Qué es comer bien y por qué no lo hacemos, según Espido Freire
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LA BULIMIA, CONTADA EN PRIMERA PERSONA

Qué es comer bien y por qué no lo hacemos, según Espido Freire

En su adolescencia, y durante varios años, Espido Freire sufrió bulimia, un trastorno de la alimentación que por aquel entonces apenas era conocido

Foto: Espido Freire sufrió bulimia cuando era adolescente, y ahora lo cuenta en 'Quería volar'. (Efe/Rebeca Senovilla)
Espido Freire sufrió bulimia cuando era adolescente, y ahora lo cuenta en 'Quería volar'. (Efe/Rebeca Senovilla)

“Empecé a sentir cada vez más malestar hasta que no pude controlarlo. Todo era un caos. Me metí en una espiral tremenda, no había nada que me gustase”. En su adolescencia, y durante más de cinco años, la escritora Espido Freire sufrió bulimia, un trastorno de la alimentación para el cual por entonces no tenía explicación, ni era conocido. “Maduré, introduje una serie de cambios en mi vida, y entonces me di cuenta de lo enferma que estaba”. Atrás quedaban años de atracones de comida, de vómitos a hurtadillas, de vergüenza, inseguridad y, en última instancia, descontrol durante los preciados años de la juventud.

Cuando recuerdo aquel período muevo la cabeza: me siento furiosa, indignada. Ahora, desde mi perspectiva de mujer adulta, quisiera hacer lo posible para prevenir esta dolencia, y para evitar que tantas otras chicas la sufran”, explica Espido en forma de testimonio en Quería volar (Ariel), una reedición ampliada de Cuando comer era un infierno, publicado en 2012. ¿Qué le diría esta Espido a aquella? “Que no me tomara todo tan en serio, que en poco tiempo todo aquello que me parecía tan importante iba a dejar de serlo, y que las cosas ocurren, pero terminan por pasar”, explica a El Confidencial.

Palabras que no sólo están dirigidas a las bulímicas, sino también a las víctimas de otras enfermedades que también ofrecen sus propios testimonios en el libro, como las anoréxicas (“en el momento resulta más cómoda la impulsividad que la racionalidad. Sin embargo, es justamente ahí cuando tengo que intentar pensar en las consecuencias de esos actos”), las bulimaréxicas (“durante cuatro años pasé de extremo a extremo, de la anorexia a la bulimia”), las automutilaciones (“no todas las personas con anorexia o bulimia se mutilan, pero casi todas las chicas que se cortan o queman a propósito sufren algún trastorno alimenticio”) o la ortorexia, la obsesión por comer sano. Freire nos cuenta en primera persona qué ocurre con esta enfermedad “de la que se sale con reconocimiento, terapia y apoyo”.

PREGUNTA. ¿Cómo han cambiado estos trastornos desde comienzos de los 90, cuando los sufrió, 2002, cuando publicó el libro por primera vez, y ahora?

RESPUESTA. Para empezar, el diagnóstico. La mayor parte de personas que estaban enfermas en los años 90 no sabía que lo estaba, sobre todo en los trastornos menos conocidos como la bulimia, la ortorexia, los comedores compulsivos… En segundo lugar, de 10 años a esta parte, aunque transmitiendo muchos tópicos e ideas erróneas, se habla de los trastornos de la alimentación y se sabe que la prevención es parte importante de ellos. En tercer punto, hemos pasado de una sociedad de abundancia y prosperidad a una sociedad en crisis. Es decir, una sociedad que arrastra unos conflictos emocionales y psicológicos distintos, y eso afecta de forma distinta a los trastornos.

P. Se suele decir que son trastornos del Primer Mundo, que nos hemos inventado…

R. En parte es verdad. El trastorno de la alimentación es una respuesta a un problema emocional. ¿Por qué a través del cuerpo y la comida? Primero, porque hay comida, y segundo, porque el canon de belleza es muy determinado: para las mujeres, una delgadez inalcanzable y, para los hombres, una musculación también inalcanzable. En el Tercer Mundo el problema emocional, el miedo, la ansiedad, están, pero se resuelve de manera mucho más directa que en nuestra sociedad, y el canon de belleza no está asociado a la delgadez.

