mateo morral, inspirador de los atentados

El hombre de la bomba

Las calles de la ciudad se engalanan para rematar los detalles de la boda. El rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia lo tenían todo previsto, menos

Foto: Retrato de Mateo Morral en la cripta del Buen Suceso, el 3 de junio de 1906, hecho por Ricardo Baroja (1871-1953) en aguafuerte. (BNE)
Retrato de Mateo Morral en la cripta del Buen Suceso, el 3 de junio de 1906, hecho por Ricardo Baroja (1871-1953) en aguafuerte. (BNE)
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Las calles de la ciudad se engalanan para rematar los detalles de la boda. El rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia lo tenían todo previsto, menos el regalo mortal de Mateo Morral (1880-1906), cuyo nombre utiliza el Comando Insurrecionalista que ha reivindicado el atentado de Zaragoza. El anarquista catalán arrojó, envuelta y simulada en un ramo de flores, una máquina infernal sobre la carroza regia, desde un balcón de la calle Mayor. Los monarcas salieron ilesos, pero el explosivo causó 24 muertos y varios heridos entre el público que esperaba el paso del séquito. Nunca se probó que actuara en compañía. La tesis anarquista de que este tipo de actos, aparentemente, eran obra de individuos aislados que expresaban así su protesta frente a la opresión quedaba confirmada.

Pero Morral se convirtió en el nuevo mártir de la causa anarquista. El periódico Les Temps Nouveaux,  órgano del movimiento en París, justificó el atentado al tiempo que denunciaba la pasividad de los trabajadores frente a la opresión que sufrían. “Sois esclavos, pero os creéis libres”. La publicación aseguraba que el atentado de Morral fue un verdadero triunfo, aunque el rey saliera ileso, porque logró ensangrentar la fiesta real, a costa de los trabajadores que acudieron a aplaudir el cortejo: “Si en el espíritu popular no hubieran existido bastantes gérmenes de servilismo para ir a contemplarlos, la cabalgata no se hubiera organizado, pues no tenía ésta por objeto más que deslumbrar a los papanatas que como es sabido, son siempre el mayor número”.

“Nadie pensaba que a la inmensa bacanal de un pueblo ebrio de sumisión, pudiera alguien juntar su estrofa de rebeldía. Nadie absolutamente dudaba ante la algazara general que un descontento turbara la fiesta, cambiando las risotadas en temblor de espanto. Nosotros no dormíamos, esperando burlar todas las previsiones […] Se trataba sirviéndonos de un lugar común de aguar la fiesta y fue ensangrentada sobrepasando toda esperanza. Contra toda la fanfarronada desplegada ese día, nuestra acción se afirma valiente y épica”, añadía el artículo de anónimos redactores.

A pesar de que no pudo probarse que el atentado fuera obra de una conspiración, la bomba la pagó Francisco Ferrer Guardia, uno de los principales defensores de la pedagogía moderna, teórico de la revolución y con una fortuna notable –poco habitual entre los revolucionarios españoles- que sirvió para financiar la actividad política de Lerroux, periódicos y centros obreros, además del explosivo contra Alfonso XIII. Un personaje del que es difícil determinar la coherencia de su ética, fusilado el 13 de octubre de 1909, acusado de dirigir la revuelta popular de la Semana Trágica de Barcelona, en la que ni siquiera participó.

Terrorismo estratégico

Ferrer también estaba al corriente del atentado previo contra Alfonso XIII, que se llevó un año antes, en la parisina calle de Rohan. Todo indica que las bombas fueron fabricadas en España y enviadas a la capital francesa, pero se puede establecer quién las lanzó, su Aviñó, Morral o un tercer hombre. Joaquín Romero Maura escribió un artículo pionero, publicado hace casi cuarenta años, en el que aseguraba que se trataba de un “terrorismo estratégico” que iba más allá de la propaganda, pues pretendía favorecer un estallido revolucionario inmediato.

El final de la vida de Mateo Morral ocurrió pocos meses después, cuando después de escapar de Madrid, el 2 de junio fue reconocido en Torrejón de Ardoz, donde se había parado a comer. Un guarda jurado le detuvo y mientras era conducido al cuartelillo, le mató de un tiro y se suicidó a continuación. Moría a los 26 años, hijo de comerciantes textiles de Barcelona, que le dieron una educación exquisita y varios idiomas. De vuelta de un viaje por Alemania, donde conoció el anarquismo, dejó el negocio familiar y empezó a trabajar con Ferrer Guardia como bibliotecario.

Durante aquellos momentos escribió los Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez, en quien tenía Morral a uno de sus principales mentores ideólogos. Pío Baroja asegura en sus memorias que fue el propio Estévanez, para muchos un vehemente republicano federal- quien transportó desde Francia a Barcelona la bomba del famoso atentado, envuelta en una bandera francesa. “Mi patria no es el mundo, mi patria no es Europa, mi patria es de un almendro la dulce, fresca, inolvidable sombra”, escribió y dejó su retrato para la posteridad compartido por todos los anarquistas.

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