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Beyoncé fascina en Barcelona, la Norma Duval del siglo XXI

La cantante estadounidense presentó una deslumbrante versión del Folies Bergère en el Estadi Olímpic de Barcelona

Foto:  Beyoncé durante su actuación en el Estadio Olímpico de Barcelona. (EFE)
Beyoncé durante su actuación en el Estadio Olímpico de Barcelona. (EFE)

Así es el 'ABECÉ' de los macroconciertos:

Con la A: Aparcar cerca de este tipo de recintos en días de concierto es cada vez más complicado. No porque cada vez vaya más gente en coche, sino porque cada vez la organización del concierto restringe más los espacios donde aparcar. Habrá quien lo vea como un modo de fomentar el uso del transporte público. Otros lo verán como un modo de fomentar la compra de entradas vip que incluyen plaza de aparcamiento.

Con la B: '¡Bien!', gritan satisfechos la mayoría de espectadores cuando, después de dar una vuelta completa al Estadi Olímpic, superar tres controles, equivocarse dos veces de acceso y ver cómo, finalmente, el lector del código de barras acepta su entrada por la puerta correcta, ya han accedido por fin al recinto.

Con la C: 'Crazy in love', el éxito más interplanetario de Beyoncé, suena a todo trapo en el chiringuito para vips que han montado dentro del estadio.

Con la CH: Chupa tejana a 200 euros en el puesto de merchandising.

Con la D: el DJ ameniza la espera con éxitos reconocibles por todo hijo de vecino que cubren todas las tonalidades del pop. Del 'Angels' del blanco Robbie Williams al 'Please don't kill my vibe' del negro Kendrick Lamar, pasando por el 'Get lucky' de Daft Punk, el 'Wanna be starting something' de Michael Jackson, el... Pull up! PULL UP! PULL UUUUP!!!

El descomunal cubo blanco

No puede haber crónica que no haga referencia al gigantesco cubo blanco que dominaba el escenario. (Échale más de veinte metros de altura por quince de ancho y unos diez de fondo). No se ha visto construcción más descomunal en un concierto. Gracias a él, debe ser la primera vez que cualquier espectador del Estadi Olímpic podía disfrutar visualmente del concierto, estuviese donde estuviese, ya que sobre ese cubo, que además giraba sobre su propio eje, se proyectarían constantemente imágenes del concierto en todos sus laterales.

No puede haber crónica que no haga referencia al gigantesco cubo blanco que dominaba el escenario. No se ha visto construcción más descomunal

En cuanto el cubo cobró vida, incluso antes de que Beyoncé entrase en acción, las caras de asombro y los móviles en alto filmándolo todo fueron la constante. Así pues, mientras no señale lo contrario, copiar y pegar: "La gente estaba boquiabierta grabándolo todo con el móvil" al final de cada párrafo. Hablamos del concierto con mejor visibilidad ever. Con imágenes de tantísima nitidez que daba igual saber o no dónde andaba la Beyoncé de carne y hueso.

Además, luego resultó que el cubo se abría en dos. Y que detrás había un aún más inmenso panel en forma de semicírculo (échale 40 metros). Y en cada punta, la mitad de los músicos. Entre la batería y la teclista debería haber 30 metros de distancia. Habrá festivales con escenarios más próximos de lo que estaban las dos mitades de la formación de Beyoncé. Y es que todo en este 'The formation world tour' es de tamaño XXXL.

Beyoncé fascina en Barcelona, la Norma Duval del siglo XXI

La revista y la vedette

La inmensa mayoría de giras de pop stars femeninas (de Madonna a Kylie, pasando por Rihanna o Christina Aguilera) siguen ancladas en el guión de las viejas revistas de finales del siglo XIX. Por mucho que haya cambiado la música y por mucho que haya evolucionado la tecnología, todo sigue girando alrededor del cuerpo de la cantante. Y en base a ello se estructura una serie de números coreografiados. Beyoncé no es la excepción sino uno de los ejemplos más obvios. Los planos de piernas y trasero son incontables a lo largo de las dos horas de show. Nuestras madres podrían certificar que la cantante tejana no anda tan lejos de Norma Duval, vedette estrella del Folies Bergère parisino.

