EL ENIGMA DE LOS CAMPOS DE LA MUERTE

Pasó 30 años buscando al asesino de su hija. Halló 400 desaparecidos y dos sospechosos

Tim Miller se ha convertido en un héroe local de la bahía de Galveston gracias a haber localizado a cientos de personas. ¿Es el criminal de los campos de la muerte uno de ellos?

Foto: Tim Miller, entrevistado por el medio local Click2Houston.
Tim Miller, entrevistado por el medio local Click2Houston.

La autopista I-45 atraviesa Texas de arriba abajo. Nace en Dallas, cruza Houston y desemboca en la bahía de Galveston. Entre los años 70 y comienzos del siglo XXI, al menos tres decenas de mujeres desaparecieron o fueron asesinadas en sus alrededores. Una de ellas, el nudo gordiano que une el resto de hilos, es Laura Miller, que desapareció en 1984, a los 16 años, cuando salió a telefonear a su novio y no volvió. Su cadáver fue encontrado dos años después, pero el caso distaba mucho de estar cerrado. A lo largo de tres décadas, su padre, Tim Miller, fue el protagonista de una búsqueda para dar con la identidad del conocido como “el Asesino de los Campos de la Muerte”. Una historia con falsos culpables, ingenieros de la NASA, playboys locales, alcohol y depresión, perdón y redención, y un puñado de cadáveres de mujeres abandonadas en el campo.

Tim Miller es un héroe local y un rostro habitual en los medios de comunicación de la zona: como él mismo suele explicar, hace falta llamar la atención sobre un caso para que este no se olvide. Una imagen publicada en el medio local 'Houston Press' presentaba a Miller a punto de cumplir los 70, con unos nostálgicos ojos azules, pelo ralo peinado hacia atrás, posando delante de un caballo. Ni rastro del atuendo de cowboy con el que aparece en otra instantánea. La gran pregunta es si Miller, fundador de la organización sin ánimo de lucro Texas EquuSearch que se dedica a investigar casos de desaparición, ha dado finalmente con el verdadero asesino de su hija o si ha dejado otra víctima por el camino.

La policía mantuvo durante dos años que la joven se había fugado y obvió otra desaparición en el mismo lugar, apenas unos meses antes

Puede decirse que la historia de Miller, recogida de forma definitiva en un reportaje de J. Oliver Conroy para 'The Guardian', comienza el 10 de septiembre de 1984, poco después de que la familia se mude a League City. Un día a finales de verano en el que Laura salió de casa para telefonear a su novio, ya que la línea telefónica aún no está instalada. No volverían a saber nada de ella hasta dos años después, cuando unos niños se toparon con los restos de dos mujeres. 30 años después, se desconoce la identidad de la primera. La otra, apenas un esqueleto, era Laura Miller. En ese tiempo, la policía había hecho caso omiso de las quejas de la familia –mantenía que probablemente se había fugado–y obvió otra desaparición en el mismo lugar, apenas unos meses antes.

A Miller no le había ido nada bien en ese tiempo. No solo tenía que enfrentarse a la desaparición de su hija, sino también al suicidio de su hermano, un año antes. Se divorció de su mujer y se dio al alcohol. Tras la aparición del cadáver de su hija, comenzó a sospechar de un vecino llamado Clyde Hedrick, que acababa de salir de prísión después de haber sido acusado de abusar de un cadáver. Se trata de Ellen Beason, con quien había abandonado un club nocturno en julio de 1984: Hedrick confesó que la mujer se había ahogado y que había decidido ocultar el cuerpo bajo un sofá abandonado en una cuneta por si le culpaban. No se pudo determinar la causa de muerte, pero Miller sabía que el misterioso Hedrick, guapo y sociable, conocía su hija y a veces hablaban. Entonces llegaron los años 90.

El hombre que llegó a la luna

Mientras Miller paga 10 dólares anuales para registrar el campo donde había aparecido el cuerpo de su hija, cavando día tras día junto a sus compañeros, drenando lagunas y analizando pulgada de terreno por pulgada, la policía investigaba los ranchos cercanos. En concreto, el de Robert Abel, un ingeniero de la NASA retirado. Su nombre aparece en los libros de historia como uno de los ingenieros que diseñaron los cohetes Saturno que llevaron al hombre a la Luna. Sin embargo, encajaba a la perfección con el perfil que la Unidad de Ciencias de Comportamiento del FBI había trazado sobre el probable asesino: alguien inteligente, arrogante y con accesos de furia. Y su ex había comunicado a las autoridades que su marido maltrataba a su ganado y, cuando moría, dejaba los cadáveres al raso. Exactamente igual que como habían aparecido los cadáveres de las chicas.

Robert Abel.
Robert Abel.

