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'Verano 1993': un milagro catalán

La directora Carla Simón Pipó se estrena en el largometraje con una película de una honestidad brutal, llena de vida y verdad, basada en su propia historia familiar

Foto: Laia Artigas, protagonista de 'Estiu 1993' ('Verano 1993')
Laia Artigas, protagonista de 'Estiu 1993' ('Verano 1993')

Los 'milagros' existen. Una corriente eléctrica que recorre el cuerpo desde la punta del vello hasta el lacrimal. El programa del domingo en la pasada Berlinale pintaba tan gris como el cielo sobre la ciudad, con una tibieza predominante entre los adversarios de Competición Oficial de la Berlinale. Pero ahí, escondida en la sección de Generación, una peliculita pequeña, con actores desconocidos y directora primeriza se escondía la magia. "'Verano 1993' ('Estiu 1993) es mi propia historia, y supongo que es algo que he llevado siempre dentro", explicaba Carla Simón Pipo, abrumada ante el aplauso general de un público entregado.

'Verano 1993': un milagro catalán

La historia de Frida (el 'alter ego' de la propia Simón, interpretado por una potentísima Laia Artigas) es tan dura como quedarse huérfana con seis años de una madre enferma de sida, siguiendo los pasos de un padre conflictivo. Una historia de desarraigo, de duelo, de búsqueda del amor, de pérdida de la inocencia llena de honestidad y de ternura, y al mismo tiempo un ejercicio de nostalgia de la niñez en la Cataluña de principios de los 90. "Hay algo de echar de menos tu casa, lo que te define y buscar lo que te hace particular, que en mi caso es mi sitio y mi familia".

"Hay algo de echar de menos tu casa, lo que te define y buscar lo que te hace particular, que en mi caso es mi sitio y mi familia", explica la directora

"Primero hice un corto sobre dos niños que se enfrentaban solos a la muerte, y de ahí surgió mi necesidad de hablar del enfrentamiento con la muerte a través de mi experiencia personal". Cuando Simón acabó sus estudios de Cine en Londres en 2014, se puso directamente a escribir el guion de 'Verano 1993', un proceso meteórico que la ha llevado en tiempo récord de la escuela a uno de los festivales de cine más importantes de Europa.

Una imagen de 'Estiu 1993'
Una imagen de 'Estiu 1993'

En el verano de 1993, tras la muerte de su madre, Frida tiene que abandonar su casa en Barcelona e instalarse en el campo con sus tíos (Bruna Cusí y David Verdaguer) y su prima pequeña Anna (la risueña Paula Robles). Su vida ha dado un vuelco y Frida aún no ha podido soltar ni una lágrima. Día a día, la familia intenta acostumbrarse a este nuevo orden, buscando un equilibrio en la adaptación de todos los miembros a la nueva situación. En los tiempos muertos del final de verano aparecen los celos, las rabietas, los amagos de huida, los momentos de claudicación y la agresividad pasiva de una niña que no sabe manejar o todavía no ha comprendido su dolor y, por lo tanto, no ha podido asimilar la pérdida.

Pero ante la cámara de Simón también se revelan, como por germinación espontánea, los momentos de complicidad entre primas, la infinita curiosidad infantil y el sentimiento de pertenencia

Pero ante la cámara de Simón también se revelan, como por germinación espontánea, los momentos de complicidad entre primas, la infinita curiosidad infantil y el sentimiento de pertenencia, de formar de alguna manera parte de algo. Y la joven directora lo consigue con una delicadeza sorprendente, sin caer en el exceso de drama y alentando la espontaneidad infantil de sus dos actrices protagonistas. Un trabajo de dirección de actores tan logrado que parece inexistente. El espectador se siente ladrón de esos tiempos muertos veraniegos de las dos niñas, que consiguen una química tan natural como mágica.

Imagen de 'Estiu 1993'
Imagen de 'Estiu 1993'

Además, la cineasta apela a la morriña noventera como una francotiradora, sin caer en lo fácil pero eligiendo esos lugares comunes de tantos niños de la época: esas citas ineludibles con 'Los mosqueperros', ese éxito veraniego que fue el 'Toma mucha fruta' de Bom Bom Chip, esos Mini Milk de Frigo de chocolate o de leche, aptos para el bolsillo escaso, ese juego del 'stop', las heridas en las rodillas, sumergirse a pulmón libre en la bañera, pintarte la escayola del brazo, vestirse con ropa de mayor y hacer de sirviente. Hacerle la puñeta a tu prima pequeña.

Carla Simón Pipo
Carla Simón Pipo

Entre tanta producción engolada y pretenciosa, 'Verano 1993' no es un soplo de aire fresco, es una reanimación cardiopulmonar. Con sencillez y humildad, Simón toca el corazón con cada envite de verdad conseguido gracias "a un 'casting' largo de cinco o seis meses buscando unas niñas que se parecieran mucho a los personajes que había escrito", sin tener apenas que dirigirlas. Un trabajo basado en la improvisación -más de cinco horas diarias- y en "crear memorias compartidas entre las niñas y los adultos y jugar a ser una familia". E incluso las niñas nunca llegaron a leer el guion, sino que utilizaron sus propias palabras construyendo sobre las situaciones y las relaciones creadas por la directora.

Un trabajo apoyado por una cámara "nada intrusiva" -salvo en algunos primerísimos planos en los que los ojos de Laia Artigas perforan la pantalla- que actúa como testigo y deja que la vida fluya delante de ella. Un ejercicio de desnudo, de excavación interior admirable y valiente, un regalo genuino -y no demasiado habitual- de una directora y de sus actores para el espectador, para nosotros, para ustedes.

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