EL FINO OÍDO DE BENJAMIN DREYER

Los consejos de uno de los grandes editores literarios para escribir mejor

El neoyorquino se ha convertido en un fenómeno de masas por su carisma y capacidad para ofrecer trucos de escritura casi infalibles. Aquí recogemos algunos de los más útiles

Foto: Por las manos de Dreyer han pasado miles de manuscritos.
Por las manos de Dreyer han pasado miles de manuscritos.

Benjamin Dreyer es todo un personaje. No solo por ser vicepresidente y jefe de correctores de Penguin Random House, una de las grandes casas editoriales del planeta, sino también por haberse convertido en el guardían de la lengua preferido de Twitter, donde de vez en cuando arroja a sus 23.600 seguidores alguna de sus perlas. No es un fundamentalista, pero tampoco un viva la vida; simplemente, es consciente, tras décadas revisando algunos de los libros más vendidos del mundo, que el estilo marca la diferencia.

¿Un ejemplo de cómo se las gasta, y que quizá haría bien el lector en seguir? Probar a pasar una semana sin utilizar los adjetivos “muy”, “bastante”, “realmente” o muletillas a las que solemos recurrir para encajar ideas entre sí, como “por supuesto”, “de hecho” o “así que”. Como una Marie Kondo de la lengua, Dreyer propone hacer limpieza de nuestro estilo de escritura y deshacerse de todo lo innecesario, porque casi siempre hay alternativas mejores. Alguien “muy cansado” es alguien “exhausto”. Alguien “muy listo” es alguien “brillante”. Alguien “muy hambriento” es alguien “famélico”, salvando los matices que se pierden en la traducción.

Los grandes escritores comienzan sus frases con 'y' o 'pero' continuamente

El neoyorquino de 60 años acaba de publicar 'Dreyer's English. An Utterly Correct Guide to Clarify in Style', una nueva adición a un clásico género –con honrosos representantes en nuestro idioma como 'Estilo rico, estilo pobre' de Luis Magrinyà – en el que recoge unas cuantas ideas para el potencial lector que aspire a convertirse en escritor. No necesariamente profesional: todos, en algún momento, tenemos que recurrir a las palabras para expresar lo que deseamos, y para ello nada mejor que la claridad y limpieza de estilo. Como dice de él Elizabeth Strout, la autora de 'Olive Kitteridge' y la única a la que Dreyer edita personalmente, nadie tiene su oído para identificar frases que no funcionan.

Aquí recogemos algunas de las mejores propuestas de Dreyer que pueden aplicarse al español. Y perdimos perdón, anticipadamente, por nuestros posibles pecados de estilo. Haremos penitencia.

Cárgate “de repente” y “comenzó a”

Un completo perfil publicado en 'The New York Times' recoge esta sugerencia. Dos muletillas que enfangan la oración.

Cuidado con las rimas internas

Juan fue a comprar pescado y decidió comerse un helado”. Cuando escribimos, solemos prestar más atención al significado de las palabras que a su sonido, lo que nos puede traicionar en forma de rimas ocultas a la vista. De ahí que repasar el texto que uno ha escrito en voz alta no sea tan mala idea.

Empezar una frase con “y” o “pero”

Una de las reglas no escritas del buen estilo que suelen transmitirse de generación en generación es que jamás una oración debe comenzar con “y” o “pero”. Dreyer cree en el libre albedrío del estilo, y defiende que “los grandes escritores lo hacen continuamente”. Con una advertencia: a menudo no son la manera más potente de comenzar una frase y con frecuencia pueden eliminarse sin ocasionar ningún problema. El truco, preguntarse si de verdad es necesario.

¿Inmigrante o emigrante? ¿Vienen o van? (Efe)
¿Inmigrante o emigrante? ¿Vienen o van? (Efe)

Emigrante, inmigrante

El emigrante se marcha, el inmigrante llega. Dependiendo de la palabra que utilicemos, estaremos reflejando un punto de vista u otro, como explicaba un artículo publicado en 'Medium'.

“Dijo”

Cuando estás reproduciendo una conversación, es probable que recurras más pronto que tarde al verbo “decir”. A continuación, puedes emplear “desveló”, “lamentó” o “reconoció”, según el contenido de la frase. Pero uno de los grandes defectos de los autores es utilizar sinónimos demasiado llamativos. ¿Por ejemplo? Exponer”, “formular”, “articular”… Algo semejante ocurre cuando Dreyer arruga el morro ante la palabra “residir”. ¿Por qué emplearla si podemos utilizar “vivir”?

Olvídate de la pasiva

Las traducciones del inglés al español suelen producir monstruos, ya que la voz pasiva es mucho más habitual en aquel idioma. De ahí que a menudo veamos malformaciones como “el embajador fue enviado por el presidente a aclarar la situación”, cuando “el presidente envió al embajador a aclarar la situación” sería mejor. Es una cuestión de énfasis, por lo que debemos preguntarnos quién es el verdadero protagonista de la historia.

