‘LA UNIVERSIDAD DEBE ENSEÑAR MEDITACIÓN’

La clave para ser más feliz, inteligente y creativo, según David Lynch

La visita del polifacético artista y cineasta a Madrid para hablar sobre meditación trascendental ha desatado la locura... incluso entre los intelectuales

Foto: El responsable de 'Una historia verdadera' ha pasado los últimos dos días en Madrid. (Reuters)
El responsable de 'Una historia verdadera' ha pasado los últimos dos días en Madrid. (Reuters)

La visita del polifacético artista y cineasta David Lynch al Rizoma Festival de Madrid, por mucho que haya sido presentada como una gira centrada casi exclusivamente en recordar las ventajas de la meditación trascendental, ha estimulado los instintos más irracionales de los admiradores del autor de Cabeza borradora.

La gente haciendo cola entre seis de la mañana y nueve de la noche para conseguir una entrada para la presentación de su ópera prima Cabeza borradora (Eraserhead, 1977) en el Cine Doré o las largas colas a la entrada del Aula Magna de la Universidad Carlos III para asistir a su encuentro con estudiantes son buena muestra de la locura que ha desatado su visita, que algunos comparan ya con la de Andy Warhol a Madrid en 1983. Ni siquiera la intelectualidad se salva del fenómeno fan, como recuerda la fotografía de Mario Martín que presenta a Pedro Almodóvar besando la mano del artista.

Entre todos los que han acudido estos días a sus conferencias, el perfil que menos abunda es el de la persona genuinamente interesada por la meditación. Uno de ellos es Miguel, un antiguo bróker de bolsa que ahora realiza meditación zen y que dedica su tiempo a una fundación con la que ayuda a los sin techo de Madrid y que acude impulsado por sus amigos. “Me dijeron que lo tenía que conocer y aquí estoy”, rodeado de 400 estudiantes y un periodista de El Confidencial, que asisten a un largo turno de preguntas y respuestas de hora y media de duración.

Lynch lo tiene claro: si todos meditásemos seríamos más felices y pacíficosNo cabe duda que, si bien algunas aseveraciones de Lynch sobre la utilidad de la meditación pueden ser discutibles (¿de verdad puede garantizar la paz mundial?), el cineasta cree en lo que cuenta y transmite con elocuencia su entusiasmo. Hay algo de hipnotizador en la gestualidad de Lynch, cuyo movimiento de manos parece representar ese “océano infinito, interminable, inmortal y eterno” que es la conciencia humana. A sus espaldas, el recio cortinaje rojo parece un guiño involuntario a la célebre habitación roja de Twin Peaks: quizá el mundo se parezca más a una película suya de lo que imaginábamos.

En busca de la felicidad (entre la oscuridad)

Lynch lo tiene claro: si todos meditásemos seríamos más felices, más creativos, más inteligentes y, en última instancia, podríamos conectar con la trascendencia. No es necesario sufrir para mostrar el sufrimiento en una película, responde a aquellos que le preguntan cómo compagina su optimismo ante la vida con una obra tan oscura, plagada de personajes demoniacos como el Bobby Peru de Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990) o el Frank Booth interpretado por Dennis Hopper de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986).

Nuestros cuerpos son automóviles que se van quedando viejos, pero la energía permanece“Una historia que no tenga sufrimiento o donde no se superen dificultades no sería una buena historia”, recuerda Lynch, que añade que lo único que hace es seguir a las ideas, un camino que generalmente le lleva al cine, puesto que es un medio que permite conjugar lo concreto y lo abstracto. “Es triste que haya directores tan deprimidos y tristes”, añade. “Cuando eres feliz, eres más creativo y puedes disfrutar de la creación de historias”.

El director es consciente de la desconfianza que puede generar la meditación entre los no adeptos: él mismo pensó que “cuando los Beatles se fueron con el Marahishi, era una pérdida de tiempo”. Sin embargo, pocos años después se preguntó si no habrían encontrado los Beatles la paz interior de esa manera, y él mismo lo probó a comienzos de los setenta. No se arrepentiría.

“Antes estaba lleno de ansiedad, de furia, de inseguridad y depresión”, explica Lynch. “Después descubrí que podía viajar a cualquier parte del mundo y que todo el mundo fuese amigo, no enemigo”. Lynch utiliza la metáfora del coche para explicar de qué manera la energía es todo y forma parte de todos nosotros: nuestros cuerpos son automóviles que se van quedando viejos y que por lo tanto nos obligan a comprar otros nuevos, pero la energía es la misma.

