DE MINORÍA SILENCIOSA A FUERZA POLÍTICA

El ‘Tea Party’ a la francesa se adueña de la calle y dicta la política de sociedad

Quienes protestan contra la adopción por parejas gais no son los mismos de la Jornada de la cólera. Pero estarían creando las bases de un Tea Party galo

Foto: Banderas francesas y de la Unión Europea durante la protestas de La Manif pour Toues en París. (Reuters)
Banderas francesas y de la Unión Europea durante la protestas de La Manif pour Toues en París. (Reuters)

En pocos meses, los Pirineos pueden ser testigos del cruce entre mujeres españolas que viajan a Francia para abortar y homosexuales franceses que se dirigen a España para encontrar una madre de alquiler.  Si, en el caso español, el exilio exprés será consecuencia de una medida gubernamental, en el país vecino el veto a la fecundación médica asistida o al alquiler de vientres ajenos es producto de la presión de la calle. Del empuje de decenas de miles de personas que han conseguido frenar una de las medidas estrella del programa del Partido Socialista y sus aliados ecologistas.

La asociación La Manif pour Tous (La Manifestación para Todos) nació como contraposición al Mariage pour tous (el matrimonio para todos), como se conoce a la ley que permite legalizar en Francia las uniones entre homosexuales. Son esos miles de personas las que tomaron el pasado fin de semana las avenidas y plazas de París y Lyon y obligaron al Gobierno de Hollande a congelar su Ley de Familia, prevista para ser aprobada este año.

Los que se manifiestan contra la adopción de niños por parejas homosexuales no son los mismos que se lanzaron a las calles en la llamada Jornada de la cólera. Pero, para Manuel Valls, unos y otros estarían creando las bases de un Tea Party a la francesa, un movimiento ultraconservador similar al surgido en EEUUEntre los manifestantes, destaca una mayoría de católicos, pero también desfilaron representantes de los credos musulmán y judío, que se oponen a lo que consideran un ataque a la familia tradicional. La protesta del domingo es la culminación de una serie de manifestaciones callejeras que han mantenido en vilo al Ejecutivo durante los últimos meses, si bien no se puede colocar a todas en el mismo saco, como parte de la izquierda y casi toda la prensa bien pensante hace.

Las familias e individuos que se manifiestan contra las madres de alquiler o la adopción de niños por parejas homosexuales no son los mismos que se lanzaron a las calles en la llamada Jornada de la cólera contra el Gobierno. Estos últimos, una mezcla de antijudíos, dieudonnistas, extremistas de derecha e izquierda y marginales con ganas de bronca, sólo buscaban destrozar el material urbano y enfrentarse a la policía para hacer público su rechazo a un Gobierno elegido democráticamente.

Para el responsable de Interior, Manuel Valls, unos y otros estarían creando las bases de un Tea Party a la francesa, un movimiento ultraconservador, según el popular ministro, similar al surgido a la derecha del partido republicano en Estados Unidos.

Un cartel que reza 'No a la teoría del género' durante la protesta  en París (Reuters).
Un cartel que reza 'No a la teoría del género' durante la protesta en París (Reuters).

La prensa de izquierda habla también de “Facholand”, de “ultrarreaccionarios” e, incluso, de “nazis”. Titulares y adjetivos espectaculares, pero desgastados y simplones. Para el veterano periodista Jean François Kahn, es “infamante e injusto tachar de ultras o calificar de extremistas de derecha a los manifestantes de La Manif pour Tous”.

El filósofo y teólogo Bertrand Vergely, opuesto al matrimonio homosexual, subraya que hay que ladear los clichés. Según él, “la izquierda considera reaccionarios a la derecha, la extrema derecha, los católicos, los religiosos, los conservadores y, en general, a todos los que no son de izquierdas o no votan por ella”. Para Vergely, los que la izquierda considera reaccionarios son realistas que piensan que hay cosas que no son posibles de llevar a cabo, y, por lo tanto, no creen en la utopía.

De minoría silenciosa a fuerza política

Pero dejando aparte las disquisiciones socio-políticas que acaparan los debates en Francia, hay que interrogarse sobre el nuevo fenómeno protagonizado por cientos de miles de personas que, de minoría silenciosa, se han convertido en una fuerza social capaz de influir en la política del país. Con un centro-derecha huérfano de líder y de discurso y un Frente Nacional aparentemente desradicalizado, se ha abierto una falla sociológica que aún escapa a la explicación de los miles de analistas y centenares de think-tanks que, por suerte, pululan en Francia.

