arquitectura monstruosa

¡35 años en obras! Hamilton Palace, la debacle del casero más macarra del mundo

Cómo Nicholas van Hoogstraten intentó construirse una casa de campo de 180 metros de largo y la obra acabó como el rosario de la aurora

Foto: Hamilton Palace desde el aire
Hamilton Palace desde el aire
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Para presentar al publico español a Nicholas van Hoogstraten, uno duda si llamarle el “Jesús Gil británico” o “el Pocero inglés” -comparte con ellos el desparpajo del promotor inmobiliario hecho a sí mismo (entre la osadía y la inconsciencia), la personalidad volcánica y la afición a los tribunales-, salvo que la analogía se queda corta... por tímida: Jesús Gil y Paco el Pocero parecen hermanitas de la caridad a su lado.

En efecto, Van Hoogstraten (1945) ha llevado el concepto de casero turbio a una nueva dimensión. Tan macarra como solo alguien curtido en el prestamismo usurero en los suburbios ingleses puede llegar a ser. En otras palabras: todo apunta a que Nicholas van Hoogstraten no es trigo limpio.

Los años salvajes

Nicholas dejó el colegio a los 16 años para buscarse la vida en las Bermudas, pero pronto se haría un hueco en su país en un negocio no apto para apocados: prestaba dinero a gente en apuros que ponía sus títulos de propiedad como garantía. Con 23 años (1968) ya tenía más de 300 casas en propiedad, y era el millonario más joven de Inglaterra, pero no el más respetable: poco después entraría en la cárcel tras agredir a la familia de un rabino cuyo hijo le debía dinero (sus esbirros atacaron la casa del rabino con granadas, poca broma con Nicholas).

“Con sus abrigos de cuero y su pelo cardado, Van Hoogstraten parece una estrella de rock de segunda fila de los años sesenta. Viste trajes modernos con corbata negra y camisa también negra, que en ocasiones remata con una abrigo de visón blanco hasta los tobillos. No es un hombre a quien convenga contrariar; vengativo al cobrar deudas, se regodea en su desprecio nietzscheano, vulgar y grosero, por las convenciones de la vida burguesa… Desde luego, no es un casero muy solícito: los inquilinos que no pagan el alquiler no reciben el mejor trato, y los que sí lo pagan también pueden tener problemas. En un incendio en una de sus propiedades murieron cinco inquilinos”, lo describió hace años Deyan Sudjic en su libro ‘La arquitectura del poder’. Sudjic, por cierto, pasará este mes por el festival Hay de Segovia para presentar su nuevo ensayo: 'El lenguaje de las ciudades'.


Nuestro emprendedor entró en los años ochenta con 3.000 casas en cartera, momento en que decidió vender una parte y diversificar el negocio hacia las minas africanas. Sus vínculos con el Zimbabue de Robert Mugabe (la antigua colonia británica de Rodesia) venían de lejos y se iban a profundizar: Van Hoogstraten, que pasa ahora más tiempo en Zimbabue que en Inglaterra, se jacta de haberle prestado dinero al presidente vitalicio Mugabe, de 93 años, antaño héroe poscolonial y hoy tirano autoparódico (según Van Hoogstraten, Mugabe es un hombre “100% decente e incorruptible”; declaraciones lógicas dentro del laxo concepto de democracia que maneja el empresario: “No creo en la democracia, sino en el Gobierno de los más aptos”, ha dicho a la prensa británica).

Van Hoogstraten ha sido condenado en diversas ocasiones por delitos que van del soborno al desacato (llamó “pequeño bastardo” a un abogado rival durante un juicio), aunque su follón más gordo ocurrió en 2002, cuando fue condenado a diez años de cárcel por homicidio tras una ‘disputa’ empresarial con otro próspero casero de barriadas (Mohammed Raja); no obstante, saldría en libertad un año después al declararse la nulidad del caso por un error judicial. Aunque los jueces recomendaron realizar un nuevo juicio, Van Hoogstraten no podía ser juzgado penalmente dos veces por el mismo delito, así que la cosa se zanjó a finales de 2016 en un proceso civil que le condenó a pagar 1,5 millones de libras a la familia del muerto… por haber encargado el asesinato.

Desde luego, no es un casero muy solícito: los inquilinos que no pagan el alquiler no reciben el mejor trato, y los que sí lo pagan también pueden tener problemasLa prensa sensacionalista británica describe al empresario sin medias tintas: se trata del “casero de suburbio más odiado de Inglaterra”, según el Daily Mail. Mientras que ‘The Guardian’ prefiere calificarlo de “caricatura de capitalista amoral”. Fuera como fuese, su fortuna actual podría rondar los 500 millones de libras.

“Van Hoogstraten es plenamente consciente de la imagen que da, deleitándose en la amenaza oscura que emana. El juez en su juicio por el incendio provocado lo definió como ‘una suerte de demonio que se creó a sí mismo, que se las da de emisario de Belcebú’. Insulta en los términos más groseros a las personas que intentan ejercer su derecho a pasar por los senderos que atraviesan sus tierras cerca de Uckfield en Sussex, llamándolas escoria, y desafía a quienes intentan hacer respetar la ley. Lo que distingue a Van Hoogstraten de los delincuentes vulgares y corrientes que disfrutan causando dolor a sus enemigos es su afición a la construcción”, añade Sudjic en el libro.