La meditación, materia troncal

En realidad, Lynch coincide con aquellos viejos hippies al pensar que el cambio social ha de empezar por el cambio en la conciencia de cada cual: por eso su voluntad de extender la meditación por todo el mundo tiene un importante matiz político. “En la televisión, sólo oyes hablar de la crisis financiera y del gobierno americano, pero la conciencia es más importante, porque es la vida misma, es lo que somos”.

En la universidad te entrenan para conseguir trabajo y ser un esclavo de tu jefeAlgo más polémico resulta su proyecto educativo: ante la pregunta de un profesor de la universidad sobre si la meditación debería formar parte del currículo, Lynch responde que “es esencial”. El pintor asegura que meditar en grupo (“es mejor”) por la mañana y por la noche no lleva mucho tiempo y puede marcar la diferencia. “Hoy en día, la educación sólo habla de acontecimientos y de cifras”, se lamenta. “Te entrenan para conseguir trabajo y ser un esclavo de tu jefe, pero deberían enseñar a aprender a liberar tu creatividad”.

El autor de Dune (1986) pone el ejemplo de un colegio de San Francisco, el Visitacion Valley Middle School, para señalar los efectos que podría tener la implantación de dicha materia. Se trataba de uno de los centros más conflictivos de todo Estados Unidos: en 2004 unos estudiantes descubrieron el cadáver apuñalado de un joven de 19 años y años después, un profesor fue amenazado de muerte.

“El director, Jim Dierke, la persona más opuesta a un hippie que uno podría encontrarse, lo intentó todo y finalmente decidió probar con la meditación”, explica Lynch. Hoy en día, la escuela ha eliminado la violencia de las aulas y ha mejorado sensiblemente las notas de los alumnos. Lo que el artista no cuenta es que dicho proyecto fue financiado por la David Lynch Foundation, pero a juzgar por la afabilidad del autor, la convicción con la que defiende sus ideas e historias como esta, uno termina pensando que algo debe llevar el agua cuando la bendicen. Con perdón.

El final de la negatividad

Lynch recuerda, dibujando un cuadro explicativo, cómo la ciencia ha conseguido explicar casi al completo el mundo material, pero cómo sólo la meditación permite acceder al de la mente. Se trata de un mundo en el que habitan la inteligencia, la creatividad, el amor y la paz, y donde no existe la negatividad “que está por todas partes”: el estrés, el miedo y la furia se extinguen tras comenzar a penetrar en el yo y “pronto estarás poniéndole la mano en el hombro a tu jefe e invitándole a un café”.

Lynch es capaz de encandilar e incluso convencer a un auditorio repleto de veinteañerosAsimismo, la meditación también puede servir para soñar… con los ojos abiertos, pues Lynch reconoce que no sueña demasiado. “Me gusta sentarme en una silla y soñar, me encanta la lógica de los sueños”. Es la manera que tiene el director de pescar esos peces (“unos más grandes, otros más pequeños”) que son las ideas, y que no son territorio exclusivo de los artistas, sino que también pueden ser útiles “para hombres de negocios”. “Hay cosas a las que sólo se puede acceder a través de la intuición”.

A juzgar por los resultados artísticos de su carrera y su aparente felicidad personal, no cabe duda de que en su caso, la meditación ha cumplido su cometido, por más que no haya dirigido un largometraje desde el hito histórico que significó INLAND EMPIRE (2006): basta con observar medio minuto de cualquiera de sus trabajos para reconocer un estilo inconfundible e irrepetible, a la par que rupturista. Nadie como él ha sabido obtener tal expresividad de la imagen digital, ni de trasladar a imágenes el subconsciente humano.

Por eso y por sus ademanes de anciano entrañable, Lynch es capaz de encandilar e incluso convencer a un auditorio repleto de veinteañeros (que tan sólo resoplan cuando compara el “brahm” (la totalidad) con el “reino de los cielos” cristiano), y de recibir una cerrada ovación tras pronunciar una sentida oración que desea para los asistentes la ausencia de sufrimiento y el buen entendimiento entre todos. “¡Paz!”, concluye, realizando con las manos el mítico gesto pacifista. En el Cielo, como cantaba la Mujer del Radiador, todo marcha bien. 

Alma, Corazón, Vida
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