entrevista a la periodista de el confidencial

"Frenar a los refugiados es como detener el instinto de supervivencia: imposible"

La esperanza, la sombra de la guerra y el negocio. Pilar Cebrián publica 'Refugiados', un relato único y emocional de la realidad del éxodo sirio a través de sus protagonistas

Foto: Sana y Pilar Cebrián en una cafetería de la localidad sueca de Filipstad en mayo de 2016 (Bashir M.)
Sana y Pilar Cebrián en una cafetería de la localidad sueca de Filipstad en mayo de 2016 (Bashir M.)

"La metamorfosis emocional que vivimos los que nos vemos obligados a pedir ayuda ante la puerta de un país extraño". Rahmi Batue, periodista refugiado kurdo que lleva 10 años en España, describe de este modo 'Refugiados' (La Huerta Grande), el libro que publica el próximo miércoles Pilar Cebrián, periodista de El Confidencial que ha cubierto de primera mano el éxodo de los refugiados sirios. De esa experiencia nace este testimonio único, revelador y emocional. 'Refugiados' una disección certera sobre la realidad que no cuentan las estadísticas. La que sufren esas millones de personas que cierran la puerta de su casa en un país asolado por la guerra y la represión que ya no conocen y se lanzan a un periplo duro, peligroso y vital que les convierte, de golpe, en 'refugiados'.

Cebrián, que ha contado en este periódico el éxodo de los refugiados viajando con ellos desde Turquía hasta la Europa soñada y hostil, analiza esta crisis humanitaria apoyándose en tres miradas que radiografían su realidad. La de Sana, una siria de 26 años con la que viajó hasta Suecia y que ahora, con un permiso de residencia de 13 meses, se adapta a la nueva vida con esperanza y el sueño de escribir poesía y estudiar Arqueología. Si esta joven representa el futuro, Zaher Said es el pasado. Este activista de 31 años vive en Turquía, a pocos metros de la frontera con Siria, y trabaja como 'fixer' (facilitador de la prensa internacional) y con organizaciones humanitarias pero en su cabeza siempre está la guerra y su país. La tercera voz es la de Abu Khaled, un traficante sirio que ha hecho del presente negocio y desde la ciudad de Esmirna saca tajada de la catástrofe humanitaria.

Tres opciones vitales y tres realidades que nos permiten, desde la cercanía, poner voz, rostro y sentido a ese conjunto de "ecuaciones irresolutas en vidas anónimas" que, explica Cebrián en la advertencia inicial de 'Refugiados', ha convertido a los sirios en "una población nómada, los mendigos de Europa, los expoliados de este siglo, los llamados refugiados". Un libro para no olvidar, como subrayan Rahmi Batue, Sana y sus protagonistas, que "los refugiados queremos volver a saborear la vida y, como cualquier otro de los mortales, levantarnos cada mañana con ganas de vivir".

Sana en el pueblo de Filipstad, Suecia, ante el lago que hay frente al hotel donde han sido acogidos (Pilar Cebrián)
Sana en el pueblo de Filipstad, Suecia, ante el lago que hay frente al hotel donde han sido acogidos (Pilar Cebrián)

P: "Esto es una narración compasiva que se opone al discurso distante que se ha hecho sobre esta masa viviente", dice en la advertencia inicial del libro. ¿Por qué sigue siendo necesario poner voz y piel a la tragedia de los refugiados sirios? ¿Qué hemos hecho mal para convertir esta crisis humanitaria en meras cifras?

R: El enfoque deliberadamente personal de este libro es una llamada de atención. Primero, porque sin empatía nunca entenderemos la urgencia de resolver este desastre. Es la única manera de que el lector europeo comprenda el sufrimiento de una masa de extraños. Pero no sólo es un asunto de solidaridad, sino que conocer, entender y exigir una solución a la crisis de los refugiados es el camino para resolver algunos problemas a los que se enfrentarán las sociedades del futuro.

P: Sana, una de sus protagonistas, le cuenta que siente que su vida está en "stand by". Dice: "es como si mi propia existencia, de pronto, se hubiera detenido". ¿Llegó a entender, viajando con ellos, lo que supone psicológica y emocionalmente una experiencia tan cruda como la que viven los millones de refugiados que han salido de sus países?

R: No. Es imposible entenderlo porque el proceso que sufre un refugiado no sólo comprende el período del viaje, que es el que yo realicé, sino muchas otras circunstancias. Los años previos han afectado a su estado emocional, así como el desconocimiento absoluto de la región en la que se adentran (Europa), el miedo a las autoridades de los países que transitan, que es mayor que a las mafias con las que viajan, el temor a no volver a ver a su familia o a que haya represalias por haber escapado, el choque cultural al llegar al país de destino… El hecho de viajar por la vía ilegal es una experiencia muy dura, no solamente porque están desprotegidos sin los permisos y los documentos necesarios, sino porque supone una humillación para muchos de ellos. Este cúmulo de situaciones es una carga muy pesada que yo no experimenté y que sólo pueden entender quienes salen de sus países en busca de refugio.

