cuando la libido lo condiciona todo

Así es la vida de una adicta al sexo de 31 años

¿Qué sucede si el placer se convierte en una necesidad? Una mujer expone desde su experiencia cómo es vivir día a día con esta condición

Foto: La rutina gira alrededor de una obsesión. (iStock)
La rutina gira alrededor de una obsesión. (iStock)

“Hay momentos en los que me siento tan excitada que si no hago nada para solucionarlo me puedo volver loca”. Así resume la mujer que se oculta bajo el alias de Jenny el impulso irrefrenable que condiciona su día a día. La edición británica de la revista 'Elle' ha decidido abordar a través de su historia cómo es el problema de la hipersexualidad, una condición que convierte al sexo en una prioridad vital y cuya causa no dispone de un claro consenso dentro de la comunidad médica.

Algunos modelos la entienden como una adicción, para otros, sin embargo, se presenta como un comportamiento obsesivo o una conducta compulsiva. Enfermedades como el trastorno bipolar o el trastorno límite de la personalidad pueden dar lugar a él, mientras que el consumo de alcohol y las sustancias adictivas lo intensifican.

Puedo decir con orgullo que nunca en mi vida he contraído una enfermedad venérea

La pérdida de control lleva a los individuos a prácticas autodestructivas y de alto riesgo, en muchos casos no deseadas y que se acaban viviendo desde la culpa. Este es, 'grosso modo', el cuadro clínico que lo define, sin embargo, ¿cuál es la realidad de fondo de la persona afectada?, ¿cómo vive su día a día?

Ahondando en las causas

La complicada relación de Jenny con su sexualidad comenzó a los 17 años. Hasta aquel momento no había logrado alcanzar un orgasmo, así que decidió probar con la autoestimulación sirviéndose de su primer vibrador: “Recuerdo cuando me encerré en mi habitación, tumbada en la cama y completamente decidida a correrme. Cuando lo conseguí por primera vez me resultó algo increíble. Desde entonces, me vi inmersa en la rutina de utilizar el consolador entre cinco y seis veces al día”.

Foto: iStock
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Jenny achaca su desmesurado deseo sexual, totalmente desligado de cualquier lazo emocional, a una serie de experiencias traumáticas transcurridas durante su infancia y su adolescencia. Perdió a su madre con tan solo nueve años y poco después a dos tíos y a sendos padrinos. Su padre de 72 años acabó siendo un asiduo de los burdeles y locales de ‘strippers’ de su ciudad e incluso entabló un ‘affaire’ con su mejor amiga de tan solo 19 años. Como resultado, Jenny está convencida de que su particular vínculo con el sexo tiene mucho que ver con el comportamiento de su progenitor.

Vivir en una perenne recaída

Tras un primer tratamiento de la adicción, Jenny estaba pasando por un periodo de castidad de seis meses acordado con su terapeuta como método de rehabilitación. Fue entonces cuando conoció a su pareja actual, el cual le acabaría llevando a la recaída. Con él se fue convirtiendo en una habitual de los locales liberales de su zona: “La primera vez que acudí a uno me sentía muy nerviosa. Cuando crucé el umbral, me encontré ante una mujer rodeada de seis hombres masturbándose mientras practicaba una felación a uno de ellos. Pensé que aquello era precioso”.

El sexo se tiene que dar con mis condiciones, si no, es una violación. A veces te puedes sentir obligada a que se aprovechen de ti

En el pico de mayor dependencia, la pareja podía llegar a gastar más de 2.000 euros solo en entradas, siendo común la asistencia a los clubs hasta cuatro veces a la semana: “Si hubiéramos tenido la oportunidad de pasar todo el día allí lo habríamos hecho”, reconoce, señalando que el cuidado de su hija pequeña, fruto de una relación anterior, es la única razón de peso que impide a veces que eso suceda.

Orgías con diez hombres, prácticas sadomasoquistas, fantasías de humillación, las propias personas con las que Jenny satisfacía sus impulsos se cuestionaban si su deseo sexual podría estar poniendo su propia integridad en peligro. Ella, con todo, recalca: “Puedo decir con orgullo que nunca en mi vida he contraído una enfermedad venérea”.

Tengo que tratar mi adicción en algún momento, pero por ahora no está haciendo daño a nadie

Por otro lado están los riesgos de tener que relacionarse con extraños. En un evento organizado por una comunidad de intercambio de parejas, cuenta que fue asediada, antes de entrar en el apartamento del encuentro, por uno de los asistentes que dirigió su mano sin miramientos por debajo de su falda: “Intenté ser educada mientras lo rehusaba, a fin de cuentas estaba allí para tener relaciones. El sexo se tiene que dar según mis condiciones, si no, es una violación. Recuerdo que pensaba: ‘soy una persona. Esta no es la forma normal en que esto sucede'. En momentos como esos es fácil entender que alguien se puede sentir obligado a que se aprovechen de él. La presión sexual está ahí”.

Consecuencias para la vida cotidiana

Cuando una persona práctica sexo con frecuencia, el cerebro se acostumbra a unos niveles muy altos de dopamina (el neurotransmisor más ligado con el placer) y las ansias por mantener tales cotas se ven incrementadas: “Solía llevar en mi bolso un silencioso vibrador que usaba hasta seis veces al día en casa o en los baños del trabajo”.

Foto: iStock.
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Cumpleaños, reuniones con amigos e incluso días laborales acaban siendo evitados en pos de colmar el aumento repentino de la libido: “Nuestra vida social gira en torno al sexo. Si un fin de semana no tengo que cuidar de mi hija, acudimos a clubs de intercambio, hacemos ‘dogging’ o quedamos con gente para tener encuentros”.

A pesar de todos estos problemas, Jenny reconoce que su adicción le está sirviendo para hacer más llevadera su complicada situación presente. Su hermano padece un cáncer en fase terminal y recientemente ha sido diagnosticada de esclerosis múltiple: “por culpa de mi enfermedad probablemente acabe pronto en una silla de ruedas. Mi intensa vida sexual habrá terminado. Tengo que tratar mi adicción en algún momento, pero por ahora no está haciendo daño a nadie. ¿Cuál es el problema?”

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