'Apegos feroces': ¿nuestras madres tiraron la toalla de sus vidas?

La novela de Vivian Gornick es un relato en primera persona sobre la relación de la escritora con su madre y amantes que, aunque se publicó en 1987, se ha colado en las listas de lo mejor del año pasado

Foto: Detalle de portada de la edición inglesa de 'Apegos feroces' ('Fierce Attachments')
Detalle de portada de la edición inglesa de 'Apegos feroces' ('Fierce Attachments')

Hace ya casi dos años, y gracias a una iniciativa de Twitter para visibilizar escritoras, me di cuenta de que apenas había leído libros escritos por nosotras. En mis treinta años de vida, y salvo excepciones, había construido mi visión del mundo desde la voz de los varones. Lo más grave es que ni siquiera había reparado en ello. Consideré neutra su palabra, creí que sus experiencias servían para explicar como era el mundo: el suyo, el de los hombres, y el nuestro, el de las mujeres. Pero no es así. Nuestras experiencias no son las mismas por lo que su punto de vista no puede tomarse como universal. Somos nosotras quienes debemos relatar nuestras vivencias, de otra manera continuaríamos dando por válidas construcciones culturales elaboradas para que nos ciñamos a ellas a modo de manual de conducta.

Afortunadamente, algunos libros que pasaron desapercibidos por tener un nombre de mujer en el abajo firmante –o que ni si quiera llegaron a editarse en nuestro país– están siendo rescatados por editoriales independientes. Es el caso de 'Apegos feroces' de Vivian Gornick (Sexto Piso), un relato en primera persona sobre la relación de la escritora con su madre y amantes que, aunque se publicó en 1987, se ha colado en todas las listas de lo mejor del 2017. Gornick nos presenta como las mujeres combaten durante toda su vida con una idea del amor cuidadosamente elaborada para mantenernos ocupadas y dedicadas, desinteresadamente, al cuidado de los demás.

'Apegos feroces'. (Sexto Piso)
'Apegos feroces'. (Sexto Piso)

La periodista discute con su madre mientras pasean por Manhattan: no soporta que le recuerde los sacrificios que, en nombre del amor, hizo por ella y su marido. Atisbo en los reproches de su madre una envidia malsana hacia el estilo de vida de las mujeres de la edad de su hija. Es imposible no verse a una misma y a algún miembro de su familia; quizá nuestra madre, con toda seguridad nuestra abuela. Me asquea profundamente cuando el primer domingo de mayo los medios se saturan de mensajes en los que agradecen a nuestras madres sus servicios infinitos.

Hasta hace no mucho pensaba que no tenía nada que reconocer a toda esa masa de sirvientas abnegadas que habían ayudado a perpetuar este sistema misógino, que tendría algo por lo que dar las gracias si hubieran mandado a la mierda a sus maridos cuando les pidieron que dejaran de trabajar. Me ha costado ser consciente de que no tenían elección. La frustración que se desprende de las quejas de la madre de Gornick la he sentido en las palabras y la expresión de derrota de otras mujeres de su misma edad. Muchas de ellas no aprueban nuestro modo de vida porque sería reconocer que tiraron la toalla con la suya propia. “O follamos todas o el putero al río”, pensaran.

Admito que he sido injusta juzgando las decisiones de mis mayores. Me he preguntado muchas veces si merece la pena que mujeres que pasan de los 60, y que han dedicado su vida entera a la familia, reconozcan el machismo que nos rodea. No ganamos nada haciendo que quienes ya tienen su biografía escrita, quienes están en ese punto en el que ya no pueden empezar de nuevo, se reconozcan a si mismas haber desperdiciado sus días en favor de su marido, hijos y seguramente nietos. Es más, concluyo que es una canallada tratar de abrirles los ojos. En 'Apegos feroces' confluyen las voces de dos generaciones de mujeres que se mantienen unidas gracias al poder invisible de los lazos afectivos pero que son incapaces de entenderse. La educación en el amor romántico de la madre y la universitaria de la hija provocan una brecha insalvable. Ambas actúan como un espejo de los miedos de la otra: lo que hubiera querido ser, los errores que no quiere repetir.

El mito del amor romántico

Gornick también rememora la relación que mantuvo con su exmarido y amantes. Me gusta leer a escritoras que asumen que la media naranja es un invento que sustenta un único modelo de mujer válido cuyo objetivo no es otro que el de conseguir un marido. Se nos inocula un miedo tan terrible a vivir en los márgenes de la atracción masculina que, por temor a que su descendencia femenina se comportara de modo que ningún hombre le brindara su protección, han sido nuestras mismas anteriores generaciones quienes se han encargado de perpetuar el sistema. Incapaces de creer que podemos ser las dueñas de nuestra propia vida, les salía más a cuenta educarnos para el servicio, como hicieron con ellas.

Me gusta leer escritoras que asumen que la media naranja es un invento con un único modelo de mujer válido cuyo objetivo es hallar un marido

A pesar de ser consciente de lo nociva que es para nosotras la idea del amor romántico, Vivian Gornick no puede evitar el romanticismo, contradecirse cuando reconoce que con uno de sus amantes casados ha encontrado el equilibrio pero que se ahoga en el espacio minúsculo en que se desarrolla la relación. Cuando el affaire empieza a andar escaso de pasión, le recrimina que “lo que no asumo es que nos haya hecho volver a caer en la crueldad desfasada dinámica hombre – mujer, convirtiéndome en una mujer que espera una llamada que nunca llega y él en un hombre que debe evitar a la mujer que espera”.

Me sorprende la facilidad que tenemos las mujeres, aun en plena deconstrucción, para situarnos en el lugar asignado por los roles de género. Vivimos en una pugna constante entre lo aprendido y lo deseado. Ya no queremos ser madres desinteresadas ni amantes monógamas pero tememos que nos tachen de mala madre, puta o indecente. Queramos o no, y mientras vivamos en un sistema patriarcal mantenido sobre la idea del amor romántico, la manera en que se desarrolle nuestra vida afectiva y sexual determina el juicio de quien nos rodea. No tenemos elección: mientras ellos pueden ser vividores, solteros de oro, gigolos o príncipes azules, a nosotras cualquier paso en falso nos arrebata el título de señora y nos transforma en una ramera sin honor ni derechos.

Que liberador ha sido descubrir otra voz femenina capaz de explicar con palabras nuestras contradicciones, nuestro dolor. Además, estas memorias de Vivian Gornick llegaron a mí de la mano de mi madre. Estaba subrayado y marcado con post it. En el diálogo materno-filial ajeno he encontrado, guiada por el grafito, sus reproches. Quizá prestarme el libro fue la manera de establecer una nueva conversación. Habrá que buscar hora y lugar.

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