ENTREVISTA A RUTGER BREGMAN

"Trabajaremos solo 15 horas a la semana"

El ensayo del historiador holandés Rutger Bergman aboga por hacer realidad la utopía de una sociedad sin fronteras, con renta básica universal y una jornada laboral reducida

Foto: El autor Rutger Bregman. (Ed. Salamandra)
El autor Rutger Bregman. (Ed. Salamandra)

En el verano de 1930, justo cuando la Gran Depresión estaba tomando impulso, el economista británico John Maynard Keynes dio una conferencia en Madrid titulada 'Posibilidades económicas para nuestros nietos'. En otras palabras, para nosotros. En aquel momento la pobreza en España era galopante, las tensiones internacionales de agudizaban y Keynes parecía haber llegado de otro planeta: "En 2030 la humanidad se enfrentará al mayor desafío de su historia: qué hacer con un mar de tiempo libre".

Para el periodista e historiador Rutger Bregman el progreso solo ha sido posible a base de ideas que, como la de Keynes, se consideraban fantasías irrealizables, es decir, utopías. El holandés se encuentra en España para presentar su libro 'Utopía para realistas' (Ed. Salamandra) en el que aboga por que los países abran las fronteras a los inmigrantes, adopten una semana laboral de 15 horas y paguen a sus ciudadanos una renta básica universal. Admite que no tiene todas las respuestas y que tan solo señala la dirección a una política progresista a la que se le han agotado las ideas.

PREGUNTA. Sus propuestas son contrarias a la tesis que defiende el filósofo John Gray en su célebre 'Black Mass': la fe ciega en la utopía y el progreso nos ha conducido, entre otros, al totalitarismo nazi o estalinista. Lo que es utopía para algunos, puede ser distopía para otros. Teniendo esto en cuenta, tal vez no sea tan malo que nos hayamos quedado sin nuevas ideas...

RESPUESTA. Nací un año antes de la caída del muro de Berlín y no mucho después se publicó el ensayo de Francis Fukuyama que vaticinaba el fin de la Historia. El 'zeitgeist' de aquel entonces era algo así: hemos probado las utopías desde el fascismo hasta el comunismo, el capitalismo ha sido declarado vencedor y todo por lo que tenemos que preocuparnos es por el consumo, el siguiente iPhone y tal vez el medio ambiente; eso es todo. Pero con la crisis de 2008 descubrimos que la historia no había terminado y algunos -seguro que John Gray entre ellos- dijeron que también teníamos que deshacernos de esa última utopía: el neoliberalismo. Siempre tuve la sensación de que habíamos perdido algo por el camino. Si miramos atrás en la historia, descubriremos visiones utópicas terroríficas, sí, pero también es cierto que cada paso hacia el progreso fue una vez considerado una fantasía: el fin de la esclavitud, la democracia, la igualdad de derechos para hombres y mujeres... El problema de hoy es que no tenemos ni idea de dónde ir. Es como pisar la cima de una montaña y tener dos opciones: o miras hacia la próxima montaña que quieres subir o miras hacia abajo muerto de miedo.

La izquierda moderna solo sabe a qué se opone: a la austeridad, al 'establishment', a la homofobia o al racismo. Pero desconoce a favor de qué está

P. Sin embargo, en estos últimos años el populismo ha ganado terreno. ¿No son Trump, Le Pen y Wilders parte de una misma utopía?

R. Pero ellos no miran hacia el futuro, quieren volver al pasado y a la nostalgia. Y sí, este tipo de políticos entiende mucho mejor que la izquierda que las ideas pueden y dan forma a la Historia.

P. La izquierda solía abanderar el progreso, al menos en lo que se refiere a la batalla de las ideas. ¿El socialismo se ha quedado sin imaginación?

R. El problema es que la izquierda moderna solo sabe a qué se opone: a la austeridad, al 'establishment', a la homofobia o al racismo. No estoy diciendo que yo no esté en contra de estas cosas, pero también necesitas estar a favor de algo. Por ejemplo, el Movimento Occupy Wall Street: muy potente, pero sin programa. No está ni se le espera. Tampoco ayuda la jerga extraña que hablan los intelectuales izquierdistas: un lenguaje diseñado para hacer las cosas simples complicadas. Han perdido por completo a su audiencia. La derecha populista, en cambio, sabe muy bien cómo comunicarse con ese grupo más amplio.

