acaba de lanzar el disco 'heaven upside down'

Cuando Marilyn Manson devoró a Brian Warner: hace 20 años nació el Anticristo

El 'shock rocker' ha cancelado nueve de las fechas de su última gira tras acabar en urgencias después de que el decorado se le cayese encima durante su concierto en Nueva York

Foto: Concierto de Marilyn Manson en Holanda en 2012. (EFE)
Concierto de Marilyn Manson en Holanda en 2012. (EFE)

Un 8 de octubre de 1996, tras un sueño intranquilo, Marilyn Manson no se despertó convertido en un monstruoso insecto —o sí, si a quienes les preguntan es a las asociaciones de la derecha cristiana estadounidense—, sino que amaneció transformado en el Anticristo, lo que en una época de descreimiento estético posmoderno como fueron los noventa implicaba ir por la vida en zancos, vestido con suspensorios y medias de rejilla y con las cejas y las ingles rasuradas. No hubo una misa satánica ni la concepción maculada de una virgen neoyorquina ni Arnold Schwarzenegger repartiendo hostias no consagradas. Igual que no la hubo cuando, en su anterior transformación, allá por 1989, un día se acostó siendo Brian Hugh Warner, el hijo único de Barb y Hugh padre, los Warner de Canton Ohio de toda la vida, y se levantó convertido en Marilyn Manson el-hijo-de-Satán —y de puta, si se le vuelve a preguntar a dichas asociaciones—, que desde luego es peor que levantarse con el pie izquierdo.

Dos décadas después del fin de ese 'Dead to the World Tour' en el que se proclamó hijo del diablo y durante las cuales Manson ha vuelto a sufrir varias transmutaciones más —ahora en reverendo, ahora en un personaje de Dismaland, ahora en un Lewis Carroll redivivo—, en el imaginario colectivo queda cada vez menos del Anticristo y más de la vieja gloria contracultural fagocitada por el 'showbusiness'. Cuando Justin Bieber se permite decir que ha vuelto a hacerte "relevante" por llevar una camiseta con tu cara en un concierto, es que el estatus de azote de América queda ya muy lejos.

Pero cuando la necesidad imperiosa de asustar o, mejor, captar a los niños bien de la América rolliza, complaciente y conservadora —la pesadilla de cualquier padre de adolescente en aquellos noventa del desencanto— desaparece, es el momento en el que el Manson artista puede empezar a romper los pesados grilletes de un rol que se le fue de las manos y que estuvo a punto de acabar con él. Cuando cae el icono, solo puede quedar el artista, que acaba de lanzar el pasado 6 de octubre su décimo disco de estudio, 'Heaven Upside Down' —que originalmente iba a llamarse 'Say10', pronunciado como Satán—, en la tranquilidad que da la retaguardia mediática. Un perfil bajo que solo ha abandonado recientemente tras acabar ingresado en el hospital después de que el decorado se le cayera encima durante un concierto en Nueva York. La realidad, a veces, ofrece metáforas insuperables.

Manson el transformista vuelve a presentarse. En el año uno de la era Trump, en la década post Lehman Brothers, el cantante vuelve a encarnarse, esta vez en la forma de 'Je$u$ Cri$i$'. "Que le den a vuestra Biblia y a vuestro Babel, que he convertido este salmo en mi bomba sucia, así que baila, hijo de puta, baila y corre hacia el semáforo en rojo", canta en 'Tattooed in Reverse', el segundo tema de un disco que vuelve al sonido industrial, pesado y teatral que tan bien le funcionó en el pasado, como el hijo congénito de un 'ménage à trois' entre 'Antichrist Superstar' (1996), 'Mechanical Animals' (1998) y 'Holy Wood' (2000). Un bajo potente, riffs plomizos, dolientes y concentrados, punteos distorsionados, chirriantes y trémulos, baterías sordas, como sofocadas, y sintetizadores sucios y plañideros. Puro sonido Manson.

'Heaven Upside Down' es el hijo congénito del 'ménage à trois' de 'Antichrist Superstar' (1996), 'Mechanical Animals' (1998) y 'Holy Wood' (2000)

Un sonido que parecía haber abandonado con 'The Pale Emperor' (2015), el discazo lazarino con el que resucitó después de una década dando tumbos y que sorprendió a la crítica más escéptica. Una apuesta madura e intimista, alejada del industrial, en la que para sorpresa de los fans —no estábamos muertos, estábamos decepcionados—, se atrevió con un sonido 'bluesero' y folky, más cerca de la oscuridad de Tom Waits y PJ Harvey que del Trent Reznor que lo encumbró. El resultado fue uno de los mejores discos de su carrera, el mejor disco de metal y uno de los mejores —géneros aparte— de 2015, según 'Rolling Stone'.

Marilyn Manson y Trent Reznor, en el 'backstage' del 'show' de Jon Stewart en 1995.
Marilyn Manson y Trent Reznor, en el 'backstage' del 'show' de Jon Stewart en 1995.

