SE HAN REDESCUBIERTO DÉCADAS DESPUÉS

Qué revelan las grabaciones perdidas del piloto que tiró la bomba sobre Hiroshima

Se creían perdidas desde hace 40 años, pero el año pasado se encontraron en el piso de un japonés. Gracias a ellas, podemos saber cómo se vivió el ataque a bordo del Enola Gay

Foto: La tripulación del Enola Gay, antes de partir. (Cordon Press)
La tripulación del Enola Gay, antes de partir. (Cordon Press)

El 6 de agosto de 1945, el comandante Paul Tibbets montó a bordo del Enola Gay, un bombardero Boeing B-29 Superfortress de las Fuerzas Áreas del Ejército de Estados Unidos que portaba en sus entrañas a Little Boy, la primera bomba atómica utilizada contra la población civil, que fue detonada a las 08:15 de la mañana. El avión llevaba el nombre de soltera de su madre, Enola Gay Haggard Tibbets. Más de 140.000 japoneses perderían su vida, y otros tantos arrastrarían secuelas durante toda su vida, hasta el día de hoy. Este verano, se ha cumplido el 73 aniversario de los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, con una sorpresa: la recuperación, décadas después, de las cintas con las entrevistas a Tibbets realizadas después del bombardeo.

Qué revelan las grabaciones perdidas del piloto que tiró la bomba sobre Hiroshima

“Vi el resplandor. Y lo saboreé. Sí, se podía saborear. Sabía a plomo”, explica en una de las grabaciones, que se creían perdidas para siempre. “Era por el empaste de mis dientes. O sea, que así es la radiación. Sentí ese sabor a plomo en mi boca y fue un gran alivio: supe que había explotado”. Durante 40 años, se pensó que las grabaciones se habían perdido para siempre. Sin embargo, el pasado año se encontraron entre las posesiones de un japonés anónimo, y fueron donadas por su familia al Museo Memorial de la Paz de Hiroshima.

“Imagínate estar dentro de un edificio de latón y que alguien te golpease con un martillo, así era el efecto de sonido”, explicaba Tibbets

Las cintas permiten conocer un poco mejor qué ocurrió dentro de la aeronave y cuáles eran los sentimientos del piloto. Por ejemplo, revelan que la misión era completamente secreta, así que sus superiores le habían proporcionado una pistola y cápsulas llenas de cianuro para acabar con sus vidas en caso de que el avión fuese derribado. Paradójicamente, la sacudida que experimentó el avión al retirarse del lugar fue tranquilizadora, ya que era la confirmación de que el trabajo se había llevado a cabo. “Imagínate estar dentro de un edificio de latón y que alguien te golpease con un martillo, así era el efecto de sonido”, explicaba Tibbets.

Se trata de 27 cintas que abarcan 30 horas de grabaciones, transcritas a lo largo de 570 páginas, y que aunque aún no están disponibles para el público, es probable que pronto sean de libre acceso. Probablemente se trate de una copia de las grabaciones que recibieron los historiadores británicos Gordon Thomas y Max Morgan-Witts para escribir 'Enola Gay: Mission to Hiroshima' a finales de los años setenta. También contiene los testimonios de Jacob Beser, teniente que se encontraba a bordo del Enola Gay, y de Thomas Ferebee, el bombardero que pulsó el botón que arrojó la bomba sobre la ciudad. Como ha manifestado el responsable del museo, Ryo Koyama, los testimonios son de “gran valor histórico”.

¿Qué clase de remordimiento?

Puede parecer sorprendente que lo que Tibbets experimentase después de contribuir directamente a acabar con cientos de miles de vidas fuese alivio, pero se encuentra en consonancia con las opiniones que mantuvo hasta su muerte, el 1 de noviembre de 2007, a los 92 años. Lo expone de forma detallada un artículo publicado por el historiador Peter J. Kuznick en la revista académica 'The Asia-Pacific Journal' y titulado de forma elocuente "Defendiendo lo indefendible: una reflexión sobre la vida de Paul Tibbets", que pasó “los últimos 62 años de su vida defendiendo el bombardeo atómico”.

Imagen del hongo atómico tomada desde el Enola Gay. (Cordon Press)
Imagen del hongo atómico tomada desde el Enola Gay. (Cordon Press)

A pesar de los retratos que lo describen como un hombre bueno, que reflexionaba a menudo sobre su actuación a bordo del Enola Gay, Kuznick cita a muchos de sus compañeros, que pusieron de relieve que a lo largo de su vida siempre se había ceñido a la versión oficial de 1945. Su trabajo revela algunos detalles del vuelo. Por ejemplo, que Tibbets disponía de una docena de pastillas con cianuro para repartir entre los miembros de la tripulación en caso de que el avión fuese derribado; que la información de la que disponían era tremendamente limitada, para evitar ninguna filtración en caso de ser capturados; además, Tibbets tenía la orden expresa de disparar a todo aquel compañero que, llegado el momento, se negase a tragar la cápsula.

