De santa a bruja: la historia de la monja cordobesa Magdalena de la Cruz
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El estigma también lleva hábito

De santa a bruja: la historia de la monja cordobesa Magdalena de la Cruz

Considerada santa desde muy pequeña, alcanzó gran fama y poder en la España del siglo XVI, desafiando a las autoridades políticas y eclesiásticas

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Octubre, mes de las brujas. En el lenguaje de la capitalización que narra estas fechas en la actualidad subyace una realidad mucho más terrorífica que cualquier careta con nariz larga, verrugas y arrugas que te sorprenda por las calles al caer la noche: la de las prácticas contra las mujeres que han conformado durante siglos el proceso de subordinación determinado por el rígido sistema patriarcal que configuró la sociedad. Lo que ahora forma parte de una fiesta condujo a la muerte a miles de mujeres y sentenció para siempre la historia de nuestra sociedad. Mujeres diversas que compartían el deseo de la existencia propia, mujeres rurales, mujeres mayores, jóvenes solteras, curanderas, sanadoras, monjas, por ejemplo.

Dice la periodista francesa Mona Chollet que “exterminando a veces a familias enteras, haciendo que reinara el terror, reprimiendo sin piedad ciertos comportamientos y ciertas prácticas consideradas a partir de entonces (entre los siglos XVI y XVII) como intolerables, las persecuciones de brujas contribuyeron a moldear el mundo de hoy. Si no se hubieran producido, seguramente viviríamos en sociedades muy diferentes. Nos dicen mucho sobre las elecciones que se hicieron, sobre los caminos a los que se dio prioridad y los que fueron condenados”. Toda la diversidad castigada quedó, en algún momento, oculta en el sombrero de pico, en el arquetipo de la maldad que sigue culturalmente vigente.

Foto: Ilustración de los Juicios de Salem

En contraposición, la idea cristiana de la feminidad, la bondad replegada que representaban en su máxima forma las mujeres casadas con dios, es decir, las monjas. Sin embargo, en tiempos de la Inquisición, tampoco algunas de estas consiguieron existir sin castigo. Es el caso de Magdalena de la Cruz, una monja cordobesa acusada de herejía en el siglo XVI.

Santa con doce años

Natural de Aguilar de la Frontera, Magdalena nació en una familia humilde, y desde muy pequeña comenzó a ser protagonista entre las voces del pueblo por sus posibles milagros y favores extraordinarios. Con solo doce años ya era reconocida como santa por los señores y nobles de la zona. Con ello soñaba en su infancia, habría asegurado, entendiéndolo como una vía hacia la sociedad impedida por su condición de mujer. Aunque esto se sabría mucho después, sus acciones eran reflejo desde el principio de ese impulso por participar en la vida pública y no tanto de una llamada espiritual que habrían de sentir las mujeres.

Como apunta María del Mar Graña en su análisis sobre la figura de esta santa y bruja, “el merecimiento exclusivamente espiritual que es la santidad pudo convertirse también en instrumento de participación en el juego de lo social”. Asimismo, resalta el marco en el que creció Magdalena: “Desde que comenzara a configurarse una genealogía de mujeres místicas en Occidente a partir del siglo XVII al menos, fue definiéndose un nuevo modelo de santidad femenina (…) algunas hicieron uso de la palabra inspirada otorgando a su experiencia espiritual una dimensión pública y política que contribuyó enormemente a modificar las nociones en torno a la autoridad religiosa y el poder de las mujeres”.

Con diecisiete años, en 1504, Magdalena se marchó a Córdoba donde ingresó como monja clarisa en el convento de Santa Isabel de los Ángeles. Nadie sabe si por voluntad propia o inducida por su familia, lo único que se conoce es que tomó el camino de la ciudad. Y allí, entre novicias de la orden “más importante y con más incidencia política en toda la Península: la franciscana”, su historia de gracias y desgracia tomó forma contra su suerte.

