UN FENÓMENO ATMOSFÉRICO NECESARIO Y PELIGROSO

Los ríos en el cielo y por qué debemos tenerles miedo: ¿es lo que pasa en España?

Hace un siglo y medio, el Estado de California cayó en la bancarrota después de que lloviese sin parar 40 días y 40 noches. No es un hecho aislado: ocurrirá de nuevo pronto

Foto: Se avecina lluvia en San Francisco. (iStock)
Se avecina lluvia en San Francisco. (iStock)

Es muy probable que en España nos suene a chino (hasta ahora), ya que tan solo en contadas ocasiones nos hemos tenido que enfrentar a ellos. No fue hasta mediados de los años 90 cuando los ríos atmosféricos (o ríos en el cielo, como apocalípticamente los denomina el inglés 'Independent') recibieron dicho nombre gracias al trabajo de dos investigadores del MIT, Reginald Newell y Young Zhu. Hasta entonces, bien podrían haber sido llamados de una manera mucho más bíblica: “diluvio universal” define bien sus efectos.

Estos ríos atmosféricos son largos filamentos de aire húmedo que suelen desplazarse sobre los océanos transportando grandes cantidades de vapor de agua. Cuando se condensan y descargan su contenido sobre los mares, como suele ocurrir, lo más probable es que no nos lleguemos a enterar. Si lo hacen sobre la tierra, como ocurre cada vez con mayor frecuencia, podemos echarnos a temblar. Como señalaba una investigación realizada por científicos gallegos y publicada en la revista apropiadamente llamada 'Chaos', se originan a partir de Estructuras coherentes de Lagrange y sirven para distribuir el agua en nuestro planeta.

Pueden llegar a tener miles de kilómetros de longitud y cientos de anchura, lo que provoca que algunos sean más caudalosos que el Amazonas

Su papel es esencial en el ciclo del agua de la Tierra, puesto que las ingentes cantidades de agua que portan –los ríos pueden llegar a tener miles de kilómetros de longitud y cientos de anchura, lo que provoca que sean más caudalosos que el Amazonas– transportan el vapor de agua por todo el planeta. Sin embargo, también es posible que sean los causantes de terribles inundaciones en determinadas regiones del planeta. Desde la costa oeste del norte de África hasta gran parte de Inglaterra e Irlanda, pasando por una de sus víctimas preferidas: la costa californiana y, más concretamente, San Francisco.

Un cruce inundado en San Francisco el pasado 11 de diciembre de 2014. (Reuters/Robert Galbraith)
Un cruce inundado en San Francisco el pasado 11 de diciembre de 2014. (Reuters/Robert Galbraith)

Es en esta localidad donde se ha realizado la última investigación sobre el fenómeno, que alerta que muy probablemente irá a peor en los años venideros. Como señala la investigación publicada en 'Proceedings of the Royal Society B', nos estamos asomando a “un futuro extremo” en el que los sistemas naturales pueden verse afectados por esta clase de eventos que ponen en peligro la persistencia de determinadas especies. ¿El principal culpable? El cambio climático y, por extensión, el ser humano que se ha cruzado de brazos ante él.

La maldición de las ostras

En marzo de 2011, una serie de ríos atmosféricos (el fenómeno conocido como Pineapple Express) tocaron tierra y dejaron caer su brutal caudal de agua fría sobre la costa oeste de EEUU: en un período de apenas dos semanas, este río celeste dejó caer sobre la región americana una cantidad de lluvia equivalente a la mitad de las precipitaciones de todo el año. En apariencia, una lluvia torrencial sin más efectos que los consabidos trastornos cotidianos, si no fuese porque, como comprobaron poco después los investigadores, el 97% de las ostras Olimpia salvajes de la región murieron a consecuencia de ello.

Las consecuencias biológicas de estos extremos han sido pobremente resueltas debido a su naturaleza impredecible

¿Por qué? Como descubrieron, la brutal y repentina caída de agua provocó un descenso en la salinidad, por debajo del punto crítico de tolerancia de las ostras, lo que produjo la muerte de casi todos los moluscos bivalvos. Algo preocupante, señala el estudio, porque años después aún no se ha conseguido repoblar a las ostras Olimpia. Las nuevas que han aparecido, señalan los autores del estudio, son más pequeñas y menos fértiles.

No es una simple casualidad. Los autores señalan directamente al cambio climático, que está provocando que la frecuencia de estos eventos que en el pasado eran excepcionales se dispare. “Las consecuencias biológicas de estos extremos han sido pobremente resueltas debido a su naturaleza impredecible y la dificultad a la hora de cuantificar sus mecanismos e impactos”. Es el caso de estos eventos de mortalidad en masa (MME) que afectan a las “especies fundadoras”, es decir, aquellas que influyen en la estructura de una comunidad provocando cambios físicos en el ambiente y que pueden propiciar un efecto en cascada.

Una carretera de Los Angeles inundada después del paso del huracán El Niño en enero de 2016. (Reuters/Lucy Nicholson)
Una carretera de Los Angeles inundada después del paso del huracán El Niño en enero de 2016. (Reuters/Lucy Nicholson)

“Este estudio pone de manifiesto un nuevo mecanismo por el cual los eventos extremos de precipitación pueden afectar los sistemas naturales y la persistencia de especies sensibles en un momento de cambio del medio ambiente”, concluye el estudio. Pero no es la única consecuencia devastadora que pueden tener estos ríos del cielo.

Perdido en la inundación

La consecuencia más obvia de estas lluvias torrenciales son las inundaciones que pueden llegar a causar muertes en la población. Como recordaba 'Scientific American', las catástrofes relacionadas con estos ríos celestes tienen siglos de antigüedad. En 1861, una tormenta que duró 43 días –una cifra muy bíblica– provocó la muerte de miles de personas (especialmente en la localidad de Sacramento, que se hundió bajo el agua), el ahogo de 800.000 cabezas de ganado y, en una reacción en cadena, la bancarrota del Estado de California. Según los cálculos geológicos, cada 200 años desde el 200 a.C, se produce una inundación extrema en este lugar.

Las megatormentas pueden llegar a hundir grandes porciones de California

Con un tono algo más apocalíptico, Michael D. Dettinger y B. Lynn Ingram recordaban que “las megatormentas pueden hundir grandes porciones de California”. Otro artículo escrito por los mismos autores tomaba como ejemplo la inundación de diciembre de 1861 para intentar extraer alguna lección valiosa de este proceso que suele traer consigo una prolongada sequía: “Las lecciones de la inundación de 1861-62 deberían animarnos a diseñar planes en caso de desastre en una región en la que muchas ciudades se encuentran en terrenos inundables”.

Quizá California sea en realidad la región más beneficiada por su desarrollo económico, pero hay que tener presente que también pueden afectar a amplias regiones de Europa y África. En sus trabajos (especialmente el publicado en la revista 'Weather Forecast'), los meteorólogos Peter Knippertz de la Universidad de Mainz (Alemania) y Jonathan Martin (de la Universidad de Wisconsin) han comparado lo ocurrido en el árido suroeste de EEUU con las precipitaciones del África Occidental subtropical. Tendremos más noticias en el futuro. Y no hará falta esperar hasta el año 2061, cuando correspondería que California se volviese a hundir bajo las aguas.

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