el modisto givenchy pasa a la historia

El Museo Thyssen se pasa de moda

En su huida hacia adelante, el Thyssen ha perdido el norte por completo. Hoy se descorcha la culminación de un proyecto desorientado, descabezado y en bancarrota.

Foto: Hubert de Givenchy retratado en uno de los rincones de la muestra del Thyssen. (EFE)
Hubert de Givenchy retratado en uno de los rincones de la muestra del Thyssen. (EFE)

En su huida hacia adelante, el Thyssen ha perdido el norte por completo. Hoy se descorcha la culminación de un proyecto desorientado, descabezado y en bancarrota. El déficit de cinco millones de euros amasado en 2013 -y enjugado por la pérdida de atractivo entre el público- sobresale en astracanada patrocinada por “el último genio vivo de la alta costura”, Hubert de Givenchy, el más fiel seguidor de Cristóbal Balenciaga. “No puedo imaginar un homenaje más hermoso a mi equipo y a mí mismo”, se lee en el último muro del recorrido compuesto por cerca de un centenar de sus vestidos, salpimentados por algunos cuadros colgados junto a ellos.

Desde el museo lo llaman “diálogo”, cuando quieren decir “excusa”. El señor Givenchy ha elegido del menú de la colección nacional del barón Thyssen las obras que le han apetecido para relacionarlas con sus diseños. Ahí están, como si fueran inspiración unas de otras, como si en algún momento hubiesen mantenido otra relación que no hubiese sido la de conveniencia que se les acaba de encontrar. Ahí está, revalorizando los vestidos, la obra de László Moholy-Nagy, Frank Stella, Sonia y Robert Delaunay, Theo van Doesburg, Mark Rothko, Lucio Fontana, Georgia O’Keeffe, Joan Miró o Marx Ernst.

Dos de los maniquíes junto a la Santa Casilda de Zurbarán. (EC)
Dos de los maniquíes junto a la Santa Casilda de Zurbarán. (EC)

El desvarío de la finalidad de un museo llega con la muerte de la intención divulgativa del conocimiento. Los poco más de una docena de cuadros pegados como cromos a las paredes, no están justificados. Probablemente, porque sea injustificable la presencia de la Santa Casilda de Zurbarán vinculada a un conjunto de noche compuesto por pantalón de terciopelo negro y chaquetón en brochado con motivos de cachemira multicolores de 1990. No hay explicación alguna, más allá de los laureles que se coloca el propio homenajeado, al elegir con muy buen gusto obra que ensalza su persona a mayor gloria.

El condón-cuadro y otros inventos

Posiblemente, sea la exposición más fallera jamás recordada en la historia de la museografía, con la disculpa barata de que “la moda, como el gran arte, no es sólo la belleza sino también el espíritu de la época”. Como si la belleza fuera algo menor, como si la moda necesitase legitimarse para ser algo más que una parte decorativa de los acontecimientos históricos. Tan decorativa y representativa de su sociedad como la pintura. Pero no es la primera vez que este periódico da testimonio del programa rociero que ha delineado el director artístico contratado por la fundación privada que gestiona el museo con dinero público.

Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, asegura que hoy se puede hacer algo así en un museo gracias a que 'la actitud puritana de los conservadores se ha abierto'

Para Guillermo Solana, una exposición como ésta “no se podría haber hecho hace cuatro décadas”. Lamentablemente, su competencia de la Fundación Mapfre le lleva unos años de delantera. Pero ahora sí, ahora ya se puede gracias a que “la actitud puritana de los conservadores se ha abierto”. No olviden que gracias a él la comunidad científica del arte le debe uno de sus mayores descubrimientos: el condón-cuadro, un preservativo con mucho arte. Solana hace grande el puritanismo gracias a sus golpes de impudor, ejecutados con bochorno en otras muestras como las inefables dedicadas a la fotografía de moda de Mario Testino o las joyas de Cartier.

La traca final, el espacio para vestidos de novia. (EC)
La traca final, el espacio para vestidos de novia. (EC)

Hace cuatro décadas tampoco se podría haber montado un disparate como éste en el Thyssen, porque todavía le faltaban dos para nacer. Pero sí se podría haber expuesto en el Museo Nacional de Antropología, que era la institución responsable de recoger este tipo de manifestaciones. Incluso hoy, en la era de los conservadores postpuritanos, tenía un sitio mucho más apropiado: el Museo del Traje, también estatal y sin necesidad de mentir para colar en una pinacoteca un pelotazo de taquilla a 11 euros la entrada. Sobre todo teniendo en cuenta que, tal y como ha reconocido el propio director y se puede leer en el material de prensa, el modista francés ha diseñado su propia exhibición en un museo público español.

Un cuadro de Theo van Doesburg y su 'reflejo'. (EC)
Un cuadro de Theo van Doesburg y su 'reflejo'. (EC)

El cebo es lo que cuenta

El acuerdo es este: no te pagamos por estar aquí, pero tampoco te cobramos, tú te encargas de mover y asegurar todo lo tuyo, te prestamos obra de primera línea para decorar los diseños y, a cambio, echamos el cebo perfecto. Desde el museo lo llaman “colaboración desinteresada”. Es más, se trata de la primera muestra en muchos años por la que Solana no pide una garantía del Estado para asegurar el traslado de cientos de obras. Por cierto, no esperen encontrar el vestido de Audrey Hepburn que ven en banderolas y anuncios, no está. Es la marca de la casa, el reclamo por el reclamo.

Aquel plan museográfico que decía que en El Prado iba la pintura antigua, en el Thyssen XIX y vanguardia internacional y en el Reina Sofía el arte contemporáneo y actual estalló hace tiempo por los aires. Es probable que el primero en poner goma dos en la línea editorial estatal fuese El Prado con aquella dedicada a las influencias de Velázquez sobre Manet. Desde entonces, sálvese quien pueda y contraprogramación. La pérdida de rigor del Thyssen no es contestada por el Patronato, que no hace nada por devolver la cordura científica a un museo que se ha convertido en el chiringuito de los intereses privados de la última mujer del barón, ni por la Administración, que se dedica a sufragar a fondo perdido las necesidades económica de la institución, sin establecer un control de los fines y los objetivos de la misma.

La dirección complace al mercado transformando al museo público en unas galerías preciadas, que limitan la capacidad de asunción de riesgos, de observación, de reflexión, de sentido crítico

La urgencia con la que el plan museográfico de Solana complace al mercado transformando la entidad pública en unas galerías preciadas limita la capacidad de asunción de riesgos, de observación, de reflexión, de sentido crítico. Es decir, limita el papel del museo en la sociedad. La urgencia con la que se ha servido a complacer al mercado y a la taquilla –cuando ya hemos visto que no lo necesita porque ahí está papá Estado- acaba con algunas de las características que tradicionalmente –con perdón- han servido para separar grano y paja.

Como el mismo director reconocía en rueda de prensa, él no sabe nada de la técnica de esta exposición, aunque sí sabe que la moda “representa la variedad y la belleza”, que no es sólo “un asunto de cosas bonitas, que es la cultura, como Jackie Kennedy, Audrey Hepburn…” Es así, con una propuesta pasada de moda –a pesar de que Solana ha querido compararla con esto-, como ha dejado reducido el proyecto cultural del museo a mero objeto de consumo. Todo vale para agrandar los territorios de la demagogia cultural que sostiene la creencia de que el conocimiento ensucia el disfrute del arte. 

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