Menos brillante que 'The Pale Emperor', 'Heaven Upside Down' es un disco disfrutable, pero no imprescindible. Más allá de un sonido bailable y unas melodías pegadizas —aunque previsibles—, falta esa pluma afilada que perfila juegos de palabras deliciosamente imposibles, complicadas de traducir, esa arquitectura de la lengua irónica, retorcida y con un finísimo humor negro marca de la casa. Como una de las pocas muestras de un álbum más simple en la rima, la primera estrofa de 'We Know Where you Fucking Live', quizás el tema que más bebe del sonido Nine Inch Nails: "Let's make something clear/ We're all recording this as it happens/ No diamond-bullet storefront-blood-bank/ Splinters and stained glass/ Don't need to move a single prayer bone/ Dodge bullets so loud and so low", algo así como: "Vamos a dejarlo claro/ nosotros estamos grabando esto al tiempo que está sucediendo/ esas balas hechas de diamante/ las astillas de un escaparate de un banco de sangre/ y el cristal manchado no van a mover ni una cuenta del rosario/ esquivar balas tan altas y tan bajas".

Menos brillante que 'The Pale Emperor', 'Heaven Upside Down' es un disco disfrutable, pero no imprescindible

Un álbum que habla de la violencia, de la pobreza, de las miserias del ser humano, de las miserias propias, del desamor. Y no podían faltar las baladas —las favoritas de quien escribe—, porque por muy provocativo y oscuro que sea Manson, también tiene su corazoncito. En 'Threats of Romance' advierte: "La mujer es la enfermedad del hombre/ Todos sabemos cómo va a acabar/ No importa las veces que hayamos grabado la película/ el público siempre siente que la están viendo por primera vez". Y el sonido de pianola anticipa en la desgarrada 'Blood Honey': "Tengo sentimientos/ pero intento esconder mis puntos débiles/ me follo a cualquier chica rota y desequilibrada/ para no acabar colgándome del techo". Una mirada más infantil, de adolescente torturado, varios escalones más abajo del listón que marcó su anterior disco. Y que este nuevo un trabajo esté lejos de ser redondo puede explicar el porqué de los sucesivos retrasos y cambios de fecha de un lanzamiento previsto inicialmente para el 14 de febrero pasado.

Manson, en una imagen de 'Disposable Teens'.
Manson, en una imagen de 'Disposable Teens'.

Atrás ha quedado la época en la que Manson jugaba a atemorizar y a subvertir los pilares básicos de la cultura estadounidense —armas, Dios y entretenimiento— desde la periferia. "La matanza de Columbine destrozó mi carrera", se quejaba el cantante en una reciente entrevista a 'The Guardian'. Aquello fue un bumerán que le vino de vuelta en forma de persecución social y política, conciertos cancelados y una avalancha de odio que lo elevó al altar que él siempre había buscado, pero en una dosis desproporcionada. Si los sueños de la razón engendran monstruos, qué decir de los de la sinrazón, y Manson se encontró con que, ahora sí, por fin le tomaban en serio. Tanto, que su personaje público se convirtió en su persona y la ironía y la causticidad se tornaron en literalidad. Marilyn Manson había pasado de hacer como que era el Anticristo a ser el Anticristo para gran parte del mundo occidental. Llevar una de sus camisetas implicaba para muchos la posibilidad de que uno acabase convertido en un asesino de masas. O, como mínimo, de algún trastorno psiquiátrico no diagnosticado.

Marilyn Manson había pasado de hacer como que era el Anticristo a ser el Anticristo para parte de la sociedad occidental

Sin embargo, la prueba de que Columbine no acabó con su carrera es que Manson ha estado dando tumbos durante más de una década, acercándose peligrosamente al medio siglo de vida y sin encontrar su espacio en una sociedad que no solo ya no le teme, sino que le ha integrado hasta el punto de haberle convertido en un multimillonario con mansión en Los Ángeles y contratos publicitarios, por ejemplo, con la 'maison' Saint Laurent, epítome del lujo afrancesado. Ahora, ya más calmado y superada su imagen mítica —¿hay alguien que haya protagonizado más leyendas urbanas?, ¿quién no ha oído aquello de la costilla flotante, lo de las monjas y las gallinas?—, Manson se conforma con enzarzarse en las redes con Courtney Love, insultar en público a Justin Bieber o tocarles los huevos —literalmente— a los periodistas que lo entrevistan.

"Esto [Courtney Love] es lo más parecido a una violación carcelaria en mis pesadillas".

Un poco de 'performance' inane para un artista al que un día se comió el personaje, pero al que a pesar de todo, y rascando debajo de los prejuicios, el maquillaje blanco y las lentillas de color, no se le puede negar la calidad de algunos de sus trabajos y su impronta en la cultura popular contemporánea. Vale que el concepto en sí de Marilyn Manson sea totalmente anacrónico en 2017, al igual que lo somos sus fans, anclados muchos en una suerte de 'peterpanismo nihilista'. Manson fue en los noventa la imagen de la rebeldía, del exceso frente al orden impuesto, de la provocación frente al puritanismo. Pero sus dos últimos discos —más 'The Pale Emperor' que 'Heaven Upside Down', lamentablemente— demuestran que puede seguir siendo más que eso. Manson fue y es muchas cosas. Pero no, entre ellas no fue el niño feo de 'Aquellos maravillosos años'.

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