EL OTRO LADO DEL LIBERALISMO

Por qué la prostitución se ha convertido en un trabajo típico de clase media

Frente a las tesis despenalizadoras que son cada vez más populares, una antigua trabajadora recuerda que la prostitución no es una decisión personal libre

Foto: Desde las calles hasta ser una escort independiente: ¿de verdad es un salto de clase social? (iStock)
Desde las calles hasta ser una escort independiente: ¿de verdad es un salto de clase social? (iStock)

Durante los últimos tiempos se han popularizado las teorías descriminalizadoras sobre la prostitución, incluso en sectores del feminismo que en el pasado se habían mostrado completamente opuestos a cualquier trabajo sexual. Según esta visión, dicha labor se elige libremente (exceptuando contadas excepciones), forma parte de la identidad de la trabajadora y en muchos casos, es una opción laboral mucho más rentable, y por tanto más razonable, que otras. Como explicaba en este medio Natalia Ferrari, “estoy mejor trabajado como puta que en un McDonald's o de teleoperadora”.

Se trata de una argumentación convincente. Legalizando la prostitución, afirman sus partidarios, las trabajadoras se librarán de la estimatización social y gozarán de una mejor protección frente a los riesgos inherentes a su trabajo. Pero no todo el mundo se muestra de acuerdo, ni siquiera entre las trabajadoras sexuales. Rae Story, que fue prostituta durante 10 años en países como Reino Unido, Australia o Nueva Zelanda, y que se define como feminista y socialista, ha protestado contra el empuje “libertario de la despenalización” y “el proyecto paralelo de sanitización y legitimación” del trabajo sexual.

Ella misma había sido criada en un barrio malo por su madre soltera, pero le decía a los clientes que era de una familia de clase media, feliz y conservadora

Lo explica en una entrevista publicada en 'Feminist Current': la corriente actual es el resultado de “los avances tecnológicos y de la práctica posmoderna de centrarse en las experiencias individuales (más que en las colectivas o en las tendencias generales) y en fijarse en lo que las cosas parecen ser y no en lo que realmente son”. En otras palabras, la tendencia a centrarse en la identidad personal y en la esfera privada de las trabajadoras, más que en la prostitución como negocio, consumo y reproducción de las relaciones de poder es un proceso de “ingeniería política”. Ella lo sabe bien, porque es una de esas prostitutas que pasó de la clase trabajadora a la aparente seguridad de la clase media… que era aún peor.

Si lo deseas, tú también puedes ser clase media

Story comenzó en el trabajo sexual libremente, o tan libremente como lo haría una mujer en una relación en la que sufre maltratos. Es decir, sin conocer exactamente su lado oscuro. Por lo general, explica, todas sus compañeras procedían de la clase trabajadora, y terminaban prostituyéndose debido a la promesa de ganar dinero rápida y ¿fácilmente? Además, no hace falta cualificación. La propia Story provenía de un entorno de clase baja, criada en un barrio peligroso gracias al sueldo de su madre soltera. Sin embargo, solía decirles a sus clientes que sus orígenes se encontraban en una familia de clase media, feliz y conservadora, y que decidió dedicarse a la prostitución para satisfacer su “voraz apetito sexual”. ¿Por qué?

Lo que el cliente no ve: cuando pasas a ser una estrella del pop, no puedes estar triste. (iStock)
Lo que el cliente no ve: cuando pasas a ser una estrella del pop, no puedes estar triste. (iStock)

Quizá por la misma razón por la que, al menos hasta que la crisis golpeó con dureza las ambiciones de millones de familias en España, todos nos considerábamos de clase media. Debido a que, como ella misma explica en un artículo publicado en 'The F Word', pertenecer a dicha clase es más una cuestión de cómo hablas, cómo piensas, qué música escuchas, qué programas ves y qué periódicos lees, casi cualquiera puede considerarse clase media. Incluidas las prostitutas, que empezaron a defender la idea de que el suyo era “un trabajo como cualquier otro”.

“No solo un trabajo, sino uno bastante bueno dada su alta remuneración, teniendo en cuenta cómo está el patio”, añade Story. Fue el albor de la era de las “escorts independientes”, que podían anunciarse en internet personalmente y no depender de las viejas estructuras de la prostitución. Ni chulos ni madamas. El mero hecho de subir sus tarifas las convertía automáticamente en parte de la élite: “Los tics de clase media eran a menudo esenciales, con las escorts promocionando su educación universitaria, su refinada etiqueta, sus viajes y sus aficiones”.