Cuida los nombres de los personajes

Si alguien está escribiendo ficción, debe prestar atención a que los nombres de sus personajes estén a la altura de los mismos, y ello incluye no repetirlos. Un ejemplo es 'Downton Abbey', donde dos personajes se llaman “Thomas”. Es posible que en la vida haya repeticiones, pero en la literatura generan confusión. Otro consejo para los escritores de ficción: no seáis vagos con la precisión geográfica y temporal de la trama, es decir, no hagáis que un personaje cruce España de Cádiz a Barcelona en tres horas.

Cuidado con las palabras que suenan parecido aunque tengan significados distintos, como “convencido” y “vencido”

Fragmenta las frases, pero no te pases

“Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller en su sala de Lincoln's Inn. Un tiempo implacable de noviembre”. Este es el arranque de 'Casa desolada' de Charles Dickens que Dreyer utiliza para defender la fragmentación de frases como recurso de estilo, con una salvedad; cuando “se utiliza para crear una voz masculina peluda, sudorosa y mal aseada, pero termina sonando a asma”.

Vigila las palabras que suenan parecidas

Al igual que ocurría con las rimas internas, debemos prestar atención a las palabras que se parecen, aunque su significado sea totalmente distinto. Un buen ejemplo sería el siguiente: “No quedó convencido hasta que vio que había sido vencido”. Salvo que queramos crear un efecto a través de esta repetición, claro: “Venceréis pero no convenceréis”.

El “supuesto” agresor

Hay una redundancia en dicho sintagma: tanto la palabra “supuesto” como las dos comillas que la rodean cumplen la misma función, la de señalar que el agresor es “considerado real o verdadero sin la seguridad de que lo sea”.

A favor de la coma de Oxford

Una de las grandes discusiones sobre la ortografía inglesa, casi a la altura de nuestra acentuación del “solo”, es la coma de Oxford. También llamada de enumeración, es la que se coloca junto antes de una conjunción coordinante ('and', 'or' o 'nor') cuando hay tres o más términos, para evitar ambigüedades. Un ejemplo en español de la coma Oxford sería el siguiente: “Juan, un periodista y yo” frente a “Juan, un periodista, y yo”, en el cual, la coma que se introduce en el último ejemplo serviría para clarificar que el periodista es Juan. Dreyer está a favor de su utilización.

Copia lo que te gusta

No es que Dreyer anime al plagio, sino a reproducir, literalmente, tus obras favoritas. Es lo que hizo él mismo con 'El renegado', una de sus historias preferidas de Shirley Jackson, que tecleó palabra por palabra “para ver si de esa manera me hacía apreciar mejor de qué forma tan bella estaba construida la historia”. Dio resultado.

Shirley Jackson, una de las autoras preferidas de Dreyer.
Shirley Jackson, una de las autoras preferidas de Dreyer.

Evita las referencias rebuscadas

“Una novela no es la entrada de un blog sobre Tus Cosas Favoritas”, recuerda Dreyer en las páginas de 'The New York Times'. Y con eso quiere decir que, como sospechabas, harías bien en eliminar un buen puñado de referencias a “novelas poco valoradas, oscuras películas extranjeras o bandas indie a las que aprecias”.

Viva el punto y coma

Uno de los signos de puntuación más infrautilizados, quizá porque nunca nos queda claro cuándo podemos emplearlo. Dreyer está a favor. Por si alguien tiene alguna duda, como recuerda la Fundéu, el punto y coma “separa unidades con sentido autónomo, ya sean grupos de palabras u oraciones completas, que a menudo incluyen sus propias comas”. Un ejemplo: “El niño estuvo especialmente revoltoso; por tanto, después de pedirle mil veces por las buenas que dejara de gritar y saltar en el sofá, no es de extrañar que sus padres acabaran perdiendo la paciencia”.

Por qué “defenestrar” es preciosa

“Defenestrar” significa, según el diccionario de la RAE, “arrojar a alguien por una ventana”. Es una palabra muy querida por Dreyer, ya que es “misteriosamente específica”. Esa debería ser una de las aspiraciones de cualquier buen escritor, evitar la imprecisión hallando el término idóneo para cada concepto.

A la enemistad por un punto

El perfil del rotativo neoyorquino recoge una llamativa historia. Al parecer, Dreyer tuvo una fuerte discusión con un amigo cuyo libro estaba editando sobre si después de una exclamación hace falta poner un punto. Dreyer tenía claro que no (“es el final de una oración, solo necesita un punto final”), pero su amigo insistía en que sí. Fue la gota que colmó el vaso de su relación, que nunca se recuperaría. Aunque al parecer, tiene un poco de leyenda; ya habían tenido sus más y sus menos con anterioridad.

Alma, Corazón, Vida

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