LOS JÓVENES NO TIENEN QUIEN LES DEFIENDA

No, la culpa no es de los videojuegos

Cada vez que se produce un suceso trágico, analizamos con lupa la personalidad del asesino. Pero sólo en el caso de los jóvenes criticamos su modo de vida, que tachamos de violento y pernicioso

Foto: El instituto en el que el menor asesinó a un profesor. Efe/ Toni Garriga
El instituto en el que el menor asesinó a un profesor. Efe/ Toni Garriga

Un individuo al que incluimos en un determinado colectivo comete un crimen brutal. En poco tiempo, los medios de comunicación se hacen eco y tratan de explicar lo ocurrido: ¿la sangrienta acción es un síntoma de la degradación moral que está viviendo el colectivo al que pertenece esa persona? Depende…

Si el individuo en cuestión es una madre que ha tirado a sus hijos por la ventana, un piloto que ha asesinado a ciento cincuenta personas o una médico que ha acabado con la vida de tres inocentes en el hospital en que trabaja, nadie cuestiona los usos y costumbres de sus grupos de referencia. Ningún analista argumentará hoy que el exceso de dibujos animados que se ven obligados a devorar los progenitores influya en el brutal acto que una madre cometió ayer en Toledo. Tampoco hubo polémica acerca de la pérdida de valores morales en el ambiente de la aviación cuando sucedió la tragedia del vuelo 9525 de Germanwings. Ni se cuestionaron las aficiones de los médicos ni el realismo de las ilustraciones de sus manuales el nefasto día en que Noelia de Mingo mató a todo aquel que se puso en su camino.

La forma de vida de los jóvenes

Sin embargo, cuando un menor comete un crimen, empezamos a cuestionar a toda su generación. Miles de personas intentan establecer una relación entre lo que hizo el chico y la forma de vida de “los jóvenes de hoy en día” (Les Luthiers ironizaron ya sobre las connotaciones de esa frase) Se analizan las series que ven los chavales, los videojuegos a los que juegan, sus aficiones, el tipo de ilustraciones que cuelgan en redes sociales, su escala de valores… Da igual que parezca, cada vez más claro, que lo sucedido el lunes sea consecuencia de un trastorno psicótico.

Dan igual los videojuegos: el germen de su violencia puede estar en un dibujo del libro de ciencias sociales que el niño interpretó de forma paranoide

Ese diagnóstico sirve para etiquetar a las personas que pierden, puntualmente, el contacto con el mundo real. Cuando alguien sufre ese problema de salud mental, experimenta ideas irracionales que no tienen nada que ver con la lógica que usamos el resto de personas. En ocasiones (parece ser el caso de este niño) llegan a escuchar voces en su cabeza que les “obligan” a realizar ciertos actos. Durante el brote, su pensamiento resulta, para cualquier observador externo, fragmentado, extraño y obsesivo. Son habituales las ideas delirantes, como por ejemplo el paranoico delirio de persecución.

 

Una poderosa distorsión de la realidad

El ambiente que rodea a esa persona es poco importante porque al final queda distorsionado por la forma en que el pensamiento transforma lo que le llega. Es un fenómeno que ocurre con todos los seres humanos –procesamos los acontecimientos según nuestro estado de ánimo o nuestras ideas–. Pero durante un brote psicótico se lleva al extremo: la subjetividad se hace tan potente que convierte en casi intrascendentes los hechos de los que parte. Una conversación trivial escuchada en un programa de televisión puede transformarse, en la mente de una persona que está padeciendo este problema, en un ataque furibundo contra ese individuo.

En un ataque psicótico, una conversación trivial escuchada en la televisión puede transformarse en una agresión furibunda

Cuando la distorsión de la realidad es tan poderosa no tiene sentido analizar con lupa el mundo en el que está viviendo ese individuo. Da igual el tipo de videojuegos a los que sea aficionado: el germen de su odio violento puede estar en un dibujo del libro de ciencias sociales que el niño interpretó de forma paranoide o en el sonido del portero automático de su casa…

La culpa es de los bolos

Curiosamente, si el brote psicótico se da en adultos entendemos perfectamente que los productos de ocio que consume no tienen nada que ver con lo sucedido. Pero en niños, nos cuesta asumir la incertidumbre, esa “insoportable levedad del ser” que supone no poder explicar las causas de un acto brutal. Iniciamos una avalancha de asociaciones irracionales entre aficiones juveniles y lo sucedido. Como ironizaba Michael Moore en Bowling for Columbine, en la matanza ocurrida en aquel instituto faltó echarle la culpa a la partida de bolos que jugaron los asesinos antes del terrible crimen.

Sócrates: “La juventud actual ama el lujo, es maliciosa, malcriada, se burla de la autoridad y no tiene respeto por los mayores

Y en los años sesenta del siglo pasado, el psiquiatra Frederic Wertham consiguió gran éxito en su campaña mediática contra los comics y las películas de miedo, que llegaron a ser prohibidas en ciertos estados de Norteamérica por el riesgo de “incitar a los niños al asesinato”.  

Los jóvenes no pueden defenderse

A lo largo de toda la historia los mayores hemos creído pertenecer a una generación que crece con mejores valores que la siguiente. Nos parece que los “jóvenes de hoy en día” tienen usos y costumbres inmorales que los van a llevar a la perdición. Quizás la sensación sea inevitable. Pero debemos recordar una cosa: nosotros, los mayores, tenemos el poder. Los niños no pueden defenderse escribiendo en medios de comunicación artículos en los que argumenten que sus aficiones son sanas.

El juicio público a la juventud carece siempre de abogado defensor. Quizás por eso nos atrevemos a relacionar los crímenes que cometen los menores con su forma de vida. Si lo hiciéramos con padres, pilotos o médicos, se nos echarían encima miembros de ese colectivo. Los niños, sin embargo, no tienen a nadie que los defienda.

*Luis Muiño es psicólogo.

Alma, Corazón, Vida

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