RIKAR GIL PARTICIPÓ EN UN EXPERIMENTO DE AISLAMIENTO

Rikar Gil, el actor catalán que sobrevivió en Alaska sin usar tecnología

Este barcelonés vivió una experiencia extrema que jamás olvidaría

Foto: El actor catalán que sobrevivió en Alaska sin usar tecnología
El actor catalán que sobrevivió en Alaska sin usar tecnología

Entre las preguntas que le hicieron a Rikar Gil (Barcelona, 1976) en los castings previos a la experiencia de aislamiento que le había de llevar, semanas después, al corazón helado de Alaska -sin dinero, ni pasaporte, sin ningún tipo de dispositivo electrónico- estaban algunas como éstas. ¿Alguna vez has disparado un arma? ¿Te has tirado en paracaídas? Contestó sí a todo. "No buscaban a un valiente, sino a un inconsciente", cuenta a Teknautas por teléfono el joven catalán, que compagina la profesión de actor con trabajos puntuales en hostelería.

[Muere el actor Rikar Gil]

Eran cuestiones básicas para hallar el perfil capaz enfrentarse a una experiencia de supervivencia cuyo objetivo era arrancar a esa persona, durante una semana, del "abominable confort terrestre", como lo definió André Bretón, aunque entonces no había teléfonos móviles, herramientas de geolocalización o tarjetas de crédito.

"Dependemos totalmente de la tecnología. En una cultura como la nuestra, en el 70% de los planes y búsquedas que hacemos dependemos de internet. Es el confort digital: no es un concepto sólo físico. Cuando no lo tienes, empiezan los miedos, las inseguridades", piensa Gil.

[Ruta hacia el polo sur para vivir la Antártida y sus paisajes helados]

Antes de comenzar, en su cabeza, el catalán se había imaginado un destino africano; por eso en la primera maleta que preparó, que pronto le quitarían, apenas había metido un par de camisetas y pantalones cortos y un bañador. Después, una voz le citó en el aeropuerto de Barajas a las cuatro de la mañana dándole instrucciones concretas. "Allí me enviarían los localizadores de los vuelos".

Aterrizaje en Anchorage

"Supe que iba a Anchorage cuando llegué al aeropuerto, y después de 29 horas de viaje, tomando tres aviones, con enlaces muy largos, llegué a Alaska. Allí me vendaron los ojos y viajé casi cuatro horas en un coche. Después, me metieron en una habitación, aislado, hasta el día siguiente, cuando vino a recogerme un helicóptero", recuerda Rikar Gil.

Su destino eran los desiertos helados de Alaska, donde tendría que poner a prueba sus aptitudes de supervivencia y su sentido de la orientación. "El objetivo era conseguir volver a España en una semana". Como apoyo, le entregaron un kit de supervivencia con alimentos y agua, aunque al final no fue suficiente, y también comió nieve para economizar el líquido.

Rikar no estaba solo. Para hacer un seguimiento real del experimento le acompañaba un cámara, aunque no se quedaba a dormir. Cada noche, un coche iba a recogerle. "Durante el día caminaba a mi lado, pero no respondía a nada ni hablaba, sólo estaba ahí, era una de las reglas para fomentar la sensación de aislamiento y soledad".

Un mal paso

"Los primeros días yo dormía en la nieve, con una pequeña tienda de campaña, bajo cero". Y ésa fue su rutina hasta que las cosas se pusieron demasiado feas y la organización tuvo que intervenir para para llevárselo a un refugio donde pudo calentarse. "Estaba todo nevado y no se veía nada, con tormentas de miedo. También había osos, renos y alces, aunque siempre los vi de lejos".

Después de dos días, iba a salir de la nieve, pero antes viviría el momento más peligroso. La organización controlaba la experiencia para que nada se fuese de las manos, pero como ocurrió en el experimento que inspiró la película 'Das Experiment', aunque en este caso no llegó a ese extremo, en su día libre Gil decidió aventurarse en una especie de río helado.

"Se partió el hielo y quedé encajado en una grieta. Sentí pánico, ahí estaba solo de verdad, y nadie se hubiera enterado. Si me hubiese caído hacia abajo, sería difícil salir. Al final, pude escalar por una pared de hielo", recuerda.

Regreso a casa

Las siguientes etapas fueron más livianas, pero tuvo que ingeniárselas para regresar a Anchorage pidiendo ayuda. Hizo autoestop, navegó, pidió comida, durmió en casas. Todo lo necesario para tomar a tiempo el avión de vuelta a España, que logró a falta de dos horas del despegue.

Entonces le entregaron su equipaje africano, el pasaporte, su dinero y su móvil, devolviéndole de un tirón su existencia de ciudadano conectado, que por el azar de una campaña publicitaria puede poner a prueba su resistencia a necesidades imprescindibles para vivir hoy, aunque quizás merece la pena intentarlo por uno mismo, al estilo Christopher McCandless, cuya historia inspiró Into the wild, pero con un final más feliz.

Tecnología
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios