La historia de la maleta con ruedas o cómo el machismo se chocó consigo mismo
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Revolución, pero poquita

La historia de la maleta con ruedas o cómo el machismo se chocó consigo mismo

¿Cómo podría la visión predominante sobre la masculinidad resultar más obstinada que el deseo del mercado de ganar dinero?

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Imagen: iStock

En la era del capitalismo de la nostalgia, la vuelta estética a décadas pasadas olvida que, más allá de su encanto, los objetos atraviesan la historia con sus propias historias: todo lo que nos rodea nos determina y nos construye en la forma en que alguna vez fue construido, y eso quiere decir inventado. En cualquier pequeño detalle pueden resonar grandes estigmas que el aceleracionismo actual no pretende tener en cuenta, pero lo vintage no solo está de actualidad por su belleza bucólica, sino por un sinfín de lastres de ayer y de hoy escondidos tras la apariencia, por ejemplo, de los inmensos bolsos de viaje de Louis Vuitton que la familia Kardashian pasea por los aeropuertos. Seguro que no son sus primeros ‘luisvui’, pero sí fueron los primeros prototipos de la maleta actual, el inicio de una trayectoria marcada por los estereotipos de género que, curiosamente, ralentizaron el propio ritmo de una industria controlada por hombres: sin ruedas y sin propósito de incorporarlas, la lógica patriarcal consideró que estas iban en contra de la masculinidad. Y las mujeres, ¿para qué iban a querer ruedas si ellas, directamente, no iban a viajar solas?

En 1901, Louis Vuitton presentó lo que denominó bolso de cabina, una pieza pequeña de equipaje diseñada para ocupar el mínimo espacio y que se unía al conjunto de maletas disponibles de la marca. Sus piezas de viaje pasaron a ser los modelos más demandados del mercado en el siglo XX, trascendiendo su fama hasta la actualidad. Aquel no fue un lanzamiento aleatorio, la empresa simplemente siguió la lógica del mercado que se expandía en espacio y tiempo de forma exponencial: comenzaban el turismo en masas, los viajes por puro placer (pero también por obligación), y los destinos cada vez más lejanos.

placeholder Audrey Hepburn en 'Charada'
Audrey Hepburn en 'Charada'

El invento de aquellas maletas revolucionó el mundo, pero poquito. Si nadie pensó entonces en la manera de hacer su transporte más fácil, setenta años después tampoco. Durante más de la primera mitad del siglo, viajar podía llegar a ser una experiencia muy parecida a un entrenamiento de halterofilia. La excusa perfecta para exhibir hombría e invalidar a las mujeres que bien puede apreciarse en el cine clásico: Paul Varjack (George Peppard) llevando el equipaje de Holly Golightly (Audrey Hepburn) en 'Desayuno con diamantes' o Roger O. (Cary Grant) recogiendo las maletas de Eve Kendall (Eva Marie Saint) en 'Con la muerte en los talones'. Ahí estaba el ideal heteropatriarcal acomodándose en cada cerebro. Sin embargo, también la posibilidad de no asumir roles, como puede verse en la escena en que Ninotchcka (Greta Garbo) llega a una estación con grandes macutos en la película así titulada. "¿Por qué debería sostenerme las maletas? Eso es injusticia social", le dice la actriz a un porteador. Otro hombre le insiste en llevarle el equipaje. "No, man", responde ella.

Poco masculino

La idea del sistema ya había calado bien cuando en 1970 un ejecutivo de una empresa de maletas y abrigos estadounidense desatornilló cuatro ruedas de un mueble y las fijó a una maleta con ayuda de una correa. “Le dije a mi mujer: ¿Sabes? Esto es lo que necesitamos para el equipaje”, apuntó este hombre en una entrevista para CNN décadas después. Bernard D. Sadow comenzó así su particular viaje de empresa en empresa para vender su idea (no sabemos si también se lo dijo a su mujer) recibiendo siempre un no por respuesta. “Todos me decían que estaba loco, nadie iba a querer tirar de una maleta con ruedas”. Solo los grandes almacenes Macy’s compraron algunos ejemplares y, poco a poco, fueron ganando adeptos.

