Ataque a Cádiz con alevosía
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Cuando los piratas vestían uniforme

Ataque a Cádiz con alevosía

Aquel mes de octubre del año 1625, centenares de velas en el horizonte auguraban un mal pronóstico

Foto: Vista histórica de Cádiz (Fuente: iStock)
Vista histórica de Cádiz (Fuente: iStock)

Cuando la educación limita la imaginación se llama adoctrinamiento.

Nicola Tesla.

En aquel infierno no había reglas. Los oficiales cogían a lazo a todos los reos para usarlos en las tareas de aprovisionamiento a la tropa. Estaban por todas partes, eran carne de cañón sin costes, albergada en las apestosas sentinas de las fragatas y galeones con penados purgando en ellas sus fechorías, a ellos, había que sumar los habituales de las cárceles, pícaros, descuideros, maleantes de poca monta; todos ellos iban a los parapetos a nutrir de munición, sacos de tierra y condumio a los soldados profesionales. La situación era de vida o muerte, la antiquísima y milenaria ciudad se jugaba su existencia.

Gades – Cádiz, es más que probable que sea la ciudad más antigua de occidente. Fuentes clásicas dicen que fue fundada tras la conclusión de la guerra de Troya por comerciantes fenicios de Tiro alrededor del año 1000 a.d C. Aunque investigando en la profundidad del tiempo es posible que nos quedemos cortos, pero esto es harina de otro costal.

Asimismo, Cádiz era entonces una ciudad estratégica a unos 100 kilómetros del codiciado estrecho de Gibraltar y los ingleses ya habían intentado su conquista y seguirían haciéndolo. La ciudad estaba defendida por una escasa fuerza de profesionales y por una milicia muy voluntariosa, y además, su peculiar orografía y configuración en la línea de costa la hacían prácticamente inexpugnable. Salvo, por una debilidad irresuelta, la entrada de la bahía y bocana del puerto que eran muy complicadas de defender.

Foto: Jerónimo de Aguilar (Fuente: Real Academia de la Historia)

Pero aquel mes de octubre del año 1625, centenares de velas en el horizonte auguraban un mal pronóstico.

Años antes, Charles Howard, un curtido almirante con muchas tablas, un pirata uniformado al servicio de la Corona, había asaltado la ciudad causándose las partes una mortandad brutal. Se calcula según diferentes estimaciones que, en aquel año de 1596 alrededor de 12.000 almas entre gaditanos levantados en armas, marinería desembarcada, infantería destacada en la ciudad e ingleses; pasaron a mejor vida - si la hay – en aquel duro trance.

Pero no sería la única “visita” a esta hermosa ciudad española. Hacia 1587, la dudosa leyenda del llamado Francis Drake, aquel pirata desahuciado por la reina Isabel I tras la fallida operación de la Contra Armada, el que fue perseguido por 200 jinetes y perros en el Darién, el que huyó in extremis de las manos de los españoles para morir 48 horas después desangrándose por ojos y oídos; ya había hundido medio centenar de naves en un ataque alevoso a la entonces indefensa ciudad.

La idea inglesa de apoderarse de la ciudad en aquellos días de otoño, vino precedido por una pésima planificación sostenida en la arrogancia de la marina inglesa y basada en la premisa de que ellos, eran los mejores. Con estos argumentos de poco recorrido, la sentencia no podía ser otra que la que fue. El pomposo almirante al mando, un tal Edward Cecil, que no lo era de oficio, sino puesto a dedo por sus dádivas a La Corona; fue el que comandaría aquella tropa de invasión formada por holandeses resabiados e ingleses ávidos de saqueo. Los anglos se las prometían felices ante su numérico – que no cualitativo – poderío, pero la verdad es que esa apariencia era pura tramoya de cartón piedra. No había aceite ni sebo para alimentar las velas, las salazones no eran comestibles, faltaba la indispensable agua potable, el velamen de muchas de las naves estaba hecho jirones o escaso de trapo, etc. La planificación había sido pésima por apresurada.

"La armada española estaba muy dispersa en muchos frentes y las responsabilidades se multiplicaban"

Lo cierto es que España en su increíble mapa territorial en el que el sol no se ponía nunca, tenía que defender del orden de 20.000.000 de kilómetros cuadrados. Cádiz y el próximo estrecho eran piezas muy codiciadas.

