LAS DOS INSTITUCIONES QUE CUSTODIAN SU LEGADO PELEAN EN LOS TRIBUNALES

Los herederos de Ana Frank, a la gresca por su legado

La Casa de Ana Frank, que así se llama oficialmente, recibe más de medio millón de habitantes al año –en 2007, cuando se amplió y reinauguró,

Foto: Los herederos de Ana Frank, a la gresca por su legado
Los herederos de Ana Frank, a la gresca por su legado

La Casa de Ana Frank, que así se llama oficialmente, recibe más de medio millón de habitantes al año –en 2007, cuando se amplió y reinauguró, llegó a superar el millón– y es, le pese a quien le pese, el destino turístico más concurrido de Holanda. Y, en efecto, hay a quien le pesa. Por eso la casa museo de la autora del diario más famoso del mundo, en el mismo inmueble donde lo escribió –en el número 263 de Prinsengracht, el Canal del Príncipe, en Ámsterdam– podría tener sus días contados, al menos los de su bonanza económica. La Anne Frank Fonds, la otra gran institución que custodia el legado material e intelectual de la tristemente célebre niña judía, exige que le sean devueltos los más de 10.000 documentos que atesora y exhibe la Casa: cartas, fotografías, manuscritos, libros, recortes… La Fonds se los cedió en 2007 pero ahora los quiere de vuelta para llevárselos a otro centro en Frankfurt, Alemania. No se les está dando, argumenta, un uso adecuado.

La Casa de Ana Frank, que además de una casa es un museo y una fundación, se llama así porque fue, en efecto, la casa de Ana Frank, o al menos su escondite. Antes que eso el edificio acogió la sede de la firma alemana Opekta en los Países Bajos y la oficina de su padre, Otto Frank, que descubrió que el ático sería un buen lugar para esconder a su familia de los nazis con la complicidad de varios empleados. 

El pequeño achterhuis de la casa –que significa “casa de atrás” en neerlandés, algo así como un ático o un desván de grandes proporciones equipado como una vivienda–, dio cobijo a los Frank y a otras cuatro personas a partir de 1942 y durante dos años y un mes, al término de los cuales fueron descubiertos por un colaboracionista holandés cuyo nombre se desconoce. La madre, las dos hijas y todos los miembros de la familia que les acompañaba, los Van Pels, murieron en campos de concentración.

Pasado el horror, cuando Otto Frank descubrió que era el único superviviente, decidió publicar el diario de su hija, rescatado de la casa por dos amigos de la familia, Miep Gies y Bep Voskuijl, poco después de que esta fuera desvencijada por soldados alemanes. El libro, publicado primero en holandés con el título de Het achterhuis, se convirtió pronto en un superventas y el 263 de la calle Prinsengracht comenzó a recibir peregrinos que querían ver la casa de Ana Frank. Al principio serían los mismos empleados de Opekta que dieron cobijo a las familias los que ejercerían de improvisados guías turísticos.

Años más tarde, cuando se conoció que el edificio sería demolido, el diario Het Vrije Volk de la capital comenzó una campaña para salvarlo y varios cofundadores, entre ellos el propio Otto, crearon a tal efecto la Fundación Ana Frank, que en 1960 conseguía paralizar la operación y hacerse con el inmueble, donado por su dueño, y con el edificio adyacente. La improvisada casa museo recibió 9.000 visitantes en su primer año y casi 20.000 en el segundo, de modo que en 1970 tuvo que someterse a una intensa restauración para protegerla de la afluencia de visitantes y remodelar el achterhuis, del que querían que presentase un aspecto similar al que tenía cuando los Frank se escondieron en él. Cuando reabrió en 1999 ya con este mismo nombre, la Casa de Ana Frank eran en realidad varias casas y alojaba, además del histórico achterhuis, un museo, una librería, una cafetería y varios espacios administrativos y de estudio.