"Ningún hombre haría nunca una maleta"

Sin embargo, basta ver la publicidad de aquel momento para comprobar por qué la invención tardó más de 15 años en generalizarse después de que Sadow la hubiera patentado. “It’s the only way to go!” dice uno de los anuncios de la marca Briggs & Riley. En él, una mujer tira de una malera con ruedas mientras a otra le es aparentemente imposible levantar su equipaje sin ellas. Nada de hombres, nada de fuerza, nada de considerar que tal vez el esfuerzo por cargar varios kilos no es agradable para nadie.

Como apunta la escritora y periodista Katrine Marçal en un artículo para The Guardian: “Aquí estaban en juego dos suposiciones sobre el género. La primera era que ningún hombre haría nunca una maleta porque simplemente era "poco masculino" hacerlo. La segunda se refería a la movilidad de las mujeres. No había nada que impidiera que una mujer hiciera rodar una maleta; no tenía masculinidad que demostrar. Pero la industria asumía que las mujeres no viajaban solas. Si una mujer viajaba, viajaría con un hombre que luego le llevaría su bolso. Es por eso que no vieron ningún potencial comercial en la maleta con ruedas”.

Una doctrina chocándose consigo misma

Marçal se hace varias preguntas tras encontrar una foto en la que varias mujeres tiran de sus equipajes cargados en carros que en algún momento habían manejado los llamados porteadores, hombres que se dedicaban a ello en las estaciones de tren hasta que la profesión fue desapareciendo, demostrando que, en realidad, la necesidad de las ruedas se había materializado mucho antes de los 70: “¿Cómo podría la visión predominante sobre la masculinidad resultar más obstinada que el deseo del mercado de ganar dinero? ¿Cómo podría la cruda idea de que los hombres deben cargar cosas pesadas impedirnos ver el potencial de un producto que vendría a transformar toda una industria global?”

"Las ideas de nuestra sociedad sobre la masculinidad son de las más inflexibles"

Aunque resulte incoherente, la respuesta está en muchos de los mensajes actuales del feminismo. En las redes, en las calles, se sigue luchando contra una doctrina que se choca consigo misma. “Las ideas de nuestra sociedad sobre la masculinidad son algunas de las más inflexibles, y nuestra cultura a menudo valora la preservación de ciertos conceptos de masculinidad por encima de la vida misma”, añade Marçal al respecto.

Desde “los hombres de verdad no lloran” a “los hombres de verdad comen carne” (según un estudio publicado por la organización ‘No meat may’, el 73% de los hombres estaría dispuesto a vivir 10 años menos antes que dejar la carne), los supuestos sobre la masculinidad aún desempeñan en 2021 un papel muy marcado en la sociedad, también en relación con la innovación y principios como la sostenibilidad. “Esto frena la innovación y nos impide imaginar nuevas formas de vida impulsadas por las nuevas tecnologías”, apunta la periodista.

Una historia parcial

En este sentido, según un informe sobre mujeres e innovación publicado en 2020 por el Ministerio de Educación y Formación Profesional, solo en España, las mujeres directamente ocupadas en sectores empresariales de alta y media-alta tecnología, desciende a valores que se sitúan entre el 26% del personal en general y el 31% de aquel que participa directamente en actividades de I+D. En el subsector de la fabricación, ellas solo representan el 32,4% del total.

El sistema sigue relegando a las mujeres a actividades entendidas como secundarias, alimentado la narrativa de una historia parcial. “Hablamos de ‘la edad del hierro’ y ‘la edad del bronce’. También podríamos hablar de ‘la era de la cerámica’ y ‘la era del lino’, ya que estas tecnologías eran igualmente importantes. Pero las tecnologías asociadas con las mujeres no se consideran invenciones de la misma manera que las asociadas con los hombres”. De esta forma, cincuenta años después seguimos estudiando a la mitad de la sociedad, consumiendo un lenguaje que se fija en los estereotipos de género, reinvindicando una igualdad todavía lejana, viviendo en un paradigma que vacía de contenido los mensajes y genera con ello tendencias.

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