanas. El 9 de octubre, Día de Chicago, se batió el record mundial de asistencia a un acto al aire libre con más de setecientas mil personas en las instalaciones. La cifra pudo haberse rebasado el 30 del mismo mes con la ceremonia de clausura, impidiéndolo el asesinato del alcalde Harrison a manos de un demente con la creencia de recibir un puesto de asesor municipal en el nuevo Consistorio. Los fastos se suspendieron y quedó el recuerdo, criticado con ahínco por Louis Sullivan, para quien sólo había sido un freno para propulsar el arte arquitectónico a niveles menos anquilosados en un gusto convencional. Burnham, paradojas de la memoria, alcanzó la inmortalidad con el Flatiron de Nueva York.

Los ojos de un asesino

El 13 de agosto de 1893 ardió el tercer piso del hotel de Holmes. Todo criminal calculador debe valerse de un socio. El primer gran asesino en serie de los Estados Unidos de América lo tuvo. Las ruinas de ese anexo oportunista debían servir para cobrar el seguro bajo nombre falso. Al no producirse el hecho llegó la fuga, la cárcel y un último ardid favorecido por su Sancho Panza, el carpintero Benjamin Pitezel, quien debía fingir su muerte para ingresar los diez mil euros estipulados en la póliza. Para ahorrarse la búsqueda de un cadáver Holmes lo asesinó y engatusó a la esposa de su cómplice para concederle la custodia de tres de sus cinco hijos.

Así inició una alocada carrera por el país con los niños, mientras la mujer y los dos restantes, ignorantes del fallecimiento del marido, le seguían sin vacilaciones hasta llegar a Toronto, separados siempre por exiguos centenares de metros. Todos, incluso el astuto y sádico criminal, corrieron la misma fortuna. Sus acompañantes asfixiados y con los pies mutilados, él en el cadalso, ahorcado en Filadelfia el 7 de mayo de 1896. Antes de fenecer confesó veintisiete asesinatos, demasiado pocos para algunos expertos, quienes incrementaron el número hasta las dos centenas. Mientras Chicago brindaba alegrías efímeras sus catacumbas amontaban cuerpos, sin estrépito y con la precisión quirúrgica del demonio.

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