Psicología: El hombre que conoció la felicidad solo cuando le metieron en la cárcel
UNA SITUACIÓN ¿PARADÓJICA?

El hombre que conoció la felicidad solo cuando le metieron en la cárcel

El psicólogo Rafael Santandreu publica un libro para que a través de la transformación personal se alcance "una vida mucho mejor, más feliz y más plena"

Foto: Se puede ser feliz en cualquier lugar. (iStock)
Se puede ser feliz en cualquier lugar. (iStock)

"¡Mala noticia!: nadie cambia por el hecho de leer un libro, ¡ni de ir al psicólogo! ¡Buena noticia!: pero se puede lograr, de manera sorprendentemente radical, con un poco de esfuerzo diario", así comienza el prólogo del último libro de Rafael Santandreu, 'Nada es tan Terrible' (Grijalbo, marzo de 2018). Este profesional, uno de los más reputados en su campo de España, se propone en este volumen dotar de herramientas a todos sus lectores para "llevar a cabo una transformación personal en aras de una vida mucho mejor, mucho más feliz y plena. A continuación reproducimos una parte de uno de sus capítulos,. 'Sentirse cómodo en cualquier lugar', que reproduce una charla entre el profesional y uno de sus pacientes.

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Rafael Santandreu: ¿Por qué te metieron en la cárcel?

Iván: Por traer cocaína de Colombia. Yo iba a pasar dinero ilegalmente, pero me metieron también la coca en la maleta y me pillaron. Te he de decir que yo entonces consumía cocaína.

Gracias a que me dejó mi novia pude estar más conmigo, recapacitar un montón, conocerme más

R. S.: Dentro de la maleta había droga que tu desconocías…

I.: Sí, sí, sí. La vi y flipé. ¡Yo creía que me iban a encontrar el dinero y pensé ‘qué putada’!, pero cuando vi la droga me dije: ‘¡Triple putada!”.

Portada del libro de Rafael Santandreu.
Portada del libro de Rafael Santandreu.

R. S.: Y en el primer momento que te meten en el ‘talego’ ¿cuál fue tu reacción emocional?

I.: Me daban ataques de ansiedad. ¡Era algo físico! No paraba de llorar. Los mismos policía -que me trataron muy bien, sinceramente-, decían: ‘nunca hemos visto llorar a alguien así’. No podía parar y contagiaba a los de las otras celdas, se ponían a llorar todos.

R. S.: Y tu novia te dejó…

I.: Sí, aguantó seis meses, pobrecita. Es normal, buah, fue durísimo, pero me hizo un favor.

R. S.: ¿Por qué?

I.: ¡Le agradezco uno montón que me dejara!

R. S. ¿…?

I.: Estuve cuatro meses sin poder leer nada, que era entonces mi máxima distracción. Pero me quedé choqueado, me dolía un montón, como si me hubiera roto algo.

R. S: ¿Pero por qué dices que te hizo un favor?

I.: Porque gracias a eso pude estar más conmigo, recapacitar un montón, conocerme más.

Estamos hablando de la cárcel, no de Port Aventura. A veces sufría, pero no por eso dejaba de ser feliz

R. S.: ¿Se puede ser feliz en la cárcel?

I.: Sí, yo cuando cambié el chip, empecé a ser feliz. Llegó un momento en el que solo hacía actividades valiosas y aprendí a tener libertad interna, a valorar las pequeñas cosas, a valorar al ser humano, a poner pasión a todo...Mira, te cuento una anécdota: un día que estaba trabajando viene una mosso d’esquadra superguapa y me dice: ‘¿Tú eres Iván?’. Yo le respondo, muy extrañado: ‘¿Cómo sabes que soy Iván?’. Y me suelta: ‘Porque unos profesores decían el otro día que había un joven en esta cárcel que era una joya: un tipo feliz y siempre alegre llamado Iván. Tenías que ser tú, porque cada vez que entro a este sitio veo que estamos todos tan amargados...¡menos tú!Déjame que te de un abrazo’. Fue muy bonito. Bueno, a mí me pasaban muchas cosas así.

R. S.: Pero debía de haber momentos difíciles…

I.: ¡Por supuesto, Rafael! Estamos hablando de la cárcel, no de Port Aventura. A veces sufría, pero no por eso dejaba de ser feliz. Allí aprendí que el dolor o las adversidades no son importantes para alegría interior. Además, sin malestar no apreciarías luego la ausencia de malestar, ¿no crees?

R. S.: ¡hace dos semanas me dijo eso mismo un taxista en Ciudad de México! Y se le veía tan satisfecho de su vida…

I.: Es que nos han metido en la cabeza la queja constante. Yo antes me quejaba de todo, y precisamente por eso caí en la droga. Era un medio de evadirme de mi mal rollo. ¡pero era un mal rollo que me creaba yo mismo! Ahora creo que no hay una situación lo suficientemente adversa para quejarme.

El concepto de libertad es ambiguo, incluso en prisión. Aunque suene cursi, la libertad está dentro de uno

R. S.: La falta de libertad tampoco…

I.: El concepto de libertad es ambiguo. Aunque suene cursi, la libertad está dentro de uno. Yo he tenido una privación de movimiento, pero de libertad no. Yo siempre he sido libre.

R. S.: ¿En qué sentido?

I.: En el sentido de que mi mente es libre para valorar mis posibilidades, para encontrar oportunidades de hacer cosas bellas.

R. S.: ¿Sabes que eso ya lo decía el filósofo Epicteto, que nació esclavo?

I.: ¡Qué bueno!, no lo sabía, no.

Grabando discos en prisión

R. S.: ¿Cómo es tu vida en prisión?

I.: Estaba bastante ocupado, la verdad. Para empezar, hacía deporte, estudié la carrera de Antropología a distancia, trabajé siempre en diferentes áreas de la cárcel e hice música: ¡grabé dos discos!

R. S.: ¿Allí podías tocar algún instrumento?

I.: ¡Hasta tenía un estudio personal! Resulta que había un taller de música, pero el profesor se trasladó y lo cerraron. Yo me ofrecí para llevarlo y fue una pasada. Arreglé todo el sistema de sonido, reconstruí la batería y el bajo, conseguí que nos donasen más instrumentos y ¡tachán!, me dejaban usarlo un par de horas para mis grabaciones. Trabajaba de siete a once de la maña y después me iba corriendo al estudio, de once a una. Conmigo todos los funcionarios se portaron como hermanos. Fue una pasada.

Alma, Corazón, Vida

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