Nuestras madres podrían certificar que la cantante tejana no anda tan lejos de Norma Duval, vedette estrella del Folies Bergère parisino

¿Que no? La Duval también jugaba la baza sexy y la seductora, también tenía momentos rockeros como Beyoncé en 'Don't hurt yourself', también podía ser desafiante con su hombre o sonar brasileña sin necesidad de fichar a Diplo, también le iba el funk de los 80 y los sintetizadores, también podía ejercer de vampiresa mujer y de romántica baladista , también se le podía ir la pinza con las coreografías y aún más con el vestuario, también podía utilizar una canción para autoreivindicarse y, aunque en España no hubiese Superbowl, existía el '1, 2, 3'..., donde podía exhibir sus más ambiciosos delirios escenográficos.

En realidad, en estos espectáculos es más apropiado hablar de números musicales que de canciones. Y en esta gira Beyoncé pasa más rato bailando que cantando. También la separación del público por zonas permite que los espectadores que más pagan casi la pueden tocar, un privilegio parecido al de aquellos ricachones que ocupaban las primeras mesas del teatro y recibían una caricia de la vedette. En 2016, el público rico parece aún dispuesto a pagar lo que sea para sentirse cerca de su ídolo (por ahí veo un cincuentón 'pelopatrás' con la chupa de 200 euros). Lo que ya empieza a flojear es el público normal. El resultado es que se hace mucha caja, pero el recinto no se llena. Y Beyoncé, como Rihanna días atrás, tampoco ha agotado las entradas en España.

El repertorio hecho cachitos

Tal y como sucedió días atrás en el concierto de Rihanna, Beyoncé también está en fase 'me ventilo mis hits porque yo lo valgo'. Aquí el diseño del show es lo primero y en esta gira todo está a su servicio. Hasta las canciones más exitosas de su carrera pueden ser reducidas a la mínima expresión (como pasa con 'Crazy in love') o incluso desaparecer (caso de 'Single ladies').

Para el espectador es una incertidumbre constante saber si podrá bailar y cantar entera su canción favorita. El repertorio está tan troceado en cachitos que cuesta distinguir entre canciones, menciones y transiciones. 'Independent women Pt. 1', de Destiny's Child, no llega ni a los diez segundos. En cambio, se casca todo un 'Love on top' a capella tirando a insufrible. Y luego '1+1', esta de rodillas, que te hace soñar con que se invente ya un mando a distancia de conciertos para poder darle al fast forward y saltarte las baladas. O darle al rewind y volver a disfrutar de 'Partition', uno de los momentos más fascinantes de todo el concierto y de la temporada, con ese juego de espejos y puertas falsas que luego se multiplican sobre el cubo-pantalla dejándote, una vez más boquiabierto y/o filmando con el móvil en alto y calambres en el brazo.

Para el espectador es una incertidumbre saber si podrá bailar y cantar entera su canción favorita. El repertorio está troceado en cachitos

El de Barcelona habrá sido el último concierto de la gira europea. De ahí ese guiño al público local cantando un fragmento de 'Irreplaceable' en castellano. Más allá de eso, el recital avanza como cada noche: entre popurrís, acelerones y frenadas de ritmo sin que se pueda comprender del todo la razón de cada cambio de marcha. Pero bueno, da un poco igual. Mientras la música ejerce de aderezo sonoro, la atención sigue fijada en el dispositivo escénico.

El imponente cubo sigue girando y al proyectarse imágenes distintas en cada lateral, el público de la grada derecha puede disfrutar de un plano vertical de Beyoncé mientras el de la pista ve un plano medio y distinto. En ocasiones, un juego de filtros vira la imagen hacia un rojo saturado y distorsionado. Poco después, tornará hacia un azul cada vez más borroso hasta que la silueta de Beyoncé se pierda. Todo esto a un tamaño gigantesco que, por momentos, te hace perder la noción del espacio y de la escala. Hay veces que, viendo lo que se proyecta en la pantalla, buscas la escena real en algún punto del estadio. Hasta que te das cuenta de que no existe, que solo es una proyección. Y así, entre desfiles de carne y hueso a ritmo de R&B marcial (unas coreografías muy marcadas por Janet Jackson) y proyecciones de decorados arábigos con un extraordinario efecto visual, los minutos van pasando de lo más entretenido.