Tibbets y el contraalmirante William Parsons eran los únicos que sabían que se trataba de una bomba atómica, y la información que dieron al resto de la tripulación de los siete aviones de la flota fue ambigua. “La bomba que vais a arrojar es algo nuevo en la historia de la guerra”, les comunicaron. “Será el arma más destructiva jamás diseñada. Creemos que acabará con todo en un área de tres millas [alrededor de 1,6 kilómetros], quizá más, quizá menos”. Además, añadieron que la misión era tremendamente importante porque permitiría acortar la duración de la guerra en seis meses. “Mañana, el mundo sabrá que el 509 ayudó a acabar con la guerra”, afirmó exultante Tibbets. Y, como observó en sus diarios Abe Spitfzer, parecía creerlo firmemente.

El neoyorquino Robert Lewis partió hacia Hiroshima con un par de preservativos en el bolsillo porque ya estaba pensando en la fiesta de después

“Tibbets se sentó en la cabina del avión, sonriendo y saludando a aquellos que estaban registrando el evento para la posteridad”, escribe el historiador, que recoge las palabras de un testigo: “El lugar parecía Hollywood”. “No tenía nervios, le decía la gente que me habían inyectado confianza en el culo”, explicó Tibbets en otra entrevista. Un sentimiento que se contagió a otros miembros de la tripulación, como el neoyorquino Robert Lewis, que partió hacia Hiroshima con un par de preservativos en el bolsillo, pensando en la fiesta de después, y que mostró a Tibbets cuando este le entregó la pastilla de cianuro. Un gesto que no le hizo la menor gracia.

A las 02:45, el avión despegó, sobrevoló Iwo Jima y, una vez tuvo confirmación de que el tiempo era propicio, se dirigió hacia Hiroshima. Fue entonces, durante el vuelo, cuando se comunicó al resto de la tripulación que se trataba de una bomba atómica. Mientras llegaban al objetivo, se entretuvieron jugando a acertar con unas naranjas en la cabeza de uno de los militares dormidos. Llegaron 17 segundos por detrás de la hora prevista, ante sus ojos apareció el puente de Aioi y Ferebee pulsó el botón mientras gritaba “¡bomba va!”. Tibbets anunció lo siguiente: “Amigos, han arrojado la primera bomba atómica de la historia”, y ejecutó la maniobra de huida que llevaba meses ensayando. El resto es triste historia.

¿Qué pasó después?

“Cuidad vuestros mensajes, no digáis tacos”, fue el aviso que Tibbets dio al resto de compañeros antes de partir, recordándoles que todo lo que dijesen iba a ser grabado. Ferebee recordó, tiempo después, que “no hay palabras para describir lo brillante que era la luz”. Años más tarde, en otra entrevista, añadió: “La ciudad entera estaba cubierta con una nube en forma de champiñón. Mientras se formaba el tallo, podías ver trozos de casas absorbidos por esta, trozos de cosas volando por el aire. No podías ver a la gente, no a la altura que estábamos”. Lewis, el piloto con su preservativo en el bolsillo, añadió que “podías ver una ciudad bien grande, y entonces se esfumaba. Simplemente no estaba”.

Tibbets, delante del Enola Gay. (Cordon Press)
Tibbets, delante del Enola Gay. (Cordon Press)

¿Cómo reaccionó Tibbets? En una entrevista de 2002, le dijo al célebre presentador Studs Terkel: “No tengo ningún problema con ello. Sé que hicimos lo correcto”. Su motivación era pensar que ese acto, por salvaje que pudiese parecer, iba a detener la guerra y, con ello, iba a salvar la vida de millones de personas. Como manifestó en otra ocasión, “el objetivo era detener la lucha, lo que nos permitiría ahorrar la pérdida de vidas en ambos bandos”. En alguna ocasión, Tibbets llegó a reconocer que algunos japoneses le habían agradecido lo que hizo, porque una hipotética invasión del territorio nipón habría sido mucho más violenta y traumática, y la bomba impidió que se llegase a ese punto.

Muchos de los tripulantes del Enola Gay y el resto de la flota, no obstante, siguieron teniendo pesadillas. Spitzer, por ejemplo, cayó en la bebida, al ser incapaz de librarse de la imagen de lo que había visto: “Aun así, no podía dormir. Seguía desvelándose con las imágenes de Hiroshima con sus árboles, el verde prado y los puentes y las casas siendo cubiertas con humo negro y un hongo gigante multicolor alzándose por encima de la ciudad”. Los militares se preguntaron por qué se atacó Nagasaki apenas tres días después, sin haber dado el suficiente tiempo a Japón para rendirse. “Después de tirar la bomba, me sentí exactamente igual que como lo hago ahora, excepto que ese día no había bebido tanto café como hoy”, bromeaba Tibbets en una entrevista de 1995. “Estaba satisfecho de haber cumplido mi misión. No tenía ninguna emoción entonces, y no la he tenido nunca, solo puedo decirte que la guerra es el infierno. Lo sé. La he vivido. Si esperas sacarme una expresión de emoción, no lo conseguirás. Soy frío”.

Alma, Corazón, Vida

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