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José Manso y Solá: el general metódico que parecía reencarnarse una y otra vez
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José Manso y Solá: el general metódico que parecía reencarnarse una y otra vez

La historia de un héroe anónimo que tenía aptitudes sobradas para dirigir un ejército sin haber pasado por una academia militar

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Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde.

Miguel Hernández

Era muy peculiar este general. Nunca pasó por una academia militar y, sin embargo, tenía aptitudes de sobra para dirigir un ejército. Ya lo hizo en la Guerra de la Independencia y con éxito arrollador. Su formación autodidacta venía dada por su hambre de conocimiento, era sencillamente un ilustrado que bien podría estar al lado de los afrancesados, pero, que por lo torcido de los acontecimientos, no tuvo otra opción que luchar contra los invasores. Los manuales de instrucción militar clásicos, la lectura de biografías de Alejandro Magno, Aníbal, la Anábasis de Jenofonte, el bizantino Belisario, Blas de Lezo y otros grandes tácticos y estrategas le llevaron a ser el militar racional, metódico y prudente que fue.

Manso gobernaba como Marco Aurelio dictaba en sus famosas Meditaciones; con fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Y para rematar, tenía una intuición espectacular y una red de información sobre el campo de batalla inusual. No es que ganara las batallas sin despeinarse, no, sino que las cocinaba a fuego lento, sus soldados eran lo primero.

Lo que resulta asombroso de este hombre es que apuntaba hacia abajo. Esto es, que iba para panadero al por mayor y, como mucho, a aspirante a tendero, un oficio muy honrado, obviamente; pero muy alejado de lo que el futuro le depararía.

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Estando absorbido por sus labores en el agro, un buen día un mozalbete le sopló que los franceses habían mordido el polvo en el desfiladero del Bruch. En realidad, este hecho militar muy mitificado en la historiografía española fue en realidad una acción de carácter menor, pero tuvo una repercusión espectacular en una ciudadanía estupefacta por la alevosa agresión francesa. Ello supondría 'ipso facto' su alistamiento en una compañía de migueletes con mando de teniente. Solo tenía 23 años.

Este superviviente nato, herido en más de 11 ocasiones en combate parecía reencarnarse una y otra vez.

Pero su formación natural como militar de gran proyección o potencialidad no prosperaría habida cuenta la imposibilidad de combatir a los franceses con grandes ejércitos. España estaba pasando un mal trago y el enfrentamiento en campo abierto estaba descartado por la inferioridad numérica peninsular más allá de la carencia de medios para presentar batalla de forma digna.

"Cada vez que salía un destacamento francés a requisar condumio, le caía una tromba de militares españoles, migueletes y población civil armada"

Entonces, Manso y Sola, que había llegado a esta conclusión con una impecable aritmética natural, implementó una serie de grupos guerrilleros tremendamente elásticos y ubicuos en Cataluña, que trajeron de cabeza a los invasores obligándolos a rediseñar íntegramente sus estrategias. La conclusión a la que llegaron los franceses tras el tremendo hostigamiento de la fuerza fantasma al mando de este visionario es que era mejor estarse 'quietecitos' en sus campamentos. Pero esto que, 'a priori', era una sabia conclusión fallaba en un aspecto elemental: había que aprovisionarse y ese era el talón de Aquiles de las fuerzas galas.

Cada vez que salía un destacamento francés a requisar condumio a los campesinos, le caía una tromba de militares españoles, migueletes y población civil armada hasta los dientes aniquilando literalmente a aquellos pobres desgraciados que lo único que pretendían era comer. El general Manso y Sola tenía como costumbre retirar todo el alcohol al alcance de estos depredadores venidos de allende los Pirineos, por lo que se les solía atragantar el condumio a palo seco. Lo de invadir, expoliar y chulear a la población civil se ponía muy cuesta arriba.

Pero la némesis de Manso y Sola se desesperaba ante las habilidades del español que una y otra vez se le escapaba de las persecuciones a las que lo sometía. El general Mathieu, un oficial de caballería instruido en la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, fundada por Napoleón en 1802, era de la primera hornada de licenciados que daba dicha escuela, cimiento de La Grandeur de Francia. Tenían unos uniformes hechos a medida, botas lustrosas, tres comidas y ligaban que se mataban; pero no tenían ni idea de cómo combatir grupos guerrilleros. Por eso, España fue la tumba de Francia.

