OLIVIER BLANCHARD, EL 'PROFE' DEL FMI

Las lecciones sobre la vida y la educación del economista más inteligente del mundo

Ahora que ha dejado su cargo en el Fondo Monetario Internacional, es un buen momento para entender cómo su visión académica influyó en la manera en que entendemos la economía hoy

Foto: Blanchard, durante una comparecencia de prensa celebrada en Washington el 21 de abril de 2010. (Reuters/Stephen Jaffe/FMI)
Blanchard, durante una comparecencia de prensa celebrada en Washington el 21 de abril de 2010. (Reuters/Stephen Jaffe/FMI)

El pasado 1 de octubre, Olivier Blanchard dejó de ser el economista jefe del Fondo Monetario Internacional, un puesto que había ostentado durante dos mandatos desde septiembre de 2008, cuando sucedió a Dominique Strauss-Khan. Aunque su relevancia pública no sea la misma que la de su predecesor, Christine Lagarde o Paul Krugman u otros nuevos intelectuales de la economía, no hay ninguna duda de que ha influido en un alto grado en las políticas económicas que se han adoptado a lo largo de toda la crisis.

Si su figura resulta interesante es porque, a diferencia de otros, Blanchard provenía del mundo de la academia –fue profesor de Harvard a finales de los años setenta y del MIT a partir de los 80, donde ostentí también el cargo de director del Departamento de Economía–, lo que le obligó a enfrentarse con una realidad que, aún más en años tan convulsos, era muy diferente a lo que los modelos matemáticos y económicos proponían. Desde su posición neokeynesiana, atacó la austeridad fiscal y la baja inflación.

Como suele ocurrir con aquellos teóricos que acaban de abandonar un puesto de responsabilidad, su primer paradero tras el abandono de sus funciones ha sido el mundo de las conferencias (aunque seguirá trabajando para el 'think tank' Instituto Peterson, con sede en Washington). Blanchard acaba de pasar por la Escuela de Negocios Cass en Londres, donde, entre otras cosas, ha anunciado una nueva era de lento crecimiento económico debido a una sociedad en continuo envejecimiento y un bajo crecimiento de la productividad

Las luchas entre economistas me recordaban a las confrontaciones entre maoístas y trotskistas en París, en mayo del 68

La nueva realidad es la siguiente: crecimiento lento, tasa de ahorro elevada y una gran cantidad de deuda privada y pública. Y, una vez más, recordó la que ha sido su seña de identidad a lo largo de su estancia en el FMI: no se puede intentar reducir la deuda a costa del producto interior bruto y las medidas de consolidación fiscal no deben aplicarse cuando la economía va mal. En resumidas cuentas, cuidado con la austeridad.

En busca de un modelo ideal

Ahora que Blanchard ha dejado su cargo, es el momento de los panegíricos. Seguramente el más completo sea el publicado el pasado domingo en 'The Washington Post', que lo califica como “el economista más inteligente del mundo” y que nos ayuda a entender, entre otras cosas, cómo se ha desarrollado el mundo de la economía académica durante las últimas décadas, y de qué manera ello ha influido en la crisis económica y las ideas vigentes sobre economía.

Gran parte de la vida de Blanchard, como ocurre con tantos economistas de la segunda mitad del siglo XX, es una lucha por obtener un modelo económico infalible que “pudiese ser utilizado siempre, en todas las circunstancias”. Una aspiración herida de muerte tras la crisis: como recuerda el reportaje, hoy en día las aspiraciones se han rebajado y se busca, más bien, un conjunto de pequeños modelos que puedan explicar realidades concretas, no tanto uno global. No obstante, Blanchard aspiró durante su mandato a llevar a cabo acciones económicas basadas en una investigación lo más rigurosa posible.

Una buena demostración de ello es la importancia que proporcionó al departamento de investigación del FMI, que bajo Blanchard empezó a configurar las teorías sobre las que la organización establecía sus políticas en lo referente a temas como los flujos especulativos de capital. Algo que le granjeó no pocas críticas y opiniones encontradas en el seno del propio FMI, en una confrontación que el propio Blanchard calificó de “guerra de trincheras”, especialmente en lo referente al control de capitales. Con él, el grupo de investigación del FMI empezó a tener voz y voto a la hora de tomar decisiones.

Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal de EEUU, dialoga con Blanchard. (Reuters)
Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal de EEUU, dialoga con Blanchard. (Reuters)

Ello funcionaba, no obstante, en dos direcciones. Blanchard pidió a los 100 economistas que investigaban para el FMI que se centrasen en cuestiones inmediatas y les puso fechas límite para entregar sus propuestas. Además, estas debían ser más rigurosas y, sobre todo, más claras. Ese es precisamente uno de los puntos fuertes de la visión económica del francés: como señala el artículo del medio estadounidense, “lo que distingue a Blanchard de otros economistas es su habilidad para simplificar los problemas aparentemente complejos”.

Un artesano entre fanáticos

Blanchard aprendió una de las lecciones intelectuales más importantes de su vida en el París de mayo de 1968. Un período increíblemente “apasionante”, pero que también desveló la incapacidad de ponerse de acuerdo entre los maoístas y los trotskistas, a pesar de compartir objetivos no tan diferentes, algo que sólo conducía a la improductividad. En la década siguiente, Blanchard vería cómo estas confrontaciones se reproducían en el ámbito académico. Por aquel entonces, la discusión estaba enfocada en “abstracciones altamente matemáticas y retórica marxista, con muy poca conexión con la realidad”. El francés quería seguir siendo riguroso, pero también, acercar la economía al mundo real.

Algunos de los ataques que Blanchard recibió, por ejemplo, se produjeron a causa de una columna en 'The New York Times' en 1981 en la que señalaba que el déficit federal estadounidense no era tan grande como se pensaba, una asunción que había llevado a Ronald Reagan, el flamante presidente, a plantear cuantiosos recortes. Una tesis semejante a la que años después seguiría manteniendo al frente del FMI. Por aquel entonces, las dos grandes tendencias económicas se mostraban o a favor de la asunción de que el mercado se regula a sí mismo, por lo que pueden diseñarse modelos consistentes y lógicos, o a favor de que el mercado tenía ciertas imperfecciones que debían integrarse en todos los modelos macroeconómicos.

Llegó a publicar un estudio en el que aseguraba que “la macroeconomía va bien” seis semanas antes de la caída de Lehman Brothers

Una confrontación que Blanchard llegó a comparar explícitamente con las luchas intestinas en el comunismo: “Era religión, igual que los maoístas y trostkistas en París”, explicaba. “Pero siempre he intentado alejarme de eso”. El consenso sólo empezó a vislumbrarse a finales de la pasad década. De hecho, en agosto de 2008, el francés llegó a publicar un estudio en el que aseguraba que “la macroeconomía va bien”, seis semanas antes de la caída de Lehman Brothers. Un nuevo giro de la situación que sugería que el modelo había sido demasiado racional (y los mercados, como la gente, se comportan de manera imprevisible) y que un pequeño shock puede causar una reacción en cadena de consecuencias imprevisibles.

Mientras que cada vez es más común que en la economía se alcance la fama académica gracias a la especialización en áreas muy concretas, Blanchard hizo lo contrario, aprendiendo un gran número de materias diferentes, algo que, asegura 'The Washington Post', le ha alejado de conseguir el Premio Nobel. Pero más importante aún quizá sea su posición en el mundo de la economía, permanentemente dividido por las confrontaciones ideológicas, y que bien puede resumirse en la siguiente frase: “No soy un gurú o un mago. Me considero un artesano”.

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