discutir es natural y hasta necesario

Las verdaderas razones que se ocultan tras las disputas de pareja

Los conflictos en el seno de la pareja no siempre cuentan con una explicación aparente, sino que se ciñen a aspectos psicológicos difíciles de identificar

Foto: Respetar los espacios y dominios privados del otro miembro de la pareja es fundamental para la buena convivencia. (Corbis)
Respetar los espacios y dominios privados del otro miembro de la pareja es fundamental para la buena convivencia. (Corbis)

Los conflictos en el seno de la pareja no siempre cuentan con una explicación aparente. En ocasiones una discusión puede llegar a enconarse hasta el punto de perder la perspectiva sobre su origen. En la mayoría de ocasiones, las razones ocultas tras las disputas no se ciñen sólo a las deficiencias comunicativas, sino a aspectos psicológicos subyacentes difíciles de identificar. La defensa de la identidad, del territorio personal o del ego son algunas de las fuentes de conflicto más frecuentes, como han señalado los psicólogos de la universidad de París Dominique Picard y Edmond Marc en su ensayo Petit traité des conflits ordinaires (Seuil).

En las relaciones personales, cada uno juega su propio rol, lo que determina sus posiciones y valores: “el verdadero motivo de la mayoría de enfrentamientos”. De este modo, añaden los psicólogos, es inútil buscar un culpable, pues el choque está provocado a partes iguales por la personalidad de los dos miembros de la pareja, independientemente del juicio ético de cada uno. Una situación “normal”, que responde a lo que el sociólogo Erving Goffman denomina “defensa de la identidad”. Discutir, por tanto, es natural, y siempre y cuando no rebasen ciertos límites, no tiene por qué impedir a una pareja seguir viviendo su relación en armonía.

La convivencia se fundamenta en la delimitación de las fronteras del dominio privado y el respeto mutuo hacia ellas

En la convivencia de dos personas es lógico que se den situaciones en las que uno de los miembros de la pareja siente que una acción o comentario del otro pone en peligro su estilo de vida o escala de valores. Un escenario que se agrava aún más cuando hay hijos de por medio y cada uno intenta imponer su filosofía de vida o educar en base a sus principios. Unas fronteras marcadas por cada uno y que, cuando sentimos que están amenazadas o han sido agredidas, nos enfrentamos para tratar de preservarlas. Vigilancia, detección de amenazas y, posteriormente, negociación. Este es proceso lógico de una discusión. Por tanto, las confrontaciones son inevitables y hasta necesarias.

La defensa del “yo”

Conservar la imagen propia, la esencia individual, se convierte así en uno de los factores principales de toda relación humana. Un afán por desarrollarnos como personas que no debe confundirse con la vanidad, ni siquiera con una reacción narcisista. Se trata de “buscar el reconocimiento, el aprecio y la dignidad”, matizan Picard y Marc.

Los “miedos existenciales” surgen cuando creemos que nuestra identidad está en peligro, y sólo como consecuencia secundaria de ello reaccionamos de forma autoritaria, sacamos nuestras envidias a relucir, rivalizamos o nos mostramos competitivos. Reacciones todas ellas que no son más que “formas de lucha para preservar el lugar que hemos decidido ocupar en este mundo”.

Aunque las relaciones se cimientan sobre la base de un contrato implícito de respeto mutuo, solemos caer en la tentación de valorar los conflictos en base a un ganador y a un perdedor

Como explica Goffman en La mise en scène de la vie quotidienne (Minuit), la defensa identitaria puede presentarse en diferentes formas, más allá de la búsqueda de dignidad, que son claves para el desarrollo de las relaciones y, por tanto, es posible que acaben siendo fuente de conflicto. Estas son la necesidad de ser uno mismo, de ser considerado como un individuo único, de ser aceptado por el grupo y de ser capaces de controlar nuestra imagen.

Esta necesidad de control, es decir de procurar que nos vean de forma positiva, por ejemplo, ocultando nuestras debilidades, es también una fuente potencial de conflictos. Por eso, hay que evitar a toda costa dejar en evidencia a la pareja cuando se está en público, pues verá atacada la imagen que ésta trata de proyectar sobre los demás.

La preservación del dominio privado

El dominio privado es una especie de “territorio”, que se refiere tanto a lo material como a lo inmaterial. Por un lado, se tratan de conservar los objetos u espacios propios, que pueden ir desde el cepillo de dientes hasta el escritorio que utilizamos para trabajar. No queremos que nos los toquen porque sólo nosotros estamos legitimados para utilizarlos. Por otro lado, el dominio privado también se vincula con los valores, los pensamientos, los retos o las expectativas. Su defensa no debe asociarse con el simple egoísmo, sino con la integridad y la moral de cada uno.

La convivencia se fundamenta es la delimitación de estos territorios y el respeto mutuo hacia ellos. Aunque están en constante revisión y negociación, y de ahí surgen muchos de los conflictos de pareja, es crucial acabar respetándolos. De ahí que, de repente y casi sin darse cuenta, “mi” cepillo, “mi” escritorio, “mi” copa o “mi” noche de amigos acaben convirtiéndose en normas no escritas.

El verdadero problema surge, según entienden los psicólogos galos, cuando se rompe la cooperación y se trata de imponer un punto de vista único, que no respete el dominio privado del otro. La virtud, dicen, está en el término medio: ni exigir en demasía, ni ceder siempre. Aunque las relaciones se cimientan sobre la base de un contrato implícito de respeto mutuo, solemos caer en la tentación de valorar los conflictos en base a un ganador y a un perdedor.

Alma, Corazón, Vida
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