la obra más controvertida

¿Volar la Sagrada Familia? Historia secreta del templo maldito

El templo de Gaudí es una obra maldita que siempre ha sido polémica para los barceloneses. Si todo avanza según lo previsto, parece que estará culminada en 2026

Foto: La Sagrada Familia, en Barcelona. (CC)
La Sagrada Familia, en Barcelona. (CC)

El 19 de abril de 2011, José Luis S. L., de 65 años de edad, entró en la cripta del templo de la Sagrada Familia pertrechado de dos mecheros, un pulverizador de aceite, papeles y pañuelos. Aprovechando que para entrar a la cripta no debe pagarse ningún tipo de tique, accedió sin dificultad y prendió fuego a las casullas de la sacristía. Trató de huir y entre turistas y trabajadores lo detuvieron. Más de 1.500 visitantes fueron desalojados. Ardieron muebles, casullas, altillo y la instalación eléctrica de la cripta, pero la estructura del edificio no se vio afectada.

Por desgracia, la lógica indicaba que si ISIS atentaba en Barcelona, los objetivos serían la Rambla, idónea al ser una recta zigzagueante repleta de gente a todas horas, y la Sagrada Familia, por su enorme valor simbólico. Las declaraciones de Mohamed Houli Chemlal, el terrorista herido en la casa de Alcanar la noche antes de los atentados, en la Audiencia Nacional han confirmado el mero rumor, y al saberlo todos hemos respirado de alivio mientras el hielo recorría nuestro cuerpo porque la tragedia del pasado jueves pudo ser mucho mayor.

Antes de estos días no hay constancia de ningún plan anterior para terminar con el templo más emblemático de Gaudí. El susto de 2011 potenció las medidas de seguridad de una obra maldita que siempre ha sido polémica para los barceloneses. Quien escribe recuerda las bromas sobre su eterna construcción, como la que comparaba a malas la basílica consagrada por Benedicto XVI en noviembre de 2010 con el Coliseo, terminado en apenas ocho años en el siglo I después de Cristo durante la dinastía Flavia de Vespasiano, Tito y Teodosio.

¿Un templo maldito?

Lo cierto es que durante decenios la Sagrada Familia ha permanecido en un extraño paréntesis de crecimiento interrumpido en fechas recientes. Si todo avanza según lo previsto, la veremos culminada en 2026. Abandonará su aspecto de plataforma espacial de '8 ½' de Fellini para ser una anomalía europea en una de las ciudades más pujantes de la Europa contemporánea, la misma que admira a Gaudí y acude a Barcelona a contemplar sus creaciones, que durante mucho tiempo fueron vilipendiadas por nombres ilustres como Oriol Bohigas, partidario en algún momento de su demolición, Félix de Azúa, Óscar Tusquets o George Orwell, quien al visitarla la definió como uno de los edificios más feos del mundo, en especial por sus agujas almenadas, exactamente como las botellas del vino del Rin.

La Sagrada Familia, en 1959. (Burt Glinn)
La Sagrada Familia, en 1959. (Burt Glinn)

Josep Pla lamentaba que hubieran construido a su alrededor. Consideraba que era mucho más bonita cuando estaba vacía de bloques de pisos porque llegar a ella era una especie de hermoso reto. En su momento barcelonés, el escritor ampurdanés gustaba de verla de lejos y caminar, un poco como sucede en París con la Torre Eiffel, sintiéndola cerca mientras los kilómetros se acumulaban y la meta, supuestamente cercana, se avistaba sin poder ser traspasada.

Pla escribió esos recuerdos porque vivió esa Barcelona de principios de siglo XX que crecía de modo disparatado y pugnaba por ocupar, sin prisa ni pausa, todo el terreno de los pueblos adyacentes, los que convierten la capital catalana en un fortísimo mosaico de identidades. De hecho, la Sagrada Familia se encuentra ubicada en el antiguo Sant Marti. Los orígenes del templo se remontan a 1866, año en que Josep María Bocabella i Verdaguer fundó la Asociación Espiritual de Devotos de San José, que a partir de 1874 promovió la construcción de un templo a la Sagrada Familia. En 1881, su asociación compró, en parte gracias a varios donativos, una parcela de 12.800 metros cuadrados entre las calles de Marina, Provença, Mallorca y Sardenya para empezar la construcción de su sueño.

El barcelonés no siente suya la Sagrada Familia. Es omnipresente como la Torre Agbar, pero da la sensación de ser un coto para turistas

Su primera piedra se colocó el 19 de marzo de 1882, festividad de San José, en un acto presidido por el obispo de la ciudad, José Urquinaona. El primer arquitecto encargado fue Francesc de Paula del Villar, quien concibió una iglesia de estilo neogótico muy acorde con el gusto imperante en aquel momento previo al Modernismo; sin embargo, desavenencias con Joan Martorell, arquitecto asesor de Bocabella, hicieron que a partir de 1883 el encargo pasara al joven Antoni Gaudí.

En un primer momento, el genio pensó seguir con el proyecto de su antecesor, pero al recibirse un importante donativo anónimo dio rienda suelta a su proverbial imaginación y decidió que el templo sería una explicación catequética en piedra de las enseñanzas de los Evangelios y de la Iglesia.

Mientras él vivió, las obras fueron a relativo buen ritmo, sin sus otros proyectos, como la Pedrera o el Park Güell, fueran obstáculo para mimar lo que juzgaba como el sentido de su existencia. Con los años, Gaudí ahondó en su curiosa religiosidad y a partir de 1914 se dedicó en exclusiva a construir el templo expiatorio, residiendo durante los últimos meses de su vida en el obrador, que convirtió en su espacio de trabajo.

Imagen de la Sagrada Familia en 1915.
Imagen de la Sagrada Familia en 1915.

El 30 de noviembre de 1925 se terminó la construcción del primer campanario de la fachada del Nacimiento, dedicado a San Bernabé, pero el 7 de junio de 1926 Gaudí fue atropellado por un tranvía en el cruce de Gran Vía con Bailén, falleciendo tres días después entre la conmoción colectiva y el escándalo de su confusión con un mendigo en el momento de la colisión. Fue enterrado en la capilla del Carmen de la cripta, donde aún custodia su idea en el recuerdo.

Muerto su artífice arquitectónico, la obra prosiguió con buen pie hasta el estallido de la Guerra Civil, cuando los revolucionarios incendiaron la cripta, quemaron las escuelas provisionales de la Sagrada Familia y destruyeron el obrador. Fue entonces cuando se perdieron los planos, los dibujos y quedaron reducidas a añicos parte de las maquetas de yeso a escala.

Pese a ello, la obra siempre se ciñó a lo que deseaba Gaudí, algo potenciado porque sus sucesores en la dirección fueron antiguos colaboradores como Domènec Sugrañes, Francesc de Paula Quintana Vidal, Isidre Puig-Boada y Lluís Bonet i Garí, quien hasta 1983 se ocupó de la Sagrada Familia en cuerpo y alma.

El paso hacia la despersonalización

No puede decirse que el franquismo hiciera mucho para ver culminada la obra. En esa Barcelona gris, lo más destacable de esa larga noche fue el Congreso Eucarístico de 1952, que sirvió para terminar la escalinata del Nacimiento e iluminar por vez primera la fachada gaudiana, iluminación que en 1964 sería permanente por decisión del Ayuntamiento de Barcelona de Josep María de Porcioles.

Asimismo, los años cincuenta dieron paso a los cimientos para construir la fachada de la Pasión y reanudar las colectas que aún hoy en día sirven para pagar la obra. Ese, y ningún otro motivo, explica la demora en su finalización.

Con el nacimiento de una mayor resistencia al régimen surgieron nuevas voces contrarias al templo. Como hemos dicho con anterioridad, muchos intelectuales de izquierda la consideraban innecesaria y clamaban por su demolición. Era una postura absurda y normalizada, pues también eran numerosos los enemigos de la Pedrera, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1984, mucho antes que la Sagrada Familia, que recibió tal distinción en 2005, pese a ser una mina por número de visitantes, que sin duda han impulsado las obras a partir de la ingente recaudación, y tener un enorme prestigio internacional que aún genera controversias entre los barceloneses.

Nadie, quizá salvo quien escribe, opina que la mejor vista de la Sagrada Familia es desde su cúspide porque así deviene invisible, pero las voces contrarias nunca han dejado de multiplicarse. La última ha sido la de Daniel Mòdol, concejal de Arquitectura del actual ayuntamiento, quien la definió como una mona de Pascua, opinión controvertida que encaja con el calificativo de 'kitsch' que muchos secundan, aunque otros prefieren cargar las tintas contra la fachada de la Pasión de Josep María Subirachs, tan personal que ha roto los designios del maestro y ha realizado un conjunto tan frío que hasta podría parecer la entrada barroca de un 'parking'.

Vista de la basílica de la Sagrada Familia durante la misa por la paz en memoria de las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. (EFE)
Vista de la basílica de la Sagrada Familia durante la misa por la paz en memoria de las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. (EFE)

Lo cierto es que el barcelonés, y esto es muy importante, no siente suya la Sagrada Familia. Es omnipresente como la Torre Agbar, pero como ocurre con muchos otros monumentos, da la sensación de ser un coto para turistas, algo que sin duda se solucionaría con una entrada especial para los residentes en la ciudad y una mayor descompresión de la zona, lograda en parte con el alejamiento de los autobuses de las cercanías del recinto. Las dos plazas que contemplan el templo son poco transitadas, en el pasado una de ellas fue espacio nocturno de 'cruising' homosexual, y los vecinos del barrio han visto quizás antes de nadie cómo su tranquilidad se ve truncada por tanta visita y su cartera pierde valor al aumentar el alquiler de los inmuebles, un mal que atenaza a toda la urbe condal. Además, aún está pendiente de realización el plan de urbanización del entorno del templo para construir un paseo de 70 metros que conecte la fachada principal con la avenida Diagonal. De llevarse a cabo según el Plan General Metropolitano de 1976, afectaría a cerca de 1.200 pisos y locales situados entre las calles de Mallorca, Aragó, Sardenya i Marina.

El ayuntamiento de Ada Colau ha dejado claro desde el principio que sus prioridades son otras y que privilegiará a los vecinos por encima de cualquier guinda al pastel. Como pueden comprobar, se termine o no, la Sagrada Familia siempre será una historia de nunca acabar.

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