Es difícil, por el momento, poder decir si el movimiento se traducirá en una organización política estructurada. Sus líderes se niegan a ser recuperados por cualquier partido político tradicional. En una rueda de prensa celebrada el lunes, con la resaca de la victoria todavía en los labios, uno de los portavoces de La Manif pour Tous, Alberic Dumont, quiso insistir sobre ello: “No pertenecemos a ningún partido; somos un movimiento de sociedad”.

Una bandera del movimiento durante la protesta celebrada en París (Reuters).
Una bandera del movimiento durante la protesta celebrada en París (Reuters).

La “derecha republicana”, como la llama Valls, y su principal partido, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), no sabe cómo tratar con el nuevo fenómeno. En filas de la UMP coexisten liberales y sociales, laicos, católicos conservadores y progresistas, homosexuales y antimatrimonio gay. Por supuesto, su discreción del momento parece la mejor táctica en espera de las elecciones locales de marzo y las europeas de mayo. Saben bien que los votos de los nuevos amos de la calle deberían ir a parar, naturalmente, hacia sus filas.

Para el partido de Nicolas Sarkozy, los debates de sociedad no deberían ocultar su caballo de batalla contra el Gobierno: la situación económica y, en particular, el aumento del paro. Pero si la espera se convierte en indecisión sobre los asuntos de sociedad, se arriesgan a una radicalización y a un voto de protesta que favorecería a Marine Le Pen, la única política que sonríe estas semanas en los platós de televisión.

Histeria en el debate público

El embrión del supuesto Tea Party francés se sustenta en la pérdida de autoridad del discurso político tradicional que, denostado, provoca también, según otros comentaristas, la “histerización” del debate público. Una muestra de ello ha sido la polémica suscitada por la protesta contra la intención del Ministerio de la Educación de acabar con los clichés sexistas y con la homofobia en las escuelas.

El nuevo fenómeno protagonizado por cientos de miles de personas se ha convertido en una fuerza social capaz de influir en la política del país. Sus líderes se niegan a ser recuperados por cualquier partido político tradicional. El lunes, con la resaca de la victoria todavía en los labios, uno de los portavoces de La Manif pour tous, Alberic Dumont, quiso insistir sobre ello: No pertenecemos a ningún partido, somos un movimiento de sociedad Algunas voces radicales se apropiaron el debate y difundieron a través de los medios sociales la denuncia de que el Gobierno pretendía aplicar la teoría del género a la pequeña infancia. Estas mismas voces llamaron a un día de boicot a los colegios y obtuvieron tal éxito que el propio ministro de Educación, Vincent Peillon, tuvo que salir en público a desmentir las exageraciones y a calmar a los padres y madres.

En un ambiente de crisis como el que vive Francia, con una clase media temerosa de pauperización, donde la familia pierde protección social y es ya también objeto prioritario fiscal, bastaba con una simple chispa para exasperar a muchas familias que consideran la educación de sus hijos como la única prerrogativa irrenunciable que les queda. La derecha tampoco quiso entrar de lleno en la polémica y el Gobierno y sus medios afines achacaron todo a un rumor intencionado.

Lo cierto es que no parece el momento más adecuado para imponer, sin el consenso necesario, políticas con un fondo de buena intención, pero chocantes para una mayoría social conservadora. Está muy bien querer acabar con los papeles tradicionales representados por el hombre y la mujer, pero explicar la homosexualidad en la escuela a niños y niñas de diez años puede provocar la reacción airada de muchos padres y madres. El debate llegó a discutir si la educación de los menores pertenece a la familia o a la escuela, entiéndase el Estado. Viejas polémicas del 68 que los nietos de esa generación resucitan ahora.

Imagen de la manifestación celebrada el domingo en Lyon (Reuters).
Imagen de la manifestación celebrada el domingo en Lyon (Reuters).
¿Maniobra electoral contra la derecha?

El Partido Socialista también ha mostrado sus diferencias ideológicas en este capítulo. Muchos no han aceptado que el Gobierno renuncie a la procreación médica asistida y a la gestación de alquiler. Para