memoprias de una alcohólica

Memorias de una alcohólica: borracheras salvajes y sexo con desconocidos

La periodista del New York Times, Sarah Hepola, publica el libro confesional 'Lagunas' sobre sus experiencias con la bebida

Foto: Así acaban las noches locas. (iStock)
Así acaban las noches locas. (iStock)

En la serie 'The Good Wife', la abogada Alicia Florrick suele terminar su torbellino de día con una copa de vino tinto. O varias. Ya sea en un bar o en su casa. Es el epítome de mujer empoderada del siglo XXI: a lo largo de siete temporadas la serie traza un hilo desde que abandona a su marido- que le ha reconocido su infidelidad-, y sus labores hogareñas para convertirse en una de las abogadas más cotizadas de Chicago. Y más sexys, a lo cual la copa de vino ayuda. En la spin-off de esta serie, 'The Good Fight', la otra abogada estrella, Diane Lockhart, guarda botellas de champán y otros licores en su oficina que a veces se descorchan y desparraman. Pero al día siguiente, ni Florrick ni Lockhart tienen resaca –o un leve dolor de cabeza-. Aparecen impolutas, elegantes, otra vez con fuerza para comerse el mundo. Lo mismo podría decirse de Carrie Bradshaw y sus amigas de 'Sexo en Nueva York'.

Alicia Florrick y Diane Lockhart
Alicia Florrick y Diane Lockhart

“Es una fantasía. Como la hermosa ropa que llevan estas mujeres o los magníficos apartamentos en los que viven. La televisión y las películas no tratan con la realidad, pero las mujeres reales sí. Nosotras tenemos resaca, vomitamos y nos avergonzamos. Pero estas mujeres son como un personaje de cómic. Cuando tú ves 'Superman' no piensas que puedes volar”, señala Sarah Hepola a El Confidencial. Ella, periodista freelance en medios como The New York Times, New Republic o The Guardian, sabe bien lo que es cogerse una buena cogorza y trabajar al día siguiente con resaca (y vomitar y sentirse mal).

'Lagunas' (Pepitas de Calabaza)
'Lagunas' (Pepitas de Calabaza)

Sus experiencias con el alcohol –no demasiado sexies- las ha contado en 'Lagunas' (Pepitas de Calabaza), un libro a modo de confesión, “una conversación honesta con un buen amigo. Una en la que hubiera compasión, humor y lágrimas”, que fue un éxito en EEUU cuando se publicó originalmente en 2015 y en el que ha intentado evitar el tono moralista: “No tenía ningún interés en regañar a alguien por su consumo. La gente puede beber o no, es su decisión. Mi interés era contar una historia verdadera sobre lo que me ocurrió”.

¡Madre mía!

Y lo que le ocurrió a Hepola es que, de beber como cualquier veinteañera en el colegio mayor de la Universidad de Austin en la que estudió, y después del trabajo con sus compañeros de las diferentes redacciones locales por las que pasó antes de llegar a los treinta –“¡Madre mía con Sarah Hepola!”, le oyó decir a un jefe después de una fiesta bien regada de alcohol en ese tono que no se sabe si es halago, pero no acaba sentando bien, se convirtió en adicta. Una cuestión que no fue fácil de admitir para ella. Porque, como sostiene, no es sencillo.

“Hay una adicción física, pero también emocional y de conducta. Diría que cuando tú quieres dejar de beber, pero no puedes, es cuando tienes un problema. Cuando no puedes moderarte, tienes un problema. Si tomaba un trago, casi siempre tomaba varios más, incluso cuando me prometí que bebería con calma. Simplemente no podía beber como otras personas”, reconoce.

Sarah Hepola
Sarah Hepola

Pero antes de tomar la decisión de dejarlo, en el libro pasan muchas cosas. Desde sus primeras relaciones con amigas y las primeras cervezas, a los novios que la abandonaron precisamente por su intensa relación con la bebida. Y, por supuesto, los bajonazos. El despertarse por la mañana sin recordar apenas qué ocurrió la noche anterior y sentirse culpable. “Sí, me sentía culpable. Especialmente si no sabía qué había hecho. Es verdad que las mujeres pueden ser muy duras consigo mismas, muy críticas, sobre su apariencia, su comportamiento. Y me costó mucho tiempo darme cuenta de que no, de que no estaba siendo muy dura conmigo misma. Beber me sacaba un lado muy feo. Me estaba convirtiendo en alguien que no me gustaba, a alguien que a mis amigos tampoco les gustaba”. También cómo en todo esto del consumo –y principalmente en las mujeres- hay algo que tiene mucho que ver con la cultura pop, y esa etiqueta del empoderamiento.