Foto: Miguel Sola.
Foto: Miguel Sola.

P. Vayamos a sus propuestas. Usted insinúa que mañana mismo la renta básica universal podría ser una realidad, pero hasta el momento tan solo se han realizado pequeños experimentos de nicho.

R. Tiene que empezar en algún lado. La democracia no se implementó en un solo golpe: no hubo un 'boom' y surgieron los parlamentos. El primer paso es hacer más experimentos a nivel local. Ya estamos en esta fase: en Canadá, en Finlandia, en Silicon Valley… Cada empresa moderna hace como 10.000 experimentos todos los días y por alguna razón el gobierno no quiere aventurarse. Seguimos empeñados en las mismas ideas caras y poco eficientes.

P. Canadá, Finlandia, Silicon Valley... todos ejemplos de rentas altas y progreso social. ¿Sería posible en la 'perezosa' España del sur de Europa?

R. Si en los últimos coletazos de la dictadura franquista alguien llega a decir que pronto España sería una democracia vibrante dentro de la Unión Europea, nadie lo habría creído. Como historiador, creo en el amplio abanico de posibilidades que la Historia ofrece. Lo realmente importante es que el cambio no comienza en lugares como Washington, Westminster, Bruselas o Madrid, sino en las conversaciones de la gente corriente. Si todos en España supiesen que la renta básica es una buena idea, los políticos empezarían a apostar por ella.

Héctor G. BarnésHéctor G. Barnés

P. Podemos es el único partido español que realmente ha puesto encima de la mesa la propuesta de la renta básica, aunque durase poco en su programa. ¿Se ha puesto en contacto con ellos?

R. Me temo que no, aunque seguro que les hubiese venido bien. La gente me pregunta cómo financiar la renta básica y mi respuesta siempre es: ¿cómo podemos permitirnos no hacerlo? La pobreza es increíblemente cara, un desperdicio de potencial humano. La izquierda y Podemos se aturullan y solo responden con más impuestos. No son consicentes de que la renta básica no es una medida política más, sino un replanteamiento completo del trabajo con el que se averigua quiénes son los verdaderos creadores de riqueza. Así que, sí, deberían llamarme.

Lo más radical que puedes hacer ahora es asumir lo bueno en los demás. Si empezamos a hacerlo, entonces tendremos una verdadera revolución

P. Para vender una idea tan radical en política es necesario un relato. ¿Cómo deberían los partidos vender la renta básica a la opinión pública?

R. Tendrían que comenzar con una visión completamente diferente de la naturaleza humana. Los medios de comunicación tan solo se fijan en las excepciones: corrupción, crisis, terrorismo y violencia. Pero el hecho es que la mayoría de la gente es buena. Si les preguntas qué harían con su renta básica, responderán que usarían el dinero con cabeza para cumplir sus sueños y ambiciones. Pero, en cambio, si les preguntas qué harían otros, lo más probable es que digan que lo desperdiciarían en drogas, alcohol o Netflix. Lo más radical que puedes hacer ahora es asumir lo bueno en los demás. Si empezamos a hacer esto en nuestras democracias, sistemas de seguridad social y lugares de trabajo, entonces tendremos una verdadera revolución.

P. Una visión más optimista del ser humano, ¿nada más?

R. Se tiene que empezar a hablar de erradicar la pobreza como una inversión que se paga por sí misma. Es el mejor plan de negocios que existe: cada euro que se invierte en una persona sin hogar se recupera por tres veces, ya que hay menos delitos, menor gasto sanitario… Las políticas progresistas son win-win (si a mi vecino le va mejor, a mí también). En cambio, la derecha populista lo presenta como suma cero: si tú coges algo, ya no quedará nada para mí. Por último, también ayudaría presentar la renta básica bajo el lenguaje patriótico, es decir, estar orgulloso de los logros de tu país. La izquierda no entiende la necesidad de abrazar una forma de nacionalismo tolerante y progresista. Di con orgullo: somos del país que más refugiados acoge. El ejemplo es Angela Merkel.

A medida que avanza la automatización, una y otra vez subestimamos la extraordinaria capacidad del capitalismo para producir empleos inútiles

P. Cada relato necesita un enemigo, ¿cuál es el suyo?

R. Para el populista, todo va mal por culpa de los extranjeros que quitan el trabajo, que son perezosos, criminales o terroristas. Con Bernie Sanders era el 99% contra el 1%, y eso funcionaba. El enemigo son todos aquellos que ganan mucho pero que no aportan nada de valor a la sociedad. Lo fascinante es que ahora somos más ricos que nunca y, en cambio, cada vez hay más trabajos sin sentido. A medida que avanza la automatización, una y otra vez subestimamos la extraordinaria capacidad del capitalismo para producir empleos inútiles. Y además, suelen ser los mejor remunerados.