P. Pero, ¿no ha cambiado el canon de belleza a mejor con la aparición de actrices y modelos muy diferentes a las de aquel heroin chic a lo Kate Moss?

R. No. Las actrices están operadas, están a dieta, mantienen un cuerpo absolutamente inalcanzable, y es algo que se ham generalizado. Tenemos una cantidad de imágenes mucho mayor. El fenómeno selfie, es decir, la fotografía accesible e inmediata y que se difunde es de hace unos años. No se ha mejorado, al contrario, se ha extendido la idea de que si uno está gordo o es feo es por su culpa. Por otro lado se ha normalizado que las personas tengan que estar a dieta o pasar por un quirófano.

P. ¿Cómo influye, por ejemplo, un selfie?

R. Uno no sabe que tiene bizquera o tiene la nariz grande hasta que se ve, por mucho que se lo digan. Ahora no es sólo a través de un espejo sino de siete mil fotografías. ¿Cuántas fotos puedes ver de ti mismo a lo largo del día, si quieres? Cuando yo era pequeña, se me sacaban bastante fotos, pero son muy pocas comparadas con las que se sacan ahora. Esos niños tienen una conciencia de su aspecto mucho mayor, para bien y para mal. Cualquier primer plano sin maquillaje ni filtro representa una realidad que no aparece en las fotografías: vello, arrugas… Y te dicen: ‘paga, se puede arreglar’. Cuanto más expuesto estás, más crítico eres, cuanto más crítico eres, mayor malestar. Cuanto mayor malestar, mayor urgencia por solucionarlo.

P. Se suele pensar que sólo unas pocas personas sufren esos trastornos, pero es fácil identificarse con muchos comportamientos de las protagonistas: no cenas porque has comido mucho, vas a picotear a la máquina de vending del trabajo…

R. Si no nos afectara a todos, no había trastorno. Contrariamente a lo que se ha intentado decir, sobre todo con la anorexia, hay un porcentaje de población muy amplio susceptible de padecer un trastorno alimentario. Una anorexia restrictiva pura es muy difícil que se dé; sin embargo, síntomas de compensación o el picoteo compulsivo se ha generalizado. ¿Por qué? Mayor nivel de ansiedad, de estrés, de depresión y accesibilidad de la comida. Si la comida fuese muy cara, es posible que acudiésemos a otro tipo de elementos, pero como si te gastas un euro, te puedes comprar una bolsa de patatas que te quita la ansiedad, el riesgo es mayor. Luego se te dice que eso no está bien. Que te cuides, que estás pecando. Se produce un efecto muy desestabilizador acerca de lo que es comer bien o lo que es adecuado.

P. De un tiempo a esta parte es imposible pensar en un ejecutivo o alguien que ocupe un puerto de importancia que tenga sobrepeso, algo que solía ocurrir en Estados Unidos, pero no tanto en España.

R. No existía una identificación de la delgadez con el poder, pero nunca han existido demasiados gordos en puestos de poder en España. ¿Recuerdas a alguien particularmente gordo en un puesto de relevancia? Los presidentes de gobierno han sido todos delgados. El canon de belleza americano es muy peculiar, tanto para hombres como para mujeres: prima el canon californiano, más deportivo, quizá algo artificial para nuestro gusto. En Europa es menos llamativo, más chic. La asociación de la gordura con unas características determinadas es internacional: bonhomía, buen humor, disfrute de la vida, cierta pasividad, buen humor… Alguien cercano, pero no necesariamente digno de confianza. El perfil más estético es alguien idealista, alguien melancólico, alguien que no necesariamente tiene los pies en el suelo pero que va a trabajar duro por ello. Con las mujeres se complica, por edad y falta de visibilidad. Las que son jóvenes y tienen visibilidad no tienen influencia a nivel social, pero sí emocional: cantantes, modelos… Pero cuando son mayores y obtienen influencia social, dejan de ser modelos de belleza.

P. En el libro habla de las páginas Pro Anay Pro Mia, en las que se apoya la anorexia o la bulimia como estilos de vida. ¿Qué se puede hacer con ello?

