el proceso de Montjuïc

Bombas orsini, tiroteos y torturas: anarquía y represión en la Barcelona del XIX

La extraordinaria epopeya obrera que marcó la historia de Barcelona desde mediados del siglo XIX hasta la conclusión de la Guerra Civil se ha desvanecido de sus muros

Foto: Atentado de Paulino Pallás
Atentado de Paulino Pallás

Barcelona sigue siendo una ciudad de olvidos. Paseas por sus calles y las placas parecen contar un relato único donde la extraordinaria epopeya obrera que marcó la mitad de su Historia desde mediados del siglo XIX hasta la conclusión de la Guerra Civil se ha desvanecido de los muros, como si fuera inexistente y perniciosa para la postal que exalta el triunfo burgués del Modernismo y las políticas basadas en el país, no en el crecimiento de una clase que aspiró al pan y a mejoras sociales capaces de cambiar el rumbo de la Humanidad, con acontecimientos que van desde el primer congreso obrero de la Historia de España hasta la huelga de la Canadiense de 1919 que significó la obtención de las ocho horas de jornada laboral.

Hasta hace bien poco, y quizá soy demasiado optimista, los símbolos se han usado desde un interés partidista que ha relegado buena parte del discurso real. El castillo de Montjuïc parece sólo el lugar donde se fusiló el 15 de octubre de 1940 al President Companys, pero su trayectoria es mucho más terrible. Sirvió para que Espartero bombardeara Barcelona, fue junto a la Ciutadella el vehículo para aterrorizar a la ciudad durante sus múltiples revueltas y se usó para recluir, torturar y asesinar en nombre de la ley a hombres imprescindibles como Francesc Ferrer i Guàrdia, padre de la Escuela Moderna y cabeza de turco de la Semana Trágica de 1909, recordado tan sólo en Barcelona con una estatua relegada entre los árboles de la montaña olímpica.

La huelga de la Canadiense de 1919 significó la obtención de las ocho horas de jornada laboral

Desde que Barcelona en Comú dirige el Consistorio Condal se aprecia un cambio de rumbo que pretende mostrar las muchas Barcelonas desde una recuperación de lo que hasta la fecha se ha ocultado. Si se cumple lo previsto el espacio público recordará hechos remarcables del obrerismo para equiparar narraciones. De momento, tras la escandalera de la exposición sobre las estatuas franquistas en el Born, el camino se inicia con 'El proceso de Montjuïc: Anarquismo y represión en la Barcelona de finales del siglo XIX', comisariada por Antoni Dalmau, uno de los mayores especialistas sobre la cuestión.

Imagen de la muestra
Imagen de la muestra

Para quien escribe sorprende que esta muestra más que necesaria tenga tan poca publicidad institucional, con nulas banderolas promocionales, casi como si los organizadores quisieran esconder una gamberrada que más bien es un don. Dividida en dos salas del patio de armas del Castillo explica con fuentes de la época, objetos, dibujos y documentales el apasionante momento anarquista de la década de los noventa del Novecientos, cuando Barcelona se ganó el sobrenombre internacional de la Rosa de fuego por el alud de bombas que infestaron sus rincones, sesenta artefactos entre 1884 y 1900.

La primera sección aborda la trilogía de atentados que marcaron ese decenio. El primero acaeció durante la festividad de la Mercè de 1893 cuando el tipógrafo Paulino Pallàs, fusilado a posteriori en la fortaleza militar, atentó contra el desfile militar encabezado por el General Martínez Camps justo al lado de plaça Universitat. El segundo es el más conocido y se perpetró para vengar la muerte de ese tipógrafo padre de tres hijos. El siete de noviembre de 1893 20 personas murieron en el Liceu, templo de la burguesía, mientras se representaba Guillermo Tell de Gioacchino Rossini, la misma ópera que iba a ver Napoleón III en 1858 cuando el italiano Orsini intentó acabar con la vida del emperador francés en París.