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Fuente: Wikimedia

El poder de lo divino

Se pierde la pista sobre ella durante años, y no es hasta 1520 cuando vuelve a aparecer su nombre en documentos. Para entonces, Magdalena se había dado a conocer públicamente como profetisa, prediciendo acontecimientos políticos importantes y asuntos eclesiásticos. Graña señala esta cercanía a la política como un augurio “que no hubiera funcionado sin la mediación primera y absolutamente necesaria: la de las religiosas de la comunidad conventual”. Una red de mujeres por la que consigue generar el mito, introducirse en los ámbitos de poder masculino e intermediar y, de algún modo, dinamitarlo.

En 1523, recoge Graña, ya formaba parte, por votación de las propias monjas, del discretorio, “un reducto habitualmente reservado a las religiosas de mayor autoridad, bien por edad, prestigio religioso o nivel social”. Al tiempo que ejercía este cargo que le permitía participar en la toma de decisiones políticas externas “para la que su palabra era una ratificación de la línea seguida por los poderes dominantes”, fue presentándose a sí misma, sus dotes y capacidades. Poco a poco, su relato fue enroscándose más allá de lo divino: con el objetivo de poder alcanzar la cúspide del poder jerárquico que conformaba el orden conventual, comenzó a “manipular conscientemente” sus vivencias.

Desde que sobrevivía milagrosamente solo a base de la eucaristía hasta la aparición de todo tipo de heridas en su cuerpo por “el sufrimiento de la virgen”, incluso una supuesta comunicación constante con las ánimas que buscaban consuelo y un hijo por obra del espíritu santo del que luego no se supo nada más. Magdalena creó un personaje de sí misma que le permitió prescindir de los hombres, empezando por el sacerdote, porque la eucaristía, decían, volaba directamente del altar a su boca (en realidad, la tomaba antes del comienzo de la misa).

De santa a hereje

Emperadores y otros miembros de la Corte buscaban sus milagros y su protección lo que le aseguró una gran autonomía económica. Pero no actuaba sola, según subraya Graña, sino que contaba con un grupo de novicias a las que instruía para producir aquellos sucesos divinos que maravillaban a todos dentro y fuera del convento.

Sin embargo, Magdalena tenía otro estigma sobre ella, el de la clase social a la que pertenecían su familia y ella. “Al mismo tiempo que Magdalena ganaba fama, también iban apareciendo detractores que no terminaban de ver con buenos ojos aquellas visiones. Entre ellos se encontraba San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de los Jesuitas. Algunos autores afirman que el extracto humilde de Magdalena podía ser la causa de que incomodara a ciertos cargos eclesiásticos” indican al respecto desde la revista ‘La Poderío’.

"Recluida confesó que todo era obra de los demonios que la poseían, que eran estos los que le adelantaban las profecías"

Comenzaron a observarla y a señalarla. Las propias novicias habrían asegurado verla con hombres. La imagen del peligro comenzó a rodearla. El poder que había alcanzado resultaba peligroso porque podría inspirar a otras monjas, a otras mujeres, a buscar ese poder. La orden la mandó así a permanecer recluida en la cárcel conventual, y allí cayó enferma. Fue entonces cuando confesó que todo era obra de los demonios que la poseían, que eran estos los que le adelantaban sucesos que luego parecían profecías, y que por medio de estos actuaba, revelando que, desde niña le acompañaban obligándola a mantener relaciones carnales.

En la lectura de su confesión no se consideró en el momento ninguna opción más que la de mujer poseída, bruja y hereje. Un año después, los miembros de la Inquisión se encargaron de su destino. En 1546, fue obligada a pasear por las calles de Córdoba con “una vela encendida en las manos, una mordaza en la lengua y una soga en la garganta” de camino a la catedral, donde fue juzgada.

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Fuente: Wikimedia

Su condena fue la reclusión en un convento de Andújar, donde murió catorce años después, alejada y olvidada. La caza de brujas continuó durante siglos. Mientras las mujeres ardían o eran encerradas, se forjaban las bases de una sociedad que se denominó "moderna", hasta nuestros días.

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