la sombra de un poder que pudo dominar Europa

Fernando el Católico: el animal político de la España naciente que inspiró a Maquiavelo

Es muy importante comprender quien pone en práctica la violencia: si son los que la provocan  o los que luchan contra ella.Julio Cortázar.La política, como todo

Foto: El actor Rodolfo Sancho interpreta el persona de Fernando El Católico en la serie Isabel. (RTVE)
El actor Rodolfo Sancho interpreta el persona de Fernando El Católico en la serie "Isabel". (RTVE)

Es muy importante comprender quien pone en práctica la violencia: si son los que la provocan o los que luchan contra ella.

Julio Cortázar.

La política, como todo aquello en que interviene la imaginación, es un arte. A veces es un arte infernal para los que la padecen o, como en el caso de la España inicial y embrionaria del siglo XVI, una obra magistral y meritoria dirigida por una aguda, singular y privilegiada mente, referencia de lo que debería de ser la alta política de salón y espada al alimón, dicho esto sin demérito hacia sus inmediatos sucesores.

Cuando ya el tiempo se le iba de las manos y las cartas se tornaban desfavorables por el acumulado de adversidades, Fernando el Católico, posiblemente el animal político más preclaro de la proto-España naciente, emergió de su forzoso retiro para volver a encumbrarse en la gloria o el sitial de los grandes. No en vano, era el icono de Maquiavelo y su inspiración en El Príncipe.

Fernando el Católico realizó hazañas extraordinarias que provocaron el estupor de sus súbditos y adversarios a la par

Fernando había conseguido a partir de una potencia periférica, proyectar la sombra de un poder que podía llegar a dominar Europa. Realizó hazañas extraordinarias que provocaron el estupor de sus súbditos y adversarios a la par, como fichas de dominó, iban cayendo Nápoles, los franceses huían despavoridos de sus posesiones transalpinas mientras el Gran Capitán les vapuleaba en un paseo militar, las plazas en Berbería, Granada, Navarra, etc. Pero a su acción ilimitada le faltaban los años de complemento para fortalecerla. Se hacía viejo y la puerta giratoria, como es sabido, es de entrada y salida.

Pero mientras tanto, Isabel de Castilla, Isabel la Católica, su fiel y pragmática compañera de fatigas, se iba. En Medina del Campo era el año del señor de 1504 cuando la reina exhalaba su último suspiro.

El fallecimiento de esta extraordinaria mujer, referencia de bien hacer y sabiduría política, dio al traste con las aspiraciones del reino “universal” que perseguía Fernando en su inteligente política de expansión. Como castillo de naipes, aquella pretendida grandeza, de repente, se encogía  de manera drástica.

Un cajón de sastre

Para entonces, Felipe el Hermoso, el antagon del rey aragonés, se convertiría para su regocijo en rey de los castellanos, habida cuenta de los esfuerzos por descalificar a la muy castigada Juana “la Loca”, cuyo inmerecido apelativo, no hacía honor a la verdad y solo beneficiaba a oscuros intereses instalados en la tramoya de la época. Además, para colmo de males, Juana estaba enamorada hasta el tuétano del crápula de su maridito que al parecer era bastante apuesto aunque muy escorado por un ego de buen calibre.

Pero el hábil Fernando era un cajón de sastre lleno siempre de sorpresas. Con nuevos bríos, conviene en hacer las paces con el previamente vapuleado Luis XII de Francia, del que se hace amigo de toda la vida. Claro está que tenía otro objetivo en mente.

Germana de Foix.
Germana de Foix.

Una primorosa criatura de diecisiete añitos, de nombre Germana de Foix hecha por el creador a la medida de los más exigentes ojos, cae rendida en brazos del madurito rey, eso sí, previo pago de la modesta cantidad de un millón de ducados que dejaron el camino expedito y al rey galo balbuceando durante el proceso contable. Germana, sobrina del rey francés, hace las delicias del aragonés al tiempo que éste lucubra sobre cómo aplicarle un correctivo a su yerno. Pero en estas, va el presuntuoso mujeriego que le había hecho la vida imposible a la inestable Juana y, a la primera de cambio, se queda de cuerpo presente. Corre el rumor de que la larga mano de Fernando pudo haber llegado a sobrecargar una copa con algún brebaje definitivo. Otros historiadores comentan que después de una desenfrenada actividad horizontal, el interfecto agarró una neumonía de campeonato resultante de los coletazos postreros de la Peste Negra.