Desde que Barcelona en Comú dirige el Consistorio se aprecia un cambio de rumbo que pretende mostrar las muchas Barcelonas desde una recuperación de lo ocultado

El apellido del transalpino dio nombre a las famosas bombas, de las que se puede apreciar una reproducción en la sala. El autor del atentado barcelonés fue el anarquista aragonés Santiago Salvador, ejecutado por el afamado verdugo municipal Nicomedes Méndez, quien en una entrevista llegó a afirmar que de no haber sido ajusticiador le hubiese encantado ser torero, más que nada por eso de tener público.

Esta ejecución fue retratada por Ramón Casas en su famoso 'El garrote vil'. El mismo pintor plasmó más tarde la procesión del Corpus de 1896, justo antes que el estallido de una bomba provocara el pánico entre los espectadores causando una docena de muertos y más de cincuenta heridos.

El impacto precipitó justo después de la entrada de las autoridades al templo de Santa María del Mar. Nunca se conoció el autor del crimen. El gobierno, enfrascado en la guerra que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar, desató una gran operación represiva contra el anarquismo y el obrerismo organizado en Cataluña. Se suspendieron las garantías constitucionales y la operación significó la detención de más de cuatrocientos anarquistas, sindicalistas, republicanos, librepensadores, maestros y anticlericales que fueron confinados en el castillo de Montjuïc. Se llevó a cabo un juicio vergonzoso que sentenció cinco penas de muerte, veinte condenas de cárcel y absolvió a muchos detenidos con la condición de desterrarlos de España.

Imagen de la exposición
Imagen de la exposición

 

El descrédito de la primera Restauración

Durante el proceso el castillo se convirtió en el infierno. Los detenidos lograron hacer llegar una carta al periódico 'La justice de París' donde mencionaban latigazos, nalgas marcadas con hierros candentes, testículos magullados, cañitas introducidas entre uña y carne y un sinfín de coacciones para lograr la confesión de esos inocentes.

Que la recuperación de su memoria empiece donde los humillaron sin luz ni taquígrafos constituye una mínima brizna de esperanza

 

El segundo tramo de la muestra trata sobre cómo todos estos actos de injusticia llegaron poco a poco a la opinión pública internacional. El marasmo de la guerra de Cuba agravó más la situación. El ingeniero Fernando Tarrida del Mármol salió del castillo, huyó al extranjero y publicó en Francia  'Les inquisiteurs d’Espagne' para comparar el Régimen de la Primera Restauración con el infausto Santo Oficio. El descrédito español alcanzó cotas insostenibles y otro italiano, Michele Angiolillo, vengó a los condenados asesinando el ocho de agosto de 1897 en el balneario de Santa Agueda al primer ministro conservador Antonio Cánovas del Castillo, el mismo que la regente María Cristina consideraba un incompetente.

La campaña lanzada en muchos países para propiciar el indulto de los presos y exiliados sólo prosperó en 1900. Pasaron los años y el recuerdo de Montjuïc permaneció en la mente de la ciudad. Cuando cesó la Semana Trágica Joan Maragall, un intelectual coherente, pidió en un artículo censurado por el futuro President de la Mancomunitat Enric Prat de la Riba que los ricos de la ciudad escucharan a los pobres para terminar con esa dualidad. No llegó La ciutat del perdó y ahora, transcurrido más de un siglo, puede que inauguremos los cimientos para mostrar una Barcelona poliédrica que por Democracia, honestidad y rigor debe ser recordada. Muchos de los encarcelados del castillo fueron personas que soñaron mejorar su especie con la colaboración mutua y el amor a la educación para ser autocríticos y modelar un futuro mejor para todo el género humano. Que la recuperación de su memoria empiece donde los humillaron sin luz ni taquígrafos constituye una mínima brizna de esperanza, una justicia poética cancelada durante demasiado tiempo.

La exposición El proceso de Montjuïc: Anarquismo y represión en la Barcelona de finales del siglo XIX podrá verse en el Castillo de Montjuïc hasta el 28 de febrero de 2017.

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