UN DESCONOCIDO PERO OSADO AVENTURERO

La desconocida odisea de Estebanico, el primer africano que puso un pie en América

El año en que parte de la expedición de Pánfilo de Narváez pereció a manos de la más cruel de las tempestades dio lugar a una de las gestas más memorables de la historia

Foto: Estebanico fue una estrella rutilante por su peculiar color de piel, su porte singular y sus inseparables galgos.
Estebanico fue una estrella rutilante por su peculiar color de piel, su porte singular y sus inseparables galgos.

"A la gente que trata de imponer sus convicciones a otros, habría que decirles que está bien que crean, pero poco y, en todo caso, sin molestar".

–Julio Caro Baroja

Año del Señor –que dicen que todo lo ve– de 1528. Una nutrida expedición de cerca de trescientos hombres, caballerías y una logística sobrada y generosa, habían naufragado frente a la costa de la actual Texas, a la altura de Galveston, en medio de una de las peores tormentas tropicales que se recuerdan. Eran los restos de la expedición de Pánfilo de Narváez, que venían siendo hostigados por los nativos desde su desembarco en La Florida. Vientos de fuerza diez en la escala Beaufort, bastante habituales en la zona, con casi nula visibilidad en superficie y olas descomunales de cerca de diez metros de altura los habían estrellado contra los acantilados de las islas próximas a esta antigua ciudad española, descubierta por Juan de Grijalva hacia 1518 y disputada por la molesta piratería francesa, los cabreados nativos amerindios y los españoles. Hasta que el ínclito Bernardo de Gálvez le dio su inapelable marchamo personal allá por el año 1780.

Lo ocurrido en aquellas latitudes y en aquel año, en que una parte de la fallida expedición de Pánfilo de Narváez perecería a manos de la más cruel de las tempestades recordadas, dio lugar a una de las gestas más memorables de la historia de las exploraciones, de esas en las que está impregnado el espíritu de la aventura humana en este abandonado rincón del espacio: cuatro hombres de aquella malhadada expedición sobrevivieron para escribir y documentar una de las hazañas más increíbles jamás relatadas.

Estebanico, llamado por algunos cronistas 'El Negro' o 'El Moro', era natural de Azamor, en la costa marroquí

Salieron de la isla de Galveston, Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y Estebanico, cruzando el continente de América del Norte en compañía de indios, unas veces; otras, huyendo de ellos. Ora iban a pie, ora a caballo, ora de “aquella manera”, viajando durante ocho largos e interminables años a través del sudoeste de los actuales Estados Unidos hasta llegar a la Ciudad de México en 1536. Una odisea, en definitiva, épica como pocas con sus más de 4.000 kilómetros a sus espaldas.

'Naufragios' de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
'Naufragios' de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

En su libro 'Naufragios', Alvar Núñez Cabeza de Vaca no solo recoge las primeras observaciones etnográficas sobre las conductas y costumbres de los indígenas locales a lo largo del trayecto recorrido, sino que se la considera la primera narración histórica sobre la presente Norteamérica.

Tras ser capturados y escapar de los temibles indios ananarivo, muy dados a las prácticas rituales de la degustación de carne foránea por el toque 'delicatessen' que conlleva todo lo que viene de exóticas latitudes, se dan a la fuga sobreviviendo como chamanes y curanderos de fama acreditada. De entre todos ellos, Estebanico es, sin duda, la estrella rutilante por su peculiar color de piel, su porte singular y sus inseparables galgos.

Estebanico, llamado por algunos cronistas 'El Negro' o 'El Moro', era un natural de Azamor, en la costa marroquí, y tuvo la desgracia de caer en manos de unos esclavistas portugueses que pusieron precio a su cabeza y potente porte. Al pobre desgraciado, que andaba por allá pescando para su supervivencia diaria, lo trasladaron contra su voluntad unos diez mil kilómetros hacia el Oeste.

Tras deambular por la extensa zona fronteriza del norte del actual estado de México -–varias veces recortada por sus agresivos vecinos anglosajones en posteriores guerras no declaradas–, llegaron a la zona de Rio Bravo en busca de una ruta que les acercara al territorio de la Nueva España.