“El trabajo en el burdel había sido brutal para mi cuerpo, pero el trabajo como escort independiente agotó mi espíritu”. Ahora tenía que ser un producto

La propia Story entró en el juego. “Detallaba mi educación universitaria, mi afición por escritores como Will Self, mi preferencia por los vinos tintos antes que los cubatas”, recuerda. “Cualquier cosa que afirmase mi identidad como prostituta de clase media”. Era fácil dar el salto de prostituta callejera a trabajadora independiente, como quizá también lo sea pasar de asalariado a emprendedor. Sin embargo, el entusiasmo por unas condiciones materiales de vida un poco mejores y una supuesta “civilización” de la industria le duró poco a Story. Porque, como le ha ocurrido a tantos profesionales liberales, de repente se dio cuenta de que el nuevo entorno laboral exigía aún más de ellos.

“Para competir en este nuevo ambiente virulento, la exposición se convirtió en una necesidad”, explica. Había que destacar. Tomarse decenas de fotografías, escribir blogs, conectarse diariamente a la web-cam… También diversificarse. Era cada vez más habitual que las prostitutas empezasen a aparecer en películas porno, o que las actrices porno empezasen a prostituirse. Haber rodado una película es, al fin y al cabo, un buen reclamo publicitario de cara al cliente. No solo eso, sino que su relación con estos empezó a cambiar. “Por supuesto, en mi inocencia, me había convencido de que ser una 'prostituta que besa' me beneficiaba, porque mejoraba mi imagen personal”, explica.

Con el tiempo, terminaría dándose cuenta que ese nuevo estado de las cosas, según la máxima de Lampedusa, solo había conseguido que todo siguiese igual. Con la excepción de que, ahora, los clientes se sentían mejor al considerar que se acostaban con “mujeres empoderadas”. “El trabajo en el burdel había sido brutal para mi cuerpo, pero el trabajo como escort independiente agotó mi espíritu”, concluye. Ya no bastaba con hacer su trabajo y marcharse, sino que tenía que convertirse en una marca personal, obsesionada continuamente con su imagen. En ese sentido, las prostitutas ya no se parecen a las actrices porno. Se parecen a las estrellas del pop.

Todo ello, a cambio de muy poco. Como descubrieron tantos de los que se consideraban clase media, su pertenencia a dicho estrato social era tan solo apariencia. “No teníamos casas ni ganábamos un sueldo fijo anual, con pagas extra o pensiones”, recuerda Story. “No teníamos ninguna estabilidad o dónde caernos muertas en caso de ponernos enfermas”. Eso sí, nada de mostrar sus problemas en el trabajo. Frente al cliente masculino, debían mostrarse “empoderadas, sexys y a gusto en nuestros roles como esponjas de la satisfacción masculina”.

La nueva ideología del trabajo

Rae Story trabajó durante más de 10 años como prostituta. Sin embargo, advierte que quizá no haya que prestar mucha atención a lo que ella o sus compañeras puedan decir, sobre todo cuando utilizan sus experiencias personales para defender la despenalización o la legalización. “Las portavoces de la industria utilizan el lenguaje de lo personal de la misma manera que lo podrían hacer los homosexuales con el derecho al matrimonio”, explica. De esa manera, defender la prostitución como parte de su identidad implica que la descriminalización de dicho trabajo las ayudaría a realizarse como personas. Sin embargo, la autora recuerda que las leyes sobre la prostitución “son una forma de política económica y social, no solo personal”.

El deseo de descriminizarla trata del derecho de los negocios de expandirse sin la intervención del estado ni preocuparse por los trabajadores

“En el Reino Unido, la manera en que se han redactado las leyes que rodean a la prostitución tiene como objetivo que siga siendo una transacción privada, descriminalizando al comprador y al vendedor, pero no al intermediario”, explica. Para Story, el problema se encuentra en trasladar todos los aspectos de la vida social, incluido el trabajo y la economía, al terreno de lo personal y de la libertad de expresión. “Hay una tendencia en este debate a defender que aquellos que se prostituyen tienen una 'identidad', como si fuese su etnia o su sexualidad, por lo que combatir por la descriminalización se convierte en una causa humana, de derechos civiles”. El debate, así, se polariza: ¿qué clase de progresista podría protestar contra el desarrollo de las libertades y la identidad personal?

En última instancia, no obstante, dicha retórica tiene una finalidad política, ligada al liberalismo (libertario). De igual manera que el término “trabajador textil” oculta la realidad de los talleres explotadores del Tercer Mundo, el concepto “trabajador sexual” sirve para “legitimizar la industria del sexo como un negocio moralmente neutral”. “El deseo de una descriminalización completa trata, en realidad, del derecho de los negocios de expandirse sin la intervención del estado ni preocuparse por los trabajadores”, concluye la antigua prostituta. Y por eso la prostitución vuelve a parecerse a tantos trabajos contemporáneos, donde la felicidad, el estatus y la realización personal o el acceso a una supuesta vida de clase media encubren la triste realidad del trabajador, que encuentra escaso consuelo en su estatus social.

Alma, Corazón, Vida

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