a pablo neruda y su memoria

Un padre para los refugiados republicanos y la diplomacia tras la Guerra Civil

El autor de la frase “podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera”, Pablo Neruda, se embarcó en 1939 en un reto que le sobredimensionó

Foto: Pablo Neruda fue cónsul en Barcelona y Madrid durante los años 20.
Pablo Neruda fue cónsul en Barcelona y Madrid durante los años 20.

Las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Bertolt Brecht

La idea de que la mayoría tiene la razón se basa en la creencia nacida en la ilustración de que el individuo es capaz de pensar por sí mismo y por extensión, de que lo que muchos piensan es más probable que sea más cierto que aquello que piensan unos pocos. Esta definición encierra no pocas contradicciones, pero se ha sostenido en el tiempo con diferentes disfraces. Ello no es óbice para que la opinión masiva acabe arrastrando toda traza de pensamiento autónomo y se traduzca en un nuevo despotismo o totalitarismo.

En el escenario de la Guerra Civil española, en aquella colisión entre hermanos tan fielmente anticipada por Goya en su Duelo a garrotazos –uno de la serie de catorce de su época negra–, la memoria colectiva de posguerra debidamente adocenada y las herencias impuestas por la doctrina oficial, nos han hecho creer que en aquel enfrentamiento, en aquella desbordada riña tumultuaria, el odio se había enseñoreado cual pandemia del luctuoso panorama patrio. No fue así siempre y además es un atentado contra la verdad.

Miles fueron las personas que escondieron a adversarios políticos durante la noche más oscura de nuestra historia

Aunque el terror paralizante de la inmisericorde ira desatada por una ínfima parte de la ciudadanía e instituciones muy señaladas contra la otra parte prevaleciera; multitud de hombres y mujeres de bien en los dos bandos actuaron con riesgo para sus vidas y en consonancia con sus principios, fueran estos los que fueran, con elevadas miras ante aquel enorme despropósito. Miles fueron las personas que escondieron a adversarios políticos durante la noche más oscura de nuestra historia y que salvaron a su vez a otros miles de pasar por paredones falangistas, “paseíllos” sin cuento o checas de toda laya.

El famoso periodista e historiador vocacional Manuel Chaves Nogales, enorme relator del horror de aquella contienda y hombre de una humanidad de altura inconmensurable, tiene varios relatos que hablan de aquellos españoles que en la hora triste de los nudillos en la puerta a medianoche, dieron pruebas sobradas de entereza ante la fúnebre oscuridad que todo lo invadía .

Entre esos miles de españoles ilustres, como el general Batet, tolerando abiertamente el flete de embarcaciones en Canarias por aquellos que huían de la carnicería en ciernes en dirección hacia el remoto oeste sudamericano; o las contundentes intervenciones del recordado delegado de prisiones de la República, Melchor Rodríguez, en defensa de los sediciosos encarcelados en Madrid, la valiente actitud del general católico Antonio Escobar al mando de la Guardia Civil luchando a brazo partido en Barcelona contra la parte más radical de la CNT, que pretendía seguir con su ofensiva de incendios y saqueos de instituciones religiosas, y otros coherentes comportamientos de anónimos cristianos, comunistas o libertarios con valores universales ajenos a las ideologías; destacaría un poeta de raza por su implicación en la salvación de miles de españoles que huían del horror.

Un reto sobredimensionador

Sin apriorismos ni simplificación entre buenos y malos, aquel enorme despropósito enterraría en vida la conciencia de varias generaciones de españoles, tanto entre  los ganadores, por la inaceptable y desproporcionada represión de la posguerra, como entre los perdedores por la tremenda expropiación a la que fueron sometidos.

El autor de la célebre frase “podrán cortar todas las flores / pero no podrán detener la primavera”, el inmenso poeta Pablo Neruda, se embarcó allá por 1939 en un reto que le sobredimensionó como ser humano.

Un barco no concebido para el transporte de personas, un carguero clásico, el Winnipeg, estaba agostado en el muelle de Trompeloup en el estuario de la Gironda. Un numeroso grupo de  técnicos habían hecho lo indecible para que las escasas comodidades permitieran una más funcional convivencia entre sus peculiares pasajeros. El acondicionamiento se había hecho en un tiempo récord trabajando día y de noche en varios turnos, y aunque el resultado no fuera una obra de arte, no podía ser más satisfactorio.

Más de dos mil quinientos viajeros, buscando la bandera de un tiempo nuevo, entre ellos trescientos chavales de corta edad, habían sido arrancados al cruel destino de los refugiados que habitaban algunos de los campos de internamiento en los que se concentraban los perdedores de la Guerra Civil española. Desnutrición, tristeza, cuerpos famélicos y un futuro incierto, era el bagaje de aquellos desheredados.