La sobre expansión del imperio estaba comprometida en ese momento por media docena de frentes de guerra simultáneamente. Se combatía en Brasil contra los holandeses (fueron derrotados), contra la piratería de Berbería que eran como una plaga de mosquitos, o sea, un incordio permanente. Contra Francia en Italia por su mal perder e insistencia en agotar nuestra paciencia. En Flandes en una guerra sin sentido que podíamos haber ganado con un poco de mano izquierda; y en el momento en cuestión, defendiendo Cádiz de los depredadores.

Objetivamente hablando, la armada española estaba muy dispersa en muchos frentes y las responsabilidades se multiplicaban, pero Cádiz no estaba indefensa.

Foto: Foto: iStock.

Fernando Girón era a la sazón el gobernador de la plaza y había preparado a conciencia la defensa de la ciudad con los escasos recursos que tenía. Poco más se podía hacer. Todos los súbditos del rey en edad de hacer pupa a los aviesos ingleses o se habían presentado – la mayoría -o, se les había echado el guante a los que se escaqueaban de tan alto compromiso.

Por parte de la flota combinada anglo- holandesa se daba una fea colusión tal que, tanto Robert Devereux como el atildado Edwar Cecil, eran dos incompetentes certificados que fiaban todo a la capaz oficialidad inglesa, entrenada para operar sin mandos elegidos a dedo.

El engolado duque de Buckingham muy subido como "chico para todo" de la omnipotente Corona isleña, no había reparado que esta pareja de elementos no tenía ni pajolera idea de experiencia naval más allá de los barquitos con los que amenizaban sus correrías infantiles en el estanque de palacio. El soponcio estaba servido.

Lo que si consiguieron las tropas inglesas, fue desembarcar e incautarse de todo el alcohol que requisaron en dos bodegas próximas cercanas al puente de Suazo, originalmente una colosal obra civil romana proyectada como acueducto. Una feroz resistencia de las tropas españolas acantonadas en la ciudad, un fuego cruzado de la artillería a base de botes de metralla, y las galeras acosando las naos inglesas con bombardas, crearon un caos de tal magnitud que empujó a aquella horda desentrenada a rebelarse contra sus jefes en un golpe de mano imprevisible a priori y que dañaría gravemente la reputación de lobos de mar que se arrogaban estas gentes.

"Aunque la victoria de las gentes de Cádiz fue trabajada, hubo que lamentar la pérdida de la Flota de Indias que justo entraba por la bocana del puerto cuando los anglos levantaban el sitio"

Ante el caos imperante en el bando inglés y el socorro que de a poco iba acudiendo a Cádiz desde diferentes lugares de Andalucía, ya fuera en forma de vituallas, armas o voluntarios, el tema pintaba cada vez peor para aquellos osados. Esto levantó el ánimo de los gaditanos que verían crecer enteros su victoria sobre aquella chusma de saqueadores.

Aunque la victoria de las gentes de Cádiz fue trabajada, hubo que lamentar la pérdida de la Flota de Indias que justo entraba por la bocana del puerto cuando los anglos levantaban el sitio. La elección no era banal. O se quedaban en tierra sin munición ni provisiones sujetos a las iras del populacho, o embarcaban y reflexionaban lo acontecido para calibrar mejor sus futuras intenciones y refinar el arte del expolio.

Enormes cantidades de impedimenta quedaron en tierra firme. Durante el trayecto hacia Portugal hubo de beberse agua tamizada tomada del mar y con un sabor a rayos pues la sed apremiaba. El pescado estibado era de salazón con lo cual, a la altura de San Vicente y en virtud de un antiguo y apolillado tratado de asistencia - por aquel tiempo España y Portugal eran un imperio prácticamente universal -, los lusos no pudieron evitar el temor a ser arrasados por aquella horda de piratas uniformados; por ello, los ingleses pudieron hacer aguada y acopio de vituallas. Dos semanas tardaron de proveerse aquella tropa de desalmados. Para rematar y ya de regreso a casa, durante una durísima tormenta con mar arbolada y vientos de rango 7 en la escala Beaufort, a la altura de Galicia, perderían a más de 600 hombres, esta vez por excederse en el consumo de agua. La inversión hecha por estas dos piezas metidas a almirantes fue nefasta.

Moraleja, si queremos, podemos. La defensa de Cádiz fue de matrícula.

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