Vencer no es convencer, por J. Gibert Arce
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Vencer no es convencer, por J. Gibert Arce

Ya sé que algunos interesados retrotraen la fecha del conflicto al mítico 11 de septiembre de 1714, pero si se analiza fríamente la historia, habría que pensar más en los hechos de 1917

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Foto: Rocío Márquez.

Estimado Director,

Que Cataluña tiene difícil encaje en España es de sobra conocido y mentes más instruidas que la mía han dedicado sus esfuerzos a analizarlo y a proponer soluciones. Pero mi interés por la historia me ha permitido observar que ese problema ocupa un pequeño lapso del tiempo que hemos pasado juntos. Estamos hablando del último de muchos siglos de convivencia y colaboración.

Ya sé que algunos interesados retrotraen la fecha del conflicto al mítico 11 de septiembre de 1714, pero si se analiza fríamente la historia, habría que pensar más en los hechos de 1917 o, como mucho, en la Semana Trágica de 1909.

Y la fecha no es baladí, porque en 1714 había una España que volvía a ser fuerte, de la mano de una nueva dinastía y el apoyo de la mayor potencia de la época, la vecina Francia. Una época que abrió a los catalanes la posibilidad de hacer fortuna en la nueva España unificada a nivel legal y en América, hasta entonces prohibida a los súbditos de la Corona de Aragón, algo que muchos aprovecharon. En cambio, en 1909 España estaba hundida por la pérdida de su imperio, una pérdida que afectó especialmente a Cataluña, porque 200.000 catalanes pobres uniformados de rayadillo, entre ellos mi bisabuelo, lucharon en Cuba para defender las fortunas de otros catalanes y todos perdieron; a ello, se añadían tres guerras civiles entre catalanes liberales y tradicionalistas cerradas en falso, un gobierno central débil, una monarquía desprestigiada y un atraso cultural, técnico y científico jamás visto en este país.

Una manera de visualizarlo es que Cataluña ya no podía soportar más el ser arrastrada al fondo del abismo y quiso desengancharse del tren, sin lograrlo. La República fue un paréntesis de expectativas y el Franquismo optó por usar las inversiones industriales como anestésico, pero la Transición volvió a destapar el problema.

Por eso, mi opinión es que cualquier solución deberá pasar por atraer a los catalanes y convencerles de que, ante el mundo actual, estamos mejor juntos que separados, como ya ocurrió en muchas ocasiones anteriores, incluida "la más alta ocasión que vieron los siglos", en palabras de Cervantes. Limitarse a reiterar que algo está prohibido tiene poca utilidad, como sabemos todos los que hemos educado hijos.

Jordi Gibert Arce

Estimado Director,

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