Al estallar la Guerra Civil española, Pablo Neruda se entera de que refugiados republicanos españoles se encuentran en campos de concentración franceses hacinados y en situaciones misérrimas. Hambre, enfermedades, maltratos, vejaciones y toda la panoplia de agregados inherentes a los vencidos, están presentes en los dantescos campamentos de refugiados en los que Francia albergó el último aliento de aquellos hombres y mujeres, hechos estos ampliamente documentados por la Cruz Roja y comprometidas autoridades francesas. El gobierno galo estaba desbordado.

Las criaturas que eran paridas venían a un mundo desolador, muchas de ellas agonizantes antes de ver la luz

Al final de la Guerra Civil española, en la última gran oleada, más de medio millón de refugiados y entre ellos una gran parte del ejercito fiel a la República habían cruzado los pirineos en un tránsito de pesadilla. Antes de la conclusión de aquel despropósito que regó de horror el suelo patrio, trescientas mil personas habían abandonado la lacra de la guerra en dirección a Méjico, Argentina, Chile, Rusia y otros países de asilo. Si a eso le sumamos  los más de seiscientos mil muertos en los frentes de combate durante aquel infame episodio, y los caídos por hambre, enfermedades y patologías de comorbilidad agregadas en retaguardia, cuyas cifras más aproximadas (Preston Hughes) oscilan alrededor de las trescientas mil; estaremos hablando de la mayor tragedia en la historia de nuestro país. Y todo por un puñado de incompetentes…

Las condiciones de vida en estos campos de concentración eran lastimosas e infrahumanas. En la mayoría, no había techado ni las mínimas infraestructuras con que protegerse, las letrinas eran insuficientes y la disentería campaba por sus respetos. Las criaturas que eran paridas venían a un mundo desolador, muchas de ellas agonizantes antes de ver la luz.

Pedro Aguirre Cerda.
Pedro Aguirre Cerda.

El Presidente chileno en aquella época, Pedro Aguirre Cerda, sabedor de los antecedentes de Neruda como Cónsul en España en una etapa anterior y de sus contactos en la península, le insta como alto comisionado especial de emigración a implementar urgentemente medidas paliativas para arrebatar de aquel terrible escenario a aquellos condenados. Además, lamentablemente, casi todos los requeridos para este viaje hacia la libertad, eran parte de la flor y nata intelectual que escapaban de la noche que se avecinaba, aunque bien es cierto que Pablo Neruda en su encomiable ecuanimidad distribuyera justicia para que todos los sectores que configuraban aquel universo de desgracia estuvieran representados de manera equilibrada .

Con la ayuda del embajador republicano español Rodrigo Soriano; la colaboración entregada de su compañera Delia del Carril y de docenas de artista franceses se ponen manos a la obra. Muchos detalles quedaban por rematar y aunque el plan seguía su rumbo, la meticulosa organización de la que el poeta había hecho gala comenzaba a dar frutos. La inquina de la derecha francesa no cesaba de flagelar a los expedicionarios con invectivas de todo tipo. El tema de los exiliados en Francia escoraba cuando se trataba de sus cacareados principios en los momentos cruciales. Pero en Trompeloup todo estaba preparado para que el Winnipeg levara anclas.

El despertar del sueño

Este empecinado humanista de brazos abiertos había rascado bolsillos anónimos unos, conocidos otros. Había buscado más partidas en el presupuesto del gobierno chileno para dotar a los viajeros de más comodidades sanitarias y alimentarias; hasta su personal riqueza  estaba empeñada en aquella apuesta.

Además, una enorme colecta entre adscritos al PC Francés y otra en Chile que cubría las necesidades de los refugiados por más de seis meses proporcionaban tranquilidad a la impecable organización que el poeta y sus colaboradores habían desarrollado sin desmayo para llevar a buen puerto aquella titánica apuesta.

La memoria del sueño que fue la II República Española quedaba confundida en la estela del carguero

Una pequeña mesa soportada por dos caballetes hacía las veces de despacho provisional. Ahí, Neruda y sus allegados iban tomando nota de los nombres y datos adicionales del pasaje al tiempo que reportaban información y pagaban a los suministradores. Dadas las ordenes pertinentes para embarcar, a los seleccionados les quedaba el trámite de obtención del visado para entrar en el país, acción esta que quedaba de la mano del Cónsul general de Chile en Francia. Finalizado este filtro, todos eran sometidos a un reconocimiento médico. Un certificado que descartase que sufrieran enfermedades contagiosas era imprescindible para acceder al barco.

Finalmente llegó el alba del ocho de agosto y la angustia pasada en los tres años anteriores se iría diluyendo en el ancho mar lleno de promesas. La memoria del sueño que fue la II República Española quedaba confundida en la estela del carguero.

El Winnipeg arribaría a las costas de Valparaíso en Chile el día 3 de septiembre de 1939, culminando así una odisea que había arrancado con más voluntarismo que posibilidades, en la mente de un grande por derecho propio.

A Pablo Neruda se le pueden adjudicar aquellas estrofas de otro grande de la palabra, Walt Withman que rezan así:

“Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre...”

A Pablo Neruda y a su memoria.

Alma, Corazón, Vida
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
8 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios