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De la Revolución Industrial a Marina d'Or: cómo han cambiado las vacaciones de verano
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De la Revolución Industrial a Marina d'Or: cómo han cambiado las vacaciones de verano

Hoy en día, lo más normal es coger el coche e irte a la playa para dedicarte al esparcimiento, pero ¿cómo surgió eso de que te paguen aunque no estés en la oficina?

Foto: Ciclistas felices por el camino de la playa. (iStock)
Ciclistas felices por el camino de la playa. (iStock)

Lo recuerdas muy bien, o quizá no porque no habías nacido, pero es uno de esos recuerdos que tienes impregnados en la mente, aunque jamás los hayas vivido: tus padres colocaban las maletas en la baca del coche (pongamos un 600, que era el clásico) y os encaminabais a vuestro destino vacacional en un coche que no tenía aire acondicionado y que requería una manivela si querías bajar las ventanillas. Llevabais todo lo necesario: palas, cartas, juegos de mesa, crema solar... Los destinos no han variado mucho: el pueblo, o, para los afortunados, la casa de la playa. Benidorm, Torrevieja, Nerja, Xeraco, Almería, Altea... dependiendo un poco de las preferencias norte-sur y del nivel socioeconómico de cada uno.

En un mundo globalizado como ahora (por lo menos antes de la pandemia, aunque parece estar recuperándose), aunque mucha gente sigue eligiendo la casa de veraneo de toda la vida, la oferta se ha ampliado y no es raro ver cómo otros eligen destinos exóticos y lejanos para pasar esos 15 o 20 días de vacaciones. Pero, si en cosa de 50 años ha variado el concepto, ¿dónde está su origen y cómo han evolucionado?

Democratizar el verano

Retrocedamos a la Revolución Industrial. A medida que esta avanzaba, muchos cambios en las prácticas sociales fueron volviéndose más comunes (como la protección a los trabajadores o las jornadas laborales de ocho horas, impulsadas por los políticos progresistas o los sindicatos, inspirados por las ideas de Marx y la Primera Internacional). En otra ocasión ya hablamos de cómo surgieron los fines de semana, que en un principio no eran sábado y domingo, sino domingo y lunes. De hecho, en Inglaterra el lunes comenzó a considerarse el día de 'recreación racional', en el que el obrero podía invertir su tiempo en instruirse en lugar de beber en la taberna o no hacer nada. Aunque era una idea infinitamente más útil, no pasaría mucho tiempo antes de que comenzara a llegar el ocio.

Las calles de ladrillo y hormigón calientes en pleno agosto llevaron a las familias estadounidenses a huir a zonas más frescas en el siglo XIX. Las aulas se quedaban vacías

Pero, como suele suceder generalmente, los cambios complejos no vienen dados por una sola variable. Como indica un artículo publicado en 'Mental Floss', las vacaciones de verano no serían nada sin los meses reglamentarios en los que los niños pueden disfrutar al aire libre, jugando con pistolas de agua, en lugar de estudiando en el colegio. Y la culpa de que ellos tengan vacaciones está muy relacionada con el auge de las ciudades: imagina calles interminables de ladrillo y hormigón calientes en pleno agosto, cuando el aire acondicionado estaba todavía muy lejos de ser una realidad.

placeholder '¿Sabes que los obreros tenían vacaciones los domingos y lunes?' (iStock)
'¿Sabes que los obreros tenían vacaciones los domingos y lunes?' (iStock)

Fue entonces cuando las crecientes familias de clase media y alta de Estados Unidos comenzaron a viajar a zonas más frescas para huir de ese calor, lo que provocaba que las aulas (en esos momentos la asistencia a la escuela no era obligatoria) se quedasen vacías en verano. Teniendo en cuenta que acababan de surgir los sindicatos y las jornadas laborales de ocho horas, los defensores del tiempo libre argumentaban que 'el cerebro era un músculo y, como cualquier otro, debía descansar'. Comenzaban a perfilarse los primeros retazos de lo que hoy conocemos. Aún estaban lejos las vacaciones pagadas, sin embargo.