Hay quien especula que Estebanico acabó sus días convertido en un chamán por los indios Hopi, aunque ninguna hipótesis es concluyente

Estebanico causaba impacto allá por donde pasaba. Fueron los primeros europeos y el primer africano los que se adentraron en el actual suroeste de Estados Unidos y noroeste de México. Su ruta exacta nunca ha sido posible de determinar por los historiadores, pero parece haberse desarrollado a través de la actual Texas, Nuevo México y Arizona, y por las provincias del norte de México.

Para 1536, cerca de Culiacán, en lo que actualmente es el estado de Sinaloa, los supervivientes se encontraron con compañeros españoles en una expedición esclavista para obtener mano de obra que trasladar a Nueva España. Como después escribiría Cabeza de Vaca, sus compatriotas quedaron "estupefactos al verme, extrañamente vestido y en compañía de los indios (sic)".

Dorantes Carranza, uno de los cuatro expedicionarios supervivientes, era el propietario de este esclavo. Ultimado el periplo de esta gesta, no quiso saber más del tema y se volvió a la península asumiendo que sus andanzas ya no daban más de sí. Entonces, Antonio de Mendoza, a la sazón virrey de México, lo compraría. Habida cuenta del aura de que estaban revestidos estos cuatro elementos de la naturaleza y del calibre de su heroica apuesta, decide enviarlo a una nueva expedición comandada por Fray Marcos de Niza, que, al igual que el virrey, estaban obsesionado con la ciudad dorada de Cíbola y sus riquezas descomunales.Todo hay que decirlo, este fue uno de los bulos más propalados en la época y quizás también el 'leit motiv' para que la avaricia de los integrantes de aquella expedición no se viera defraudada. Al igual que el famoso El Dorado, no dejaría de ser un fraude más para mantener viva la moral de conquista y con una buena dosis de sugestión a la tropa.

Inscripción atribuida a Fray Marcos de Niza en Pima Canyon (Arizona). (Habj/CC)
Inscripción atribuida a Fray Marcos de Niza en Pima Canyon (Arizona). (Habj/CC)

A todo esto, Estebanico había sido enviado por el purpurado en misión de descubierta para tomar el pulso a los belicosos nativos, que estaban muy enfadados con las expropiaciones que acompañaban cada visita de los expedicionarios. Estebanico, lógicamente, no veía el momento de poner tierra de por medio y comenzó a tramar su particular 'mutis por el foro' .

Mientras Fray Marcos y Estebanico jugaban al escondite, el ubicuo morito ya había comenzado a convertirse en antimateria por arte de magia. Equívocas y confusas referencias eran enviadas a su destinatario, que ya estaba empezando a olerse la tostada. Según cuentan las crónicas, al parecer nuestro adalid de la bilocación habría tenido un enfrentamiento con el rey de Cíbola por motivos tan banales como que el primero quería hacerse con los galgos que el africano portaba y, por ello, este había considerado rebanarle el cuello al dignatario. El caso es que, según unos, Estebanico puso pies en polvorosa; de acuerdo a otros, caería atravesado por las flechas de los curiosamente llamados en las crónicas “insurrectos”, que, paradójicamente, eran los habitantes de toda la vida de la tierra en disputa. A día de hoy no se sabe si los indios zuñi, mayoritarios en Nuevo México, le dieron el finiquito a este elemento, o, por el contrario, Estebanico se dio a la fuga con una nativa de espectaculares formas.

Hay quien dice que Estebanico fue visto entre los famosos y pacíficos indios Hopis, asimilados a los rituales más avanzados por su habilidad chamánica

Lo que sí está fundamentado es que Fray Marcos tomaría posesión para el emperador del asentamiento, llamado a día de hoy San Francisco. Todas las expediciones llevadas a cabo en años posteriores con la idea de emular a Cortés o Pizarro se dieron de bruces con el desencanto. Allá solo había enormes praderas llenas de colosales animales, también con cuernos pero un poco más grandes que los peninsulares, o enormes desiertos que fagocitaban a los más osados.

Hay quien dice que Estebanico fue visto entre los famosos y pacíficos indios Hopis, asimilados a los rituales más avanzados por sus habilidades chamánicas, e integrado como uno más.

Tanto Estebanico como sus colegas supervivientes de aquella hazaña sin par nunca deberían dormir en el cementerio de la ignorancia. Eran unos grandes con mayúsculas.

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