P: ¿Qué ha aprendido de Sana, Malaz, Alaa o Zaher en esta experiencia y de Europa? ¿Uno se llega a avergonzar de su país y sus instituciones?

R: Recuerdo que en varias ocasiones algunos de ellos me preguntaron: “¿por qué España no nos ayuda?”, “¿por qué Europa no dispone pasaje seguro?”, “¿por qué se firma un acuerdo que viola nuestros derechos como refugiados?”. La verdad, nunca sé qué contestar.

Los hermanos Sana y Malaz en el ferry hacia el puerto del Pireo (Pilar Cebrián)
Los hermanos Sana y Malaz en el ferry hacia el puerto del Pireo (Pilar Cebrián)

P: Los hermanos Sana y Malaz acaban en Suecia, sin hablarse y separados porque cada uno enfrenta su nueva vida de forma muy distinta. ¿Es posible en realidad la integración?

R: Claro que es posible. De hecho se separan para integrarse. Cada uno prefiere afrontar su nueva vida de manera independiente. Sana cree que en su país de acogida, Suecia, no necesita la protección de su hermano mayor, como podía ocurrir en Siria. Ella quiere adaptarse al nuevo país como una mujer independiente. La integración sí es posible, aunque los refugiados mantengan algunas de sus costumbres y la nostalgia por el pasado. Pero los países de acogida también tienen la responsabilidad de facilitar ese proceso. Financiar la enseñanza del idioma, favorecer la incorporación al mercado laboral, promover el intercambio cultural… Hay miles de ejemplos de inmigrantes o refugiados que hoy ocupan puestos relevantes en países europeos. Y cuanto más completa es la política de asilo, más rápida y efectiva será la integración. No se trata sólo de políticas solidarias, algunos países conciben el asilo a los refugiados como un modo de revertir el envejecimiento de la población y de incorporar nuevos contribuyentes. Lo que quiero decir es que hay muchos aspectos positivos en el cumplimiento de los derechos de los refugiados.

'Refugiados', de Pilar Cebrían (La Huerta Grande)
'Refugiados', de Pilar Cebrían (La Huerta Grande)

P: Frente a Sana, Zaher Said representa a esos sirios que ven el exilio como un paréntesis provisional, como afirma en su libro. Él representa las secuelas de la guerra, la tortura y la represión. ¿Quizás es la realidad más desconocida?

R: Es la realidad más política, que ahonda más en el plano interno de Siria, en su contexto. Se ha hablado de ellos también. La disidencia que ha pasado décadas entre rejas o los supervivientes del territorio de Daesh. A veces se nos olvida que ellos también son refugiados y que, al trauma del exilio, se suma la experiencia de las torturas o la privación de libertad. Pero lo peor para ellos es la frustración de que la oposición siria está perdiendo la guerra. Y de que su causa está siendo abatida.

P: Redondea el libro el último capítulo que habla del pingüe negocio surgido al calor de este drama humanitario: el de los traficantes. Abu Khaled se define como "un traficante bueno", aunque se nos revela como un hombre sin escrúpulos y codicioso que ha aprovechado la situación de desamparo de sus compatriotas. ¿Existe un perfil? ¿Y por qué son necesarios?

P: Claro que son necesarios, ¡para todos! Sin ellos Turquía se vería obligada que acoger a muchos más refugiados y Europa tendría que garantizar el pasaje seguro. Es un filtro más. Existen tantos perfiles de traficantes como personas, los hay que antes se dedicaban al narcotráfico, trata de mujeres, tráfico de armas… También, empresarios de hostelería o simples refugiados que se metieron en el negocio para financiar su propio periplo hacia Europa. Según el testimonio de varios de ellos, la corrupción es un eslabón clave en el envío de refugiados en bote. Es decir, que las mafias sobornan a la policía y a los guardacostas turcos.

P: El pacto con Turquía no ha tenido éxito porque se han abierto otras rutas alternativas y los países europeos ya sabemos qué cantidad de refugiados acogen y la burocracia asociada... ¿Es posible detener el flujo de refugiados? ¿Cuál es la clave para solucionar este drama?

R: Frenar el flujo de refugiados es imposible, del mismo modo que es imposible detener el instinto de supervivencia de una persona. Los migrantes y refugiados seguirán encontrando el modo de saltar los muros que levantan los países. El pacto con Turquía es un parche político, un comercio de intereses, que no se dirige a la raíz del problema. Para resolver esta crisis habría que haber invertido, o hacerlo en el presente, más esfuerzos para lograr una solución a la guerra de Siria. En Europa, el problema es estructural, la crisis de los refugiados ha demostrado la ausencia de una política comunitaria que durante décadas ha confiado en las mafias el asunto de la inmigración. Sólo una política común en este sentido garantizaría que cada país respetara los derechos de los refugiados.

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