Ello llevó a Miller a cambiar de objetivo y pensar que su hombre era aquel afable vecino que había montado un pequeño rancho de temática cowboy para familias. Así que en 1994, un Miller consumido por el alcohol y otras sustancias, se presentó en casa de Abel, desenfundó un revólver, le apuntó a la cabeza y le exigió que confesase. Estaba a punto de apretar el gatillo cuando se dio cuenta de que acabar con él no resolvería nada, así que decidió montarse en el coche y conducir hacia un hospital psiquiátrico, donde pasó 10 días internado. Gracias a internet, podemos seguir las migajas del caso: en 1999, un artículo publicado en 'Texas Monthly' se preguntaba si Abel se estaba librando de ser juzgado por asesinato. El protagonista, claro, era Miller, que guiaba al redactor por los “campos de la muerte” hasta Abel. El artículo desvelaba que el padre había amenazado al presunto asesino con secuestrarle y enterrarle vivo en el desierto de Las Vegas. Y, llamativamente, Abel negaba que Miller hubiese estado a punto de matarle… en contra de la propia confesión del padre.

En vista de que sus ansias de justicia le estaban pasando una alta factura moral, Miller decidió fundar en el año 2000 Texas EquuSearch, que hasta el día de hoy ha localizado más de 400 personas perdidas y 238 cadáveres. Es un trabajo duro. Como él mismo confesaba en 2009 en 'Orlando Magazine', “si lo hubiese sabido hace nueve años cuando comenzaba con EquuSearch, no lo habría hecho. Es más grande de lo que pensaba. No tengo vida. No hay más vida que esta”. Pero entre sus hallazgos no había ninguna información adicional sobre el captor de su hija, lo que le llevó, poco a poco, a pensar que se había equivocado con Robert Abel. El artículo de 'The Guardian' desvela que años después, los dos hombres se cruzaron en la carretera, Miller le pidió que le perdonase (aunque, reconoció, no lo merecía) y se fundieron en un abrazo. Abel murió en 2015, atropellado por un tren mientras montaba en quad cerca de su casa, al otro lado de los campos de la muerte.

“Miller consiguió que mucha gente pensase que soy el Asesino en Serie de los Campos de la Muerte de League City”, lamentaba Hedrick

A esas alturas, Miller tenía otro sospechoso en mente. O, mejor dicho, había vuelto a la casilla de salida: ¿y si siempre fue Clyde Hedrick? El artículo de 2009 titulado “La búsqueda de las almas perdidas de Tim Miller, incluida la suya” omitía toda referencia al sospechoso, pero Miller cada vez lo tenía más claro, y un año después recurrió al FBI para pedir una nueva investigación. Esta llevó a exhumar tres décadas después los restos de Ellen Beason, y el forense pudo por fin dictaminar que había sido víctima de homicidio. En abril de 2013, casi 30 años después de salir de la cárcel, Hedrick fue detenido de nuevo. “Hombre acusado de asesinato por una desaparición de 1984” era el titular en la prensa local.

Hombre contra hombre

Según sus compañeros de prisión a mediados de los 80, Hedrick había reconocido no solo que había matado a Beaston, sino que también había hecho lo propio con Miller –a la que había violado previamente– y a otra mujer. Fue sentenciado a 29 años de prisión por homicidio imprudente, ya que las pruebas no pudieron demostrar que había asesinado a Laura Miller. Por su parte, Hedrick acusó a su perseguidor de haber puesto en marcha una campaña contra él, movilizando a los medios y a la opinión pública hasta que terminó en la cárcel. Como escribió en una idignada carta manuscrita al periodista de 'The Guardian', “Miller consiguió que mucha gente pensase que soy el Asesino en Serie de los Campos de la Muerte de League City”. Durante años se ha investigado si las decenas de muertes de mujeres en la zona eran obra del mismo asesino o tenían varios autores.

Uno de los artículos publicados a propósito de la detención de Hedrick era aquel de 'HoustonPress' que se hacía la pregunta definitiva: “No son pocas las mujeres que describen a Hedrick como un monstruo absoluto. Pero ¿es el monstruo de los campos de la muerte?” El reportaje también reflejaba uno de los aspectos que más miedo daban a Miller: que terminase beneficiando económicamente al presunto asesino de su hija, en el caso de que comenzasen a lloverle ofertas de editoriales y cadenas de televisión. “Sabía que era Clyde desde el principio, entonces registraron la casa de Robert Abel y todo eso, y me dije, 'oh, Dios mío, la fastidié”, explicaba Miller en dicho reportaje, en el que mostraba su preocupación ante la posibilidad de que, en las décadas que pasaron entre sus primeras sospechas y 2013, hubiese seguido actuando.

Clyde Hedrick durante el juicio.
Clyde Hedrick durante el juicio.

El problema es que no hay forma de saber si Clyde Hedrick fue realmente el asesino de Laura Miller, que bien podría ser una sosias de Laura Palmer. Un problema para el presunto asesino, cuyo nombre quedará siempre vinculado a uno de los grandes crímenes sin resolver en Texas y a su gran archienemigo, el héroe local Tim Miller. Pero también un problema para el propio Miller que, aun convencido de que fue Hedrick, nunca podrá tener la seguridad absoluta. Este asegura que le ofrecería inmunidad absoluta si confesase el paradero de todas sus víctimas, pues sabe que no hay nada peor que no saber que tu hija sigue viva en algún lugar. En caso de que se haya equivocado y algún día apareciese otro culpable, Miller lo tiene claro: “Seguro que mandaría una gran carta de disculpa a Clyde”.

Alma, Corazón, Vida

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