Yo quiero un camino que no sea tan autodestructivo y perjudicial para mí y para las personas que me rodean

Hepola recuerda a los personajes de actrices del cine clásico como Lauren Bacall, Ava Gardner, Bette Davis, Ingrid Bergman con esa copa de vino siempre en la mano. U otros personajes más recientes como el de Bridget Jones. A la periodista no le incomodan. “Siempre he amado a las mujeres que beben y rompen las reglas. Ellas son mi tipo de mujer”, admite. Pero también cree que existe un cliché anticuado (la mujer fuerte bebedora, pero sin resaca al día siguiente y sin las terroríficas lagunas), que ha llevado a un comportamiento que observa habitual en las mujeres estadounidenses: “A las mujeres, sobre todo las solteras y a las madres, les han vendido la idea de que el alcohol, especialmente el vino, es una buena forma sentirse independientes. Puede ser. Pero esta “terapia alcohólica” puede volverse fea muy rápidamente”, advierte. Ella misma se recuerda en su casa, escribiendo por la noche para entregar el último artículo, y con una buena botella de vino al lado. “Me gustaría ver un tipo de poder diferente, uno que se refiera menos a "actuar como hombres". Yo quiero un camino que no sea tan autodestructivo y perjudicial para mí y para las personas que me rodean”, añade.

El alcohol y el sexo

Pese a que el humor abunda en el libro hay varios episodios dramáticos que tienen que ver con las noches de sexo con alcohol de por medio. Ahí Hepola se detiene en la palabra ‘consentimiento’. “Muchos síes de viernes por la noche se convertían en noes los sábados por la mañana. Mi lucha con el consentimiento estaba dentro de mí”, escribe. La periodista cuenta una experiencia con un recepcionista con el cual acabó en la cama tras llegar borracha al hotel. No hubo nada de forzamiento. No hubo lo que los códigos penales reconocen como delito. Pero como admite: “Fue una noche que me pesó durante muchos años”.

La periodista cuenta cómo acabó en la cama con un recepcionista tras llegar borracha al hotel: "No hubo forzamiento pero me pesó muchos años"

En este tema el debate es peliagudo. Hepola está de acuerdo en que el problema no es que las mujeres beban, sino que ningún hombre debe aprovecharse del estado etílico de una mujer. Pero, como incide, “quería poner la atención en una cosa: la forma en la que las mujeres beben como yo para darse permiso para tener relaciones sexuales. Cuando bebía consentía un sexo que quizá no hubiera querido si hubiera estado sobria. Pero eso era porque me gustaba beber para hacer cosas que normalmente no haría: bailar, convertirme en el alma de la fiesta”. La periodista, que teme meterse en un jardín con este debate –“porque requiere una conversación larga que tiene muchos matices”- también insiste en que “por emails que he recibido, este asunto del alcohol y el consentimiento es un tópico muy confuso para hombres y mujeres. Creo que todos deberíamos reflexionar más de forma crítica sobre esto”.

Hepola tomó la decisión de no beber –después de pasar por Alcohólicos Anónimos- en la mitad de la treintena. Ahora tiene 44 años. Decidió también abandonar Nueva York a donde se había mudado para triunfar como en las series de los noventa aunque acabó en un apartamento de 23 metros cuadrados. “Todo en las series es una mentira”, sostiene riéndose. Y empezó este libro. No fue una terapia. “Me sentía muy sola el año después de dejar de beber y quería hacer algo que nunca había hecho durante los años en los que bebía. Un libro me pareció un buen objetivo. Cuanto más tiempo permaneciera sobria, más quería animar a otras personas que podrían tener miedo a dar el salto. Creo que el libro era una gran ayuda para relajar mi propia tristeza y dolor: pude ver patrones de comportamiento más claramente. Me ayudó a comprender por qué me enamoré del alcohol, pero también por qué tenía que alejarme”.

A veces, confiesa, todavía siente el gusanillo de la bebida. “Echo de menos lo fácil que era perder el control y conocer amigos de forma instantánea”, admite. Pero también sostiene que no volvería atrás ni un minuto. “Dejar el alcohol me ayudó a crecer y convertirme en la mujer que quería ser: alguien que encontró fuerza dentro de sí misma en lugar de sacarla de una botella”, zanja.

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