La mansión en Google Maps
La mansión en Google Maps


Un modesto chamizo

El fascinante curriculum empresarial de Van Hoogstraten no debería despistarnos: no hemos venido aquí a hablar de sus proezas judiciales e inmobiliarias, sino de sus delirios arquitectónicos de nuevo rico. A principios de los ochenta comenzó a construirse una mansión campestre en East Sussex (sureste de Inglaterra) que pretendía ser la mayor casa de campo desde los tiempos en los que la caza del zorro (y no el fútbol) era el deporte nacional: Hamilton Palace, que con sus 35 millones de libras de presupuesto, sus 6.500 metros cuadrados de extensión y sus, ojo al dato, 180 metros de largo, era lo más parecido en tamaño al Palacio de Ceausescu que se había visto nunca en esa zona de la campiña inglesa.

“La casa representa una parodia implacable de las aspiraciones del período en que se concibió. Es una exageración de los gustos y las fantasías de esa generación de hombres hechos a sí mismos, supuestamente respetables, que surgió en la época de Thatcher y Reagan, gustos y fantasías que deberían abochornarlos a todos. La casa de Van Hoogstraten casi habría podido considerarse una sátira subversiva, una encarnación del choque entre dos mundos: el respetable y el criminal. Y ninguno de los dos sale bien parado. Lo extraño es que Van Hoogstraten no haya llevado el proyecto hasta su conclusión lógica y encargado al arquitecto que le construyera una pirámide”, escribió Sudjic en ‘La arquitectura del poder’.

Lo que distingue a Van Hoogstraten de los delincuentes vulgares y corrientes que disfrutan causando dolor a sus enemigos es su afición a la construcciónHamilton Palace era algo así como una demostración de fuerza, un mensaje a la aristocracia de toda la vida que no veía con buenos ojos a los nuevos ricos, un aquí estoy yo, con mis modales de macarra enloquecido, construyendo una villa tres veces más grande que las vuestras. Y aún hay más: Van Hoogstraten quería que la casa se convirtiera en su futuro mausoleo [ver la bóveda dorada en el centro de la mansión].

Más allá del descomunal tamaño de la casa (y del ego de Van Hoogstraten), Sudjic defendía en el libro la labor del arquitecto que arrancó el proyecto: Anthony Browne. “Este arquitecto es una especie de constructor de decorados para sus clientes, creando evocaciones de los mundos que le piden, en lugar de ofrecer sus propias narraciones arquitectónicas. Pero su proyecto para Hamilton Palace dista mucho de ser vulgar... En comparación con las hileras mediocres de casas de ricos que flanquean las calles de los barrios residenciales de todas las ciudades, desde Moscú hasta Bridgehampton, con sus frontones y pórticos de fibra de vidrio, sus magníficas escaleras que se bifurcan infinitamente, sus arañas de luces y su persistente búsqueda de grandeza, sin duda el proyecto es sobrio".

Sobrio, insiste Sudjic, comparado con otras casas de ricos pasados de frenada: "La cartera de clientes de Browne incluye un encargo del difunto marqués de Bristol: una extensa y auténtica casa paladiana, aunque cuesta entender cómo puede considerarse auténtica una copia inglesa de un original italiano diseñado dos siglos antes. El marqués, que dilapidó su fortuna en cocaína, pidió a Browne que le diseñara dos cuartos de baño: uno de estilo barroco, el otro egipcio. En comparación, el proyecto de Browne para Van Hoogstraten es sorprendentemente bueno”.

Esta casa es una ruina

Pero con Van Hoogstraten las cosas tienden siempre ser más tortuosas que fáciles, así que los problemas no tardaron en llegar... y ya nunca pararon: Hamilton Palace sufriría un largo parón años después por el impago a proveedores. Era solo el primero de una larga lista de quilombos. El arquitecto aprovechó para poner pies en polvorosa porque, según contó a Sudjic, “estos proyectos al principio son muy divertidos. Pero después tienes que ir a la obra y empezar a tratar con los constructores. Entonces el cliente cambia de opinión. Es el sueño de otro, pero se convierte en la pesadilla del arquitecto”.

Las obras se interrumpieron definitivamente durante el proceso civil por el asesinato de Mohammed Raja, ya que las cuentas de Van Hoogstraten fueron congeladas, por no hablar de sus otros choques con la ley: durante una temporada tuvo que pagar 50.000 libras a la semana por desacato; además, sus abogados le llevaron a juicio por la fea costumbre de no pagarles sus honorarios. Si a Jesús Gil le duraban muy poco los entrenadores en el Atlético de Madrid, a Van Hoogstraten le duran aún menos los abogados y los arquitectos, y aunque el hombre se crece con el conflicto (se alimenta de él, de hecho), su capacidad para meterse en fregados ha resultado tener un límite, y Hamilton Palace es la víctima arquitectónica de este exceso de ardor guerrero.

Tres décadas y media más tarde, la mansión luce imponente su condición de edificio fantasma en mitad de la nada: la obra aún no se ha acabado, y no está claro que vaya a acabarse nunca, con Van Hoogstraten basculando entre Zimbabue y los tribunales británicos, y los vecinos de la zona reclamando que se haga algo útil con el mamotreto arquitectónico.

“Es un proyecto situado en esa extraña línea divisoria entre el tipo de confianza en uno mismo que puede impresionar, pese a su evidente vanidad, y la vulgaridad semicómica de un delincuente con pretensiones artísticas”, zanja Sudjic.

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