La Belle Époque trajo consigo la innovadora idea de que la vida también podía disfrutarse y no todo era trabajo y sufrimiento terrenal. Además, el ferrocarril ayudó a que las distancias no fueran insalvables

Aunque no el ocio. La Belle Époque trajo consigo la innovadora idea de que la vida también podía disfrutarse y no todo era trabajo y sufrimiento terrenal. Los más pudientes ya lo sabían: en el siglo XVIII los aristócratas solían viajar por el mundo, viviendo aventuras. A finales del XIX se desarrolló el ferrocarril (el primero del mundo circuló en Gran Bretaña en 1825. En nuestro país, en 1848, cubriendo la línea Barcelona-Mataró), lo que sirvió para que las distancias ya no fueran tan insalvables.

En aquella época comenzó lo que se conocía como 'darse las aguas', que, aunque no eran las vacaciones de verano jugando a las palas, también tenían como motivo el descanso del cuerpo y el alma para recuperarse. A las estaciones termales, construidas en las inmediaciones o el exterior de las grandes ciudades, podía accederse mediante los accesos ferroviarios antes mencionados. Saboya, Bains-les-Bains, Vittel, Aix-les-Bains... lugares en los que escritores como Herman Hesse, personalidades políticas o artistas se reunían para recuperarse del estrés, en definitiva. En la cadena pirenaica llegaron a desarrollarse hasta 31 estaciones termales. En 1912, se estimó que llegaron a existir hasta 110 en Francia.

Foto: Un grupo de enfermos descansan al aire libre. ( Getty/Fox Photos/Harry Shepherd)

Pero aunque los niños estadounidenses huyesen con sus padres de las calurosas ciudades, el derecho a vacaciones pagadas no se planteó hasta entrado el siglo XX. En los años 20 algunos países europeos como Finlandia, Austria o Suecia lo introdujeron en su legislación, y España en concreto instauró un permiso de 15 días libres al año para funcionarios públicos en la misma época. Durante la Segunda República se establecieron siete días de descanso remunerados para todos por medio de la Ley del Contrato del Trabajo (aunque fueron pocos quienes lo disfrutaron).

Los ricos disfrutaban. Celia de Elena Fortún se iba al norte o el protagonista de 'En busca del tiempo perdido' de Marcel Proust pasa las vacaciones en Balbec, un destino inventado en la Normandía

Las cosas fueron evolucionando poco a poco: en 1936 Francia aprobó dos semanas de descanso para los trabajadores. Durante la Guerra Civil española, el régimen franquista legisló sobre las vacaciones en el Fuero del Trabajo de 1938, pero sin detallar su duración. En 1948 las Naciones Unidas recogieron las vacaciones periódicas pagadas en su Declaración de los Derechos Humanos. Sabemos de esas vacaciones gracias a la literatura, aunque generalmente las seguían disfrutando las personas pudientes: Celia de Elena Fortún se iba al norte, el protagonista de 'En busca del tiempo perdido' de Marcel Proust pasa las vacaciones en Balbec, un destino vacacional inventado en la Normandía, e incluso el profesor alemán de 'Muerte en Venecia' de Thomas Mann tiene la suerte de poder buscar la inspiración durante unas vacaciones en la ciudad italiana a la que se ha retirado.

Pero sería el fin de la Segunda Guerra Mundial lo que marcaría un punto de inflexión, cuando las vacaciones se generalizarían entre la población. Se democratizarían, en una palabra. Durante el desarrollismo franquista de los años 60 empezaría esta historia: los españoles haciendo las maletas para ponerlas en la baca del coche y embarcarse en calurosos viajes de varias horas por las carreteras de nuestro país, para pasar 15 días en un destino idílico y desconectar un poco del día a día, en familia. Todavía nadie se planteaba comprar un billete de avión en SkyScanner para pasar las vacaciones en Sri Lanka.