Para entonces, Fernando estaba en Italia gastándose los dineros de los castellanos financiando al todopoderoso ejército de Fernando de Córdoba, el Gran Capitán, con el cual mantenía algunas diferencias financieras habida cuenta de que el militar era muy generoso con sus soldados y su faltriquera no parecía tener fondo.

Mientras tanto, el aragonés, más contento que nunca –no hacía más de un año estaba contra las cuerdas–, asume la regencia de Castilla y de paso envía a su hija Juana a vestir santos a un castillo de Tordesillas que la desgraciada criatura tuvo a mal habitar durante más de cincuenta años hasta su muerte en 1555. Vamos, un cúmulo de circunstancias con cierto tufillo sospechoso. No hay que olvidar que el futuro emperador Carlos V en aquel entonces, era un chaval de tan solo seis años y no daba la talla como para ponerse la egregia capa de los grandes.

Frenética actividad bélica

Al verse dueño y señor otra vez de las vastas posesiones peninsulares y mediterráneas y con el valor al alza de los descubrimientos hacia el oeste, estaba el hombre que no cabía en sus zapatos. Ya seguro de sí mismo, hizo una limpia de opositores (los que le habían dado la espalda a la muerte de Isabel), activó La Inquisición y la puso a funcionar a pleno rendimiento.

La tierna Germana de Foix se había empeñado en darle un hijo al recio aragonés, pero a resultas del ímpetu puesto en la tarea, el rey se estaba quedando en los huesos

En esta etapa negra, se llevaría por delante a más de un millar de judeoconversos que pasaron a regañadientes por las hogueras que profusamente comenzaron a poblar los suelos de Andalucía. Lucero el tenebrario, inquisidor nombrado a tal efecto para llevar a buen puerto la depuración de aquellos díscolos que habían osado enfrentar al rey, se excedió tanto en sus habilidades, que llegó a meter en la trena a fray Hernando de Talavera, arzobispo de Granada y confesor de la reina. Afortunadamente, este hombre santo donde los haya y de probada austeridad a la par que dadivoso con los desgraciados, se murió de un infarto súbito y no tuvo que pasar por el oneroso fuego purificador que le había preparado el majadero inquisidor.

Entretanto, el rey Fernando no perdía el tiempo en mientes y desarrollaba una frenética actividad bélica. Envió al Cardenal Cisneros a llamar la atención a los belicosos adoradores de Allah –que al parecer estaba dormitando bajo la solanera africana–; pues en Mazalquivir y el peñón de Velez de la Gomera los desalojó expeditivamente sin muchas contemplaciones, poniéndolos en fuga hacia el profundo desierto. No contento con esto, y siguiendo las últimas voluntades de su otrora adorada reina Isabel, que dejó testado que al islam había que perseguirlo sin fatiga allá donde estuviera; se les antojó conquistar la inexpugnable Oran desembarcando más de quince mil bragados soldados que habían combatido a las órdenes del Gran Capitán en la bota itálica. El resultado es que la escabechina fue monumental y la ciudad parecía un matadero. Los sitiados pidieron clemencia pero el Cardenal no estaba para muchas gaitas.

Fernando el Católico retratado por Michel Sittow.
Fernando el Católico retratado por Michel Sittow.

En la península y para no estar ocioso, Fernando le aplicaría un severo correctivo al desafortunado marques de Priego, algo carente de luces el sujeto, al cual no se le había ocurrido otra cosa que meter en cintura a un ministro del rey y de paso, encarcelarlo. Montó en cólera el aragonés y prendió fuego al señorío del osado aristócrata que salvó el pellejo de milagro. Un aviso a navegantes.

Cada vez más, Cisneros era el protagonista estelar en las largas ausencias del rey. La tierna Germana de Foix se había empeñado en darle un hijo al recio aragonés, pero a resultas del ímpetu puesto en la tarea, el rey se estaba quedando en los huesos, no se sabe si por la persistente acción horizontal de la princesa francesa o por los brebajes que ésta le suministraba para potenciar su decadente virilidad.

El caso es que, ya fuera por el estricto régimen de frenesí sexual al que Germana había sometido al viejo rey o por las secuelas de las pócimas que la crédula criatura le proporcionaba para revitalizarlo, un buen día de enero del año 1516 lo perdió de vista definitivamente. Una nefritis aguda le había dejado los riñones en fuera de juego.

En el entreacto, y hasta la llegada desde las brumosas riberas del Rin de Carlos V, el ínclito Cisneros se quedaría al mando de aquella emergente potencia imperial engendrada y aliñada por dos de los reyes más grandes que ha dado la historia de nuestro país .

España, suma y sigue.

Alma, Corazón, Vida
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