P. ¿Por qué la izquierda no utiliza esta narrativa?

R. Porque muchas de las personas altamente cualificadas de la izquierda tienen este tipo de trabajos sin sentido.

Foto: Miguel Sola.
Foto: Miguel Sola.

P. Usted presenta la renta básica como una medida de sentido común, casi tecnocrática. Pero este rencor al rico y poderoso se suele asociar a la izquierda, ¿en qué ideología enmarca la medida?

R. La renta básica va más allá de la antigua división entre la izquierda y la derecha. El centro-derecha está detrás de la propuesta en Finlandia, en Canadá es un senador conservador y en los años 70 fue el 'conocido izquierdista' de Richard Nixon el que casi la implementa. No es una idea tradicional de la izquierda. Es más, se trata sobre todo de ampliar la libertad individual. La gente tendrá por primera vez en la historia libertad real para decidir por sí misma lo que quiere hacer con sus vidas. En este sentido, el problema de la izquierda es que a menudo quiere tomar las decisiones de la población, actuando de manera paternalista.

P. En cualquier caso, los liberales argumentarán que una renta básica a quien empodera es al Estado, pues la población dependería aún más de él.

R. Hay tan solo un Estado en todo el mundo que tiene renta básica. Alaska da 2.000 dólares a cada persona por año. Si a un político le da por cambiar esto, su carrera habrá acabado. Una vez se introduce la renta básica, es muy difícil deshacerse de ella. La gente ama la libertad. En este sentido, la renta básica otorgará a los profesores, médicos y basureros un mayor poder de negociación. Así que por primera vez en la historia todos tendrán la oportunidad de decir 'no' a un trabajo que no quieran hacer.

Si los banqueros hiciesen huelga, ni siquiera nos daríamos cuenta. Tan solo los trabajos realmente útiles sobrevivirán

P. ¿Cuál sería el resultado? ¿Quién querría entonces hacer los trabajos peor valorados?

R. Los trabajadores dirían: "Me encantaría seguir haciendo mis labores, pero tendrás que pagarme más". En cambio, aquellos con un empleo inútil (un 37% de los británicos piensa que su trabajo no tendría por qué existir) no tendrán tanto poder de negociación. Me refiero a aquellos sentados en oficinas de nueve a cinco, los que se envían e-mails entre ellos, escriben informes para sí mismos, surfean en Facebook y ganan un buen salario por ello. La renta básica no solo supone una redistribución del dinero, sino también de poder y estatus. Si los basureros o los médicos se pusiesen en huelga, tendríamos un problema. Si lo hacen los banqueros, ni siquiera nos daríamos cuenta. Tan solo los trabajos realmente útiles sobrevivirían.

P. ¿Cómo sería esa sociedad? ¿Qué cambiaría?

R. La educación sería completamente diferente. Si bien ahora está destinada a que los alumnos tengan trabajo y ganen dinero, con la renta básica los niños se atreverían a estudiar artes, humanidades o música. A menudo surgen esas historias de un banquero o un abogado que decide dejar su trabajo para cumplir su sueño. Siempre los presentan como héroes. Yo propongo una sociedad en la que cada uno haga lo que realmente quiera hacer, como ese banquero atrevido.

P. Quizá su propuesta más osada sea la de acabar con las fronteras, sobre todo ahora que parece que las políticas viran en dirección contraria.

R. Imagínese que vive en el año 2200 y que le piden juzgar nuestro tiempo como nosotros hacemos ahora con la Edad Media: seguro que pensaríamos que las fronteras son el mayor de los barbarismos. Hay una montaña de investigaciones que demuestran que la inmigración es el intrumento más poderoso contra la pobreza global y nadie está contando esta historia. Usted, como país, puede ser duro: podría imponer pruebas culturales, de idioma o la necesidad de pagar una cierta cantidad de impuestos. Lo radical en cualquier caso es negarse bajo cualquier circunstancia. No se trata de erradicar todas las fronteras a la vez, sino de pensar cuál podría ser el próximo paso.

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