"La población de la Ciudad Condal quería dar un escarmiento a la soldadesca francesa por sus continuos desmanes"

El caso del envenenamiento de la guarnición de la ciudadela de Barcelona demuestra su saber hacer y sus dotes de prudencia. La población de la Ciudad Condal quería dar un escarmiento a la soldadesca francesa por sus continuos desmanes. Un buen día, se les ocurrió que una buena dosis de ricino sabiamente mezclada con la miga de pan podría hacer reflexionar a los franceses sobre el tránsito hacia la eternidad. Dicho y hecho. Como era habitual, enviaron varias reatas con cerca de un millar de hogazas tratadas convenientemente. El teniente al mando del retén de puerta se percató de la indisimulada e inusual satisfacción de los panaderos y dio la alarma de tal manera que serían los presuntos estragadores los que se vieron obligados a zamparse aquella 'delicatessen'. Muchos fueron arrestados y otros huyeron a velocidad sostenida.

Enterado Manso de esta añagaza, advirtió al general francés sitiado que no era su metodología y que eximiera a los panaderos de pasar por un pelotón de fusilamiento. El pacto de caballeros surtió efecto y ambos uniformados llegaron a un acuerdo de futuros para evitar esas dinámicas.

Pero la apoteosis estaba por llegar

Tal que un 17 de mayo del año 1813, en la batalla de La Bisbal, las tropas españolas aplican un severo correctivo a los ya en retirada vapuleados franceses. Dos divisiones galas sufren lo indecible para llegar a territorio traspirenaico. Lo más granado del ejército invasor se ve humillado durante aquel largo recorrido sin poder parar para hacer aguada, comer, dormir o algo que sonara a reconfortante. Es una retirada infernal acosados por diferentes partidas guerrilleras dirigidas por Manso y Sola desde una antigua capilla. Los generales Desvaux, Mathieu y Espert de La Tour son incapaces de escribir un parte coherente y digno de tal nombre sin tener que tragar saliva.

placeholder Retrato del militar Jean-Mathieu-Philibert Serurier.
Retrato del militar Jean-Mathieu-Philibert Serurier.

Lo que no se le puede negar a este hombre es que no ganaba para sustos. Era un bombero indisimulado, siempre apagando fuegos.

Sus simpatías por el también general y político liberal Torrijos eran reales, pero discretas por imposiciones del uniforme. Cuando el uno de diciembre se produce el desembarco en Fuengirola de este hombre de ideas bien ventiladas, él y sus más próximos seguidores son apresados y ajusticiados 10 días después. Si alguien albergaba expectativas de una España mejor, impregnada por la ilustración, con una ventana abierta al futuro, ya podía tomarse unos antidepresivos. Manso a raíz de estos luctuosos acontecimientos, presenta su dimisión en el ejército, no quiere estar armado y generar o participar en un enfrentamiento civil. El rey felón, el llamado Fernando VII, Borbón para más señas, había acabado desde su vuelta de Francia con todas las esperanzas de un pueblo bastante castigado por el infortunio.

Harto de zarandajas (le habían encausado por una supuesta desafección al Gobierno) y de pasar por un oneroso consejo de guerra del que se salvó por los pelos pues al mendaz ministro de la guerra le dio un achuchón al corazón (QEPD), nuestro avanzado humanista y autodidacta compulsivo pide el retiro a finales de 1847 en una España totalmente desquiciada.

Pero la cosa no queda ahí. Para rematar, la admiración que sentían los franceses por este hombre de armas que tanta caña les había arreado se traduce en una invitación para visitar la Exposición Universal de París allá por el año 1855. Unos años más tarde, aquel cuerpo cansado de padecer el absurdo pide tierra. Era el año 1863 cuando este ciudadano uniformado tras haberlo dado todo muere en Madrid con 78 años.

Quizás el Altísimo en un arrebato de misericordia desde su gran templo cósmico le diera su bendición (si estaba despierto, claro).

Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde.

Napoleón
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