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El campesino catalán que quiso atentar contra el Fernando el Católico
  1. Alma, Corazón, Vida
un sólo camino para la ausencia de justicia

El campesino catalán que quiso atentar contra el Fernando el Católico

Era un viernes al mediodía y Fernando el Católico había salido por la escalinata del antiguo palacio Real Mayor en el intramuros de Barcelona. Entonces alguien se abalanzó sobre su cuello

Foto: Representación del atentado en el Dietari de l'Antich Consell Barceloní, vol. III.
Representación del atentado en el Dietari de l'Antich Consell Barceloní, vol. III.

Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre.

Platón.

Era el siete de diciembre de 1492. En ese año habían ocurrido hechos trascendentales y la futura España emergía con fuerza tras el fabuloso descubrimiento –para occidente–, de aquel virtuoso de los sueños llamado Cristóbal Colón. También, se había conseguido desalojar tras una fatigosa lucha secular llena de altibajos, a nuestros particulares okupas domésticos, los árabes. El solar patrio, a veces convertido en bullicioso kindergarden donde las trifulcas vecinales estaban a la orden del día, parecía agostar y remitirse a un tiempo nuevo. Una pareja de reyes visionarios ocupaban el sitial más alto y despuntaba un escenario prometedor.

Era un viernes al mediodía y Fernando el Católico se disponía a hacer un receso con su guardia de corps y para ello había salido por la escalinata del antiguo palacio Real Mayor en el intramuros de Barcelona, hoy bastante irreconocible por la urbana depredación del progreso.

De forma súbita, un golpe inesperado y mortal de necesidad por la contundencia y recorrido del mismo, se abatió sobre el sorprendido monarca y su cortejo. Quiso el caprichoso destino que la regia testa portara en ese momento un grueso collar que de manera providencial desviaría la fatal trayectoria de la espada malintencionada. Pero el rey se desangraba de manera escandalosa, y aunque afortunadamente el tajo no había interesado las zonas más vitales del cuello del monarca, el pronóstico era más que preocupante. Mientras tanto se había conseguido reducir al airado agresor, que no era otro que un iracundo campesino harto de los abusos de la nobleza local. Éste, a falta de una justicia digna de tal nombre, había decidido cortar por lo sano.

Argumentaba este desamparado del destino, que el propio Espíritu Santo había sido el mentor de sus actos

Era el infortunado, un iluminado de nombre Joan de Canyamars, payés de la remensa (jornalero sometido a su señor en condiciones de semiesclavitud), que sobrepasado por los atropellos de la mal llamada nobleza, se había tirado al monte tras la represión de los campesinos catalanes en su lucha por abolir la ominosa servidumbre feudal a la que estaban sometidos. Peinaba canas y era de complexión muy robusta, aunque las arrugas y una ligera cojera, delataban a un sujeto cansado y de vuelta de la vida. Era un hombre sin vanidad ni afán de protagonismo que solo conocía un camino ante la patente ausencia de justicia.

Sometido a un severo interrogatorio–se le creía integrante de una conspiración más amplia–, le descolocaron algunos huesos durante la exploración de sus motivos. Argumentaba este desamparado del destino, que el propio Espíritu Santo había sido el mentor de sus actos. Tras negar sinceramente este protoanarquista toda vinculación con cualquier movimiento concertado, se le torturó lo suficiente como para mantenerlo vivo, y si no se llegó más lejos fue porque el propio rey dio órdenes estrictas de que no se le diera el finiquito.

Una revolución abierta

Mientras la ciudad estaba en vilo por las malas nuevas y la reina protegía al infante Don Juan con una nutrida fuerza de aragoneses y castellanos, el Cardenal Mendoza imponía cordura en la abrumada población. La reina Isabel, una reina potente donde las haya, ya había dado instrucciones de estado para tomar las riendas en el caso de que un mal viento se apoderara de su marido. Incluso en el puerto tres veloces galeras estaban preparadas para una evacuación de emergencia. Afortunadamente el aliento divino estaba del lado del rey.

Los esmerados interrogadores de Canyamars llegarían a la conclusión de que se le había ido la pinza al sujeto, o lo que es lo mismo, que estaba de atar. Pero el problema era otro. Fernando no había prestado atención a los catalanes desde su última visita en 1581, esto es, hacía once años. Los desequilibrios sociales y la situación económica se habían deteriorado sensiblemente. El colectivo al que pertenecia Canyamars, los llamados payeses de remensa, eran extenuados campesinos que habían luchado a lo largo de toda la centuria del siglo XV por abolir los “malos usos” que los tenían esclavizados literalmente a sus señores feudales.La onerosa humillación de tener que pagar la remensa para abandonar libremente las tierras del señor que los atribulaba de por vida, era la gota que colmaba el vaso .

Finalmente se le arrancaría el corazón y se le aplastaría la cabeza con una maza descomunal para arrancarle finalmente los sesos

Tras apoyar al monarca aragonés en la guerra civil (1462-1472) que este sostenía contra la nobleza levantisca, los remensas sufrieron un corte de mangas por parte del rey a la conclusión del conflicto. El hartazgo de estos desheredados devino en revolución abierta cuando reclamaron las promesas incumplidas y no satisfechas.

Convencidos de que el magnicida era un orate en fuera de juego con los tornillos un poco sueltos, el rey Fernando pediría clemencia para el desgraciado, pero el Consejo Real no pensaba lo mismo por lo que se consideró al descarriado sujeto de alta traición y, en consecuencia, fuecondenado a ser descuartizado sin más preámbulos.Había que mandar al populacho el mensaje de la gravedad de una acción contra el poder real. Cinco días después del atentado y en estado semiinconsciente, sería portado en andas hasta un fúnebre carromato. El pueblo aletargado viviría de manera festiva el expolio de la dignidad del reo, que nunca vería en su acción lo que probablemente no era otra cosa que un acto de justicia social.

La comitiva se detuvo en primera instancia haciéndola coincidir con el lugar del atentado. En las escalinatas de la Plaza del Rey, se le cortaría al reo una mano y el brazo que había blandido toda la ira del desesperado. Doscientos metros después, se le sacaría un ojo a cuchara y ante la demanda de más espectáculo por parte de la masa lega, el verdugo en un acto de generosidad inusual, le corto la otra mano y el brazo restante a la altura del hombro. Huelga decir que el pobre desgraciado no estaba para muchos trotes.

A la altura del Portal Nou, en la zona aledaña a las murallas orientales, el espíritu de Canyamars, ya había abandonado su mancillado cuerpo en dirección a la gloria. Pero había que rematar la faena. Cerca de dos millares de los congregados a aquella ceremonia del horror, se harían diligentemente con las piedras del camino, no con ánimo de hacerlo transitable, no, sino para lapidar los restos de aquel hombre que solo quiso canalizar su desesperación tras una vida luchada y miserable. Finalmente se le arrancaría el corazón y se le aplastaría la cabeza con una maza descomunal para arrancarle finalmente los sesos. Con una carnicería de esa magnitud, parece que quisieran matar al interfecto una docena de veces, pero su memoria aún sigue viva entre los payeses catalanes.

Canyamars quedaría silenciado en el anonimato entrevelado de la historia. Fernando II de Aragón la trascendería. Ironías del destino.

Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre.

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