Pero la Casa y su propietaria, la Fundación Ana Frank, no son las únicas depositarias del legado de la pequeña niña alemana. En 1963 Otto Frank y su segunda esposa, Elfriede Geiringer, crearon en Basilea, Suiza, la Anne Frank Fonds, una asociación benéfica con el objetivo de recaudar dinero para sus herederos –los primeros 80.000 francos de cada ejercicio anual–, de financiar a la propia Casa de Ámsterdam y de promover, a partir siempre de ambas partidas, campañas de concienciación contra el racismo y la intolerancia. Para asegurar su potencia económica tras su muerte en 1980, Otto Frank cedió a la Fonds el gran tesoro: los derechos de propiedad intelectual de El diario de Ana Frank, además de su manuscrito original y cientos de documentos, entre ellos cartas y manuscritos de la propia niña, y numerosas fotografías. La Casa de Ana Frank ya tenía, a fin de cuentas, la propia casa, de modo que el legado parecía repartido con justicia. Que la Casa y la Fonds se llevasen bien era algo implícito.

Y lo fue hasta 2007, cuando la institución suiza llegó a ceder miles de estos documentos a la Casa holandesa para su exhibición, en principio, permanente. Desde ese mismo momento, en cambio, andan a la gresca y, tras varios litigios menores, la Casa y la Fonds pelean ahora ante los tribunales por ver quién se queda físicamente con los documentos. La Fonds es su propietaria, pero se los prestó a la Casa. La Casa alega que no fue un préstamo, sino una cesión. Una cesión, se entiende, permanente. La Justicia lo decidirá en las próximas semanas.

“Ambas quieren poseer a Ana Frank”

Lo que está en veremos, sin embargo, es mucho más que el destino físico de los papeles de la niña que murió de tifus en un campo de concentración, sino el modo mismo de concebir a la joven heroína y las dos maneras que tienen ambas instituciones de reivindicar su figura. “Ambas quieren imponer al mundo su modo de verla”, explicaba esta semana Melissa Müller, una de sus biógrafas, en las páginas del The New York Times. “Ambas quieren poseer a Ana Frank”.

La Casa en Ámsterdam, asegura la Funds, se ha convertido en un espacio consagrado a la divinización de la niña –pese a la escalada de tensión de momento, y solo de momento, no se ha llegado a la acusación de mercantilización– en el que no hay lugar para el Holocausto o para la historia de las víctimas judías alemanas. Según detalló recientemente en una polémica entrevista Yves Kugelmann, portavoz de la Fonds, la Casa se ha convertido en “un centro de peregrinaje” hueco donde se usa la imagen de la niña “para todo y para nada”. Por esa razón la Funds –que financia por ley a la casa con más de un millón de euros al año, según la propia institución– quiere que les sean devueltos los papeles. Si la casa se niega a hacerlo, añadió, sus responsables no serán mejores que los nazis que saquearon las propiedades de los Frank después de su desalojo de su achterhuis.

Buddy Elias con algunos de los documentos que ya están en Frankfurt. (EFE)

La Funds no quiere los papeles para sí, extremo que, por otra parte, iría contra sus propios estatutos. Quiere llevárselos al Museo Judío de Frankfurt, ciudad en donde se ha erigido también el Centro Familia Frank y en donde la propia familia vivió durante siglos. Allí pretende que los documentos presenten a los Frank como “parte de la historia de los judíos alemanes”, según explicó recientemente el propio director del museo, Raphael Gross, en una entrevista.  

En un vídeo que promociona el nuevo centro alemán Buddy Elias, presidente de la Funds y primo de la propia Anna Frank, explica que lo de los papeles sería, en realidad, “un regreso a casa”. La mayoría de ellos, en efecto –con la salvedad del propio diario y algunos más– fueron redactados en Alemania.


Ámsterdam, la capital sentimental del legado de Ana Frank, o Frankfurt, seguramente su capital legal. El destino final de los papeles de Ana Frank se decidirá en pocas semanas y, sea cual sea, levantará ampollas. Más de las que hubiera querido, seguramente, Otto Frank, cuando erigió un imperio en memoria de su hija. Con toda seguridad, más de las que podría haber imaginado jamás la propia Ana cuando escribió un humilde diario sin pretensiones en un recóndito desván de Ámsterdam, escondiéndose de los nazis.

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