R. Son páginas de personas que están enfermas, por lo tanto me da igual que su voluntad sea exhibirse. Si es perjudicial, hay que cerrarlas. No se pueden confundir algunos intereses que estén por medio con ello. ¿Se gana dinero con la anorexia y con la bulimia? Sin duda. Como con la pornografía infantil. Determinadas cuestiones son intolerables. Que haya páginas que propugnen la delgadez es algo en lo que todos estamos de acuerdo que está mal.

P. Es peculiar y llamativo que, aunque los trastornos suelan generar vergüenza y ocultación, muchas de las chicas de estas páginas se exponen con orgullo.

R. Es un secreto, es distinto. Muchas de ellas son jóvenes y llevan a cabo conductas infantiles. Se une el desafío a los mayores con la vergüenza o sentirse incomprendidas y la alegría de encontrar amiguitas. Por eso se habla del club de las princesas o de las mariposas. Si se tiene conciencia de pertenecer a un club secreto y tienen un código común que comparten con otra gente, se van a sentir orgullosas. Hay señales como las pulseras que les permiten reconocerse entre sí, lo cual no significa que no se oculten en su entorno. El refuerzo es muy fuerte porque están dentro de su club, pero es difícil identificarlas desde fuera. Hay que romper esa sensación de unión, porque se pueden reforzar comportamientos que no son normales, como las carreras de perder peso.

P. En la sociedad, el autocontrol y la disciplina son valores muy positivos, algo transmitido tanto de padres a hijos como por las religiones, también las orientales. ¿No es un arma de doble filo?

R. Claro. La religión te dice que los pecados son pérdidas de control: la gula, la avaricia, la lujuria, la pereza, todo a lo que el cuerpo te lleva de forma natural. También un control de impulsos por el bien común: no matar, no herir… Implica una vigilancia sobre ti mismo por tu bien y el bien social. Si no hay una cierta exigencia y un cierto perfeccionamiento, es difícil que consigas tus metas. Todo eso es positivo, en teoría. Si se genera una culpa asociada, aparece la neurosis. Y con ella la depresión y la culpa. Autocontrol hace falta, pero también, capacidad de disfrute.

P. ¿Hemos dejado de tener esa capacidad de disfrute?

R. No sé si se tuvo nunca. En un plano teórico ideal, es posible que algunas personas la tuvieran, pero yo no creo que mis padres o mis abuelos disfrutaran en exceso, salvo en algunas celebraciones en que se permitía un descanso, pero el día a día era duro. Ahora sí podemos elegir nuestro trabajo y tiempo libre. El problema es que tenemos tiempo libre, pero no sabemos qué hacer con él. La sociedad se ha infantilizado, es bastante lógico que un adolescente busque en el exceso una salida y lo asocie al disfrute, pero que lo haga alguien con 30… El exceso es mucho más fácil de redirigir y más rentable que un disfrute más austero. Hay un interés económico muy marcado en que disfrutemos consumiendo, además de que estamos en un entorno mediterráneo donde la comida y la bebida son importantes. Se fomenta mucho el ‘yo tengo y tú no’, en el sistema económico que tenemos montado si te diviertes sin dinero no eres un elemento productivo. Y sin dinero es un poco complicado cometer muchos excesos.

P. Hace relativamente poco, la gordura era signo de buena salud, de riqueza. Pero ahora, como se nota en EEUU, los gordos son los pobres…

R. Comer bien es caro. Más caro que comer mal. La comida basura sigue siendo cara en relación calidad precio pero los productos del supermercado, aunque muchas veces sean baratos, son ricos en grasas, sobre todo en hidratos y azúcares, elementos que engordan. En una sociedad muy urbanizada como la americana, y miedosa, encontrar un espacio para el deporte supone un desembolso. Ahora, con el fenómeno del running, hemos descubierto que con unas zapatillas puedes hacer ejercicio, pero durante mucho tiempo se nos ha dicho que para hacer ejercicio había que ir al gimnasio. Hay una base económica importante en que nos sintamos como nos sentimos con la comida, con el cuerpo y con las emociones. Y precisamente tenemos esos problemas por el prestigio asociado al cuerpo y al poder, por la posibilidad de cambiar en cada momento nuestro aspecto físico.

P. ¿Qué es comer bien?

R. Comer bien implica que tu cuerpo mantiene la salud a través de los alimentos que estás ingiriendo, y que tu cabeza se ocupa de ello únicamente lo imprescindible. Ni más ni menos.

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