Lo más 'kitsch': de Marina D'or a las multipropiedades

Algunos conceptos han quedado un poco en desuso, como el de la multipropiedad. Aunque no hay consenso exacto de dónde surgió eso del 'time-sharing', no hay duda de que durante los años 80 del pasado siglo fueron un éxito y una manera excelente de pasar las vacaciones. El régimen de vivienda se basaba en que un inmueble concreto era adquirido por varias personas a la vez que simplemente se turnaban para disponer de él durante un tiempo determinado (que podía ser tan solo una semana). Un auténtico chollo para los empresarios que podían vender el mismo alojamiento a multitud de propietarios diferentes que, simplemente, iban turnándose durante sus idílicas vacaciones en la Costa del Sol. En la práctica, sin embargo, las quejas de los consumidores que tenían que compartir la misma casa acabaron por requerir normativas al respecto y a que se fuera devaluando un concepto que nos retrotrae a esa España de los 80 y los 90.

La multipropiedad era un auténtico chollo para los empresarios que podían vender el mismo alojamiento a multitud de propietarios diferentes

Asimismo, es inevitable acordarse de aquel "Marina D'or, qué guay", acompañado de una voz telefónica: "Marina D'or, ciudad de vacaciones" que durante años retumbó en los oídos de los españoles debido a sus pegadizos anuncios televisivos. Para los niños de los 90, poder pasar las vacaciones en aquel emplazamiento en la costa de Oropesa era algo muy parecido a visitar Disneyland París y que Micky Mouse te saludase con honores.

placeholder Las Vegas españolas.
Las Vegas españolas.

La marca había nacido en 1983 de la mano del empresario Jesús Ger y se trata de un complejo compuesto por varios hoteles, bares, apartamentos, piscinas, un spa y hasta versiones de la Torre Eiffel, de la Torre de Pisa y del Arco del Triunfo que se inauguraron a finales de los años 90. Nada que envidiar a Las Vegas, pero con Anne Igartiburu como representante del lujo más hortera, tan propio de aquellos años. La crisis de 2008, sin embargo, impuso un duro golpe en esta fantasía vacacional, y las últimas noticias al respecto son que Jesús Ger fue condenado a principios de este año por el Juzgado de lo Penal Número 3 de Castellón a dos años de prisión por delito de homicidio por imprudencia tras la muerte en 2015 de una menor que se ahogó tras ser succionada y quedar atrapada en uno de los conductos de agua de las piscinas del balneario.

Foto: Fotografía cedida por Marina d'Or del complejo situado en Oropesa del Mar. (EFE)

Son aquellas pequeñas cosas, que diría Serrat. Por suerte, nos encontramos en la media. Aunque en Francia o Finlandia pueden presumir de contar con 30 días anuales de descanso, al igual que en Reino Unido tienen 28 o en Italia 26, no estamos nada mal si nos comparamos con países como China (va en función de la antigüedad, pero podríamos decir que solo 5 días libres y 11 días festivos nacionales) o Estados Unidos, donde directamente no se contemplan las vacaciones pagadas (aunque en algunos estados ya se ha aprobado conceder días de libre disposición). Si estás leyendo esto desde la oficina, puedes pensar en la suerte de nuestros 22 días de vacaciones pagadas. Y si lo estás leyendo desde algún destino vacacional, deja el móvil y disfruta, anda.

Lo recuerdas muy bien, o quizá no porque no habías nacido, pero es uno de esos recuerdos que tienes impregnados en la mente, aunque jamás los hayas vivido: tus padres colocaban las maletas en la baca del coche (pongamos un 600, que era el clásico) y os encaminabais a vuestro destino vacacional en un coche que no tenía aire acondicionado y que requería una manivela si querías bajar las ventanillas. Llevabais todo lo necesario: palas, cartas, juegos de mesa, crema solar... Los destinos no han variado mucho: el pueblo, o, para los afortunados, la casa de la playa. Benidorm, Torrevieja, Nerja, Xeraco, Almería, Altea... dependiendo un poco de las preferencias norte-sur y del nivel socioeconómico de cada uno.

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