UNA REFERENCIA MORAL

Sí, siempre pagan los mismos: Goya, el cirujano de nuestra alma española

La lucha fratricida entre españoles, hiere profundamente a este cirujano del alma patria en un momento en que las posiciones encontradas entre liberales y absolutistas, eran irreconciliables

Foto: Autorretrato de Francisco de Goya.
Autorretrato de Francisco de Goya.

“Los ricos cometen pecados. Los pobres, delitos”.

Andrés Rábago, “El Roto”.

El 16 de abril de 1828, una severa tristeza y otros elementos que no ayudaban mucho a mantenerse dignamente en pie, tumbarían allende el calor del solar patrio y tras un largo duelo, a uno de los titanes de la pintura española. Francisco de Goya y Lucientes se llamaba, y como Goya ha quedado en la memoria de la posteridad.

Su obra es un calco del convulso periodo histórico en el que vivió –la terrible Guerra de la Independencia–, que con una quirúrgica precisión reflejaría en la serie Los desastres de la guerra, un compendio de las atrocidades cometidas, a la par que una visión exenta de heroísmo donde las víctimas son siempre los mismos, el pueblo llano.

La lucha fratricida entre españoles, hiere profundamente a este cirujano del alma patria en un momento en que las posiciones encontradas entre liberales y absolutistas, eran irreconciliables. Como reflejo del irracional esplendor del horror, pinta algunos cuadros memorables donde la tragedia de un pueblo enfrentado –una vez más– por una cerrazón atávica, deviene en una larga noche oscura.

Su visión recurrente de la muerte como un hecho inevitable refleja su pesimismo penitente

Reflejo de esta dramática inquietud íntima, es su famoso Duelo a garrotazos, en el que vierte la desangrada división de un pueblo valiente, pero miope ante las manipulaciones de sus gobernantes, interesados siempre en que se peguen los de abajo. Una constante en nuestra historia doméstica.

Pintado en la época del ajusticiamiento de Riego por parte de Fernando VII, anticipa premonitoriamente la lucha entre las ‘Dos Españas’ que nuestra pequeña gran nación arrastrará a lo largo de los siglos XIX y XX, primero entre progresistas y moderados, y más tarde con las posturas radicalmente encontradas que desembocarían en el corolario de horrores de la Guerra Civil Española.

Su visión recurrente de la muerte como un hecho inevitable e implacable al que no podemos sustraernos, y el telón de la discordia entre los hombres, como trasunto de casi toda su obra, refleja su clara certidumbre sobre su personal visión alimentada por un pesimismo penitente y confeso.

Detalle de 'El albañil herido'.
Detalle de 'El albañil herido'.

Un pintor osado y original

Goya dibujaba e imprimía series de imágenes insólitas y caprichosas con un sentido último a veces ambiguo, otras coherente y ajustado a una fantasía y a un compromiso ideológico único e irrepetible a caballo de los principios de la Ilustración. Su sátira nacida del socarrón baturro que era, fue flagelo infatigable de los gobernantes de aquella encanallada España.

Una estéril aventura italiana más asociada a la valentía inherente a la juventud, lo traería de vuelta al círculo de afrancesados en cuyo seno había una ágil y fluida tertulia con una fuerte retroalimentación. Por esta relación inter pares le vino dado el trabajo en la Real Fábrica de Tapices en la que enfila una etapa fructífera con el resultado contable de 63 extraordinarias obras entre las que destaca por fama El quitasol, El columpio, Merienda a orilla del Manzanares, y una miríada de obras menores que han pasado a la historia por su osadía y originalidad.

De esta época prolífica, destaca el famoso cuadro muñido en 1787, El albañil herido, Goya realiza una de sus obras más conocidas de este período. De formato estrecho y alto, condición impuesta por exigencias decorativas, representa a dos albañiles que trasladan a un compañero herido probablemente tras la caída de un andamio.

Los graves problemas de comunicación que la sordera le ocasionara, derivarían en un Goya introvertido, circunspecto y huraño

Años más tarde y por encargo de la Duquesa de Osuna, una composición similar pero más ajustada a la sensible aristócrata, cambia el dramatismo por la ironía, al sustituir al lesionado currante por un borracho de cara manifiestamente impregnada por los vapores etílicos. No cabe duda de que la temática de la versión inicial no era adecuada para la exquisita y remilgada duquesa.

El 18 de marzo de 1785 se hace la luz y un viento de desahogo lo convierte en pintor de cámara en la corte de Carlos III y más tarde de Carlos IV. Cerca de 15.000 reales anuales actúan como un ansiolítico que aleja el fantasma de la pobreza.

Como retratista de la familia real y de la aristocracia madrileña, retrata en algunas de sus obras más valoradas no exentas de sarcasmo, a La condesa de Chinchón o las famosas La maja vestida y La maja desnuda. Dice la a veces maledicente leyenda popular, que las dos últimas podrían representar a la duquesa de Alba, quien habría mantenido con el artista una relación harto fogosa y subida de tono.

Pero el mal fario le asaltó un día de esplendido sol sevillano.

'Fusilamientos del 3 de mayo'
'Fusilamientos del 3 de mayo'

Una realidad grotesca

Se ha especulado en múltiples ocasiones sobre cuál fue la sordera de Goya. Los mejores facultativos de la época no coincidían en el diagnóstico. Hay quienes decían que el mal tenía connotaciones venéreas –bien es cierto que el maestro era algo zascandil y le gustaban las francachelas–, otros lo adjudicaban a secuelas de una trombosis, los más, al síndrome de Menière, que está relacionado con problemas del equilibrio y del oído. Más recientemente se ha creído que podría haberse intoxicado con algunos de los componentes de las pinturas que usaba.

El caso es que los graves problemas de comunicación que la sordera le ocasionara, derivarían en un Goya introvertido, circunspecto y huraño. El pesimismo lo llevó a crear representaciones de una realidad deformada y grotesca en muchas de sus posteriores pinturas; una forma de realidad alternativa en la que el pintor se refugiaba ante el flagelo del dolor y la decepción ante los sarcasmos de la vida, ante la suma de restas, ante las muertes vividas.

La artera invasión de España por las tropas napoleónicas en 1808, deja al artista en una situación delicada

Es en 1799 cuando el  pintor concluye la increíble serie de grabados Los caprichos, ochenta y dos aguafuertes que retratan a través de una crítica feroz a la sociedad civil y religiosa de la época. En esta serie se incorporan estremecedores, algunos personajes extraños y macabros que acabarán protagonizando las obras posteriores del maestro. En la ermita de San Antonio de la Florida, en la capitalina Madrid, realiza una de sus innumerables obras cumbre, los frescos, obra de un  impacto visual inusual.

La artera invasión de España por las tropas napoleónicas en 1808, deja al artista en una situación delicada, ya que mantiene su puesto de pintor de la corte con el bienintencionado tragaldabas de José Bonaparte. Pese a todo, en un ejercicio de alambicado funambulismo, no se privó de plasmar los horrores de la guerra en obras como El 2 de mayo y Los fusilamientos del 3 de mayo, que reflejan con un dramatismo casi irreal para poner distancia con el horror, los acontecimientos de aquellas fechas en Madrid. En los sesenta y seis grabados de Los desastres de la guerra (1810-1814), atestigua las atrocidades cometidas, poniendo el acento en la crueldad de la guerra, expresando la impotencia de un alma humana expoliada de su derecho al más íntimo y animal grito.

Estas obras tan desgarradas son un precedente estético y temático cuya universalidad hoy pervive. Quizás Goya sea el primer impresionista por su clara vocación de deformar la realidad hasta aislarla en una burbuja espacio temporal mágica, a la par que incomprensible. O, quizás, fuera simplemente un romántico vivamente impresionado…

El Borbón bufón, Fernando VII, que había mostrado sus posaderas con ambiguas intenciones en Bayona al perillán de Napoleón, quiso mostrarse autoritario con el desengañado pintor tildándolo de colaboracionista. Llamado a capitulo por el reyezuelo, Goya, una luminaria y referencia moral en medio de un país poblado de islas de mentes, amargado e injustamente vilipendiado, entraría en la guarida de su Némesis cabizbajo y con el aliento entrecortado intuyendo la que se avecinaba. Se retirará en 1815 a cargar su paleta ya sin luz, con personajes macabros y terroríficos que emergen como anunciantes bardos negros un juicio final adelantado.

Se trasladaría en 1824 a Burdeos, donde residió hasta su muerte cultivando la pintura y el grabado con fruición. Probablemente La lechera de Burdeos ilustra la evolución del genio hacia una concepción adelantada y vanguardista que anuncia el impresionismo. Su obra, de gran libertad técnica y brillante ejecución certifica sin duda alguna, su inmortalidad.

Alma, Corazón, Vida

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