¿POR QUÉ NOS ATRAE LA INFIDELIDAD?

“El adulterio no es malo, es normal y el engañado debería pedir perdón”

Hoy en día aceptamos casi cualquier tipo de práctica sexual, pero no aceptamos que una persona engañe a su pareja. Es, sencillamente, una canallada

Foto: Todos tenemos tentaciones, pero ¿es lícito sucumbir a ellas? (Corbis)
Todos tenemos tentaciones, pero ¿es lícito sucumbir a ellas? (Corbis)

Según la última encuesta de Actitudes y Prácticas Sexuales del Centro de Investigaciones Sociológicas, realizada en 2008, un 17,2% de los adultos españoles ha tenido en alguna ocasión una relación extramatrimonial. No se trata de un porcentaje muy alto. La mayoría de sociólogos insiste en que la cifra debe ser a la fuerza mucho mayor (como poco del 50%), y podría estar aumentando. Pero, pese a esto, el adulterio sigue siendo la trasgresión más intolerable.

Hoy en día aceptamos casi cualquier tipo de práctica sexual, y vemos con buenos ojos que cada uno se relacione como le venga en gana, pero no aceptamos que una persona engañe a su pareja. Es, sencillamente, una canallada intolerable. Pero, pese a esto, caemos en ella con suma facilidad, y utilizamos cualquier excusa para justificarla. Por algo será.

La infidelidad no es más que el pararrayos de la indignación modernaLa revista The Philosopher Mail, dirigida por el pensador britano-suizo Alain de Botton, ha publicado un artículo sin firma (pero elaborado, como apunta el Twitter del medio por el polémico autor) que bajo el título «Los placeres del adulterio» defiende la impopular práctica sexual.

“Antes de que empecemos a decir que es algo malo”, asegura De Botton, “deberíamos aceptar que también, en algún punto, por un tiempo al menos, y para alguna gente (no todos podemos ser monstruos) tiene que ser profundamente tentador”.  

En el fondo, asegura el filósofo, deberíamos ver el adulterio como algo de lo más normal: “Es profundamente inusual esperar que alguien que ha crecido en un ambiente libre y hedonista, que ha experimentado el sudor y la excitación de las discotecas y los parques en verano, que se ha bañado en imágenes de deseo y canciones de añoranza y éxtasis, de la noche a la mañana, por orden de un certificado, renuncie a todos los futuros descubrimientos sexuales en nombre de ningún Dios en particular ni un alto mandamiento, sólo por la suposición inexplorada de que es algo muy malo”.  

Para De Botton, la ira que despierta el adulterio esconde una trágica verdad: nadie puede serlo todo para otra persona. En este sentido, asegura, la infidelidad no es más que “el pararrayos de la indignación moderna”, pues hay formas mucho más sutiles, pero más dolorosas, de engañar a una persona que acostarse con otra: como dejar de escuchar a tu pareja, dejar de evolucionar y encantar o, sencillamente, fijarse sólo en uno mismo.

“Más que obligar al que engaña a decir que está muy arrepentido” asegura el filósofo, “el engañado debería empezar por pedir perdón por forzar a su pareja a mentir al establecer la vara de la honradez en un lugar prohibitivamente alto, algo que sólo refleja la inseguridad del celoso haciéndola pasar por una norma moral”.

El valor de una promesa

El artículo de De Botton no ha sentado muy bien a algunos de sus colegas. En opinión de Mark D. White, jefe del departamento de filosofía del College of Staten Island, el creador de la Escuela de la Vida no se da cuenta de que, para la mayoría de personas, ser fiel no tiene nada que ver con un mandamiento divino ni un certificado, sino con la promesa que hemos hecho a nuestra pareja. Y romper esa promesa es lo que mucha gente considera, de forma razonable, como algo que está mal.

El hecho de que a muchos de nosotros nos guste mucho el sexo hace que tenga un gran significado que lo reservemos sólo para una personaEn opinión de White es cierto que hay otro tipo de infidelidades, y no necesariamente la sexual es la más grave, pero, “para bien o para mal, la mayoría de las personas consideran que la fidelidad sexual es la promesa más exigente”. No todo el mundo tiene que estar de acuerdo en esto, asegura el filósofo, y no es necesario que todo el mundo lo esté, pero si no quieres ser monógamo, no prometas que vas a serlo. 

“Si prometes algo a tu pareja”, asegura White, “tienes la obligación de cumplirlo, no debido a una norma o expectativa social, sino por respecto y amor a tu pareja”. En el fondo, explica el filósofo, el adulterio no tiene nada que ver con el sexo en sí, sino con el engaño. “El hecho de que a la mayoría de nosotros nos guste mucho el sexo hace que tenga un gran significado que lo reservemos sólo para una persona, pero es esa promesa que le hacemos a nuestra pareja, y no las normas sociales que rodean a la monogamia, la que debería hacernos reflexionar dos veces acerca de ‘los placeres del adulterio”.

Alma, Corazón, Vida
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