Más rompecabezas que rompecaderas

¿Y Beyoncé? Conforme avanza el concierto, se te van acumulando Beyoncés y más Beyoncés en la retina. Está la Beyoncé sentada en un trono y la Beyoncé que pega gritos en un sucio párking subterráneo. La Beyoncé despechada y la Beyoncé seductora. La Beyoncé 'on fire' y la Beyoncé familiar. La Beyoncé que anima a la mujer a ser dueña de su destino y la que, después de la polémica por las condiciones de trabajo de las mujeres que fabrican su línea de ropa en Sri Lanka se atreve a poner a la venta una camiseta en la que se lee 'Boycott Beyoncé'. (Tal vez estemos ante la prenda de vestir más cínica de la década. Y cuesta 40 euros).

El concierto entra en su recta final. Durante unos minutos el escenario ha estado completamente vacío y no se ha proyectado sobre el cubo ninguna imagen. Por megafonía ha sonado 'Purple rain' durante más de tres minutos. Esta noche muy pocas canciones han tenido el honor de sonar tanto rato.

El agua y el fuego son reales, qué duda cabe. Lo que cuesta más discernir es si, a pesar de todo, Beyoncé es un ser humano o un holograma

De esa recta final en la que se pule 'Crazy in love' y 'Bootylicious' en dos minutos, es más imponente el recuerdo de Beyoncé y su séquito de bailarinas avanzar por la pasarela. Solo suena un redoble de tambores, pero la tensión y atención obtenidas son innegables. Detienen el tiempo y dominan la escena como un ejército que está ganando la batalla sin desenfundar las armas. Luego llega 'Freedom', el número en el que bailan sobre una plataforma llena de agua. Se salpican entre ellas, salpican a Beyoncé y salpican al público. También es real el fuego de los cañones en lo alto del escenario. Su calor llega a la pista.

El agua y el fuego son reales, qué duda cabe. Lo que ya cuesta más de discernir es si, a pesar de todo, Beyoncé es un ser humano, un maniquí o un holograma sobre el que proyectar vestuario, maquillaje, bisutería y un discurso para construir un prototipo de cantante distinto en cada canción, para forjar una artista para todos los públicos: multiusos y contradictoria. Y en esta gira, más que una rompecaderas, Beyoncé es un rompecabezas.

Cuando suena 'Halo' y los fuegos artificiales estallan en el cielo al ritmo de la canción, Beyoncé nos pregunta: 'Do you hear me?'. Grita tanto que hay que responder que sí. También nos pregunta 'Do you feel me?'. Ahí la respuesta va a ser no. Aun así, existen muy pocos motivos por los que valga la pena ir a un estadio a ver un concierto y esta gira de Beyoncé es uno de ellos.

Vamos, que nos vamos

La música pop, en tanto que máxima expresión cultural de nuestro tiempo, es un contexto ideal para detectar contrastes sociales. Vamos, que nos vamos. En uno de los caminos de acceso al Estadi Olímpic donde hace solo tres horas estaba terminantemente prohibido estacionar hay ahora seis vehículos. Los seis son negros. Los seis tienen a sus chóferes a punto. Los seis tienen los vidrios tintados. Tres son furgonetas. Los otros tres tienen matrícula suiza.

A pocos metros, y mientras el público aún está desalojando el estadio, docenas de operarios avanzan en dirección contraria arrastrando filas y filas de carros para cargar todo el material del concierto. La escena es exageradamente parecida a aquellas en las que los esclavos del Antiguo Egipto arrastraban bloques de piedra. Están desmontando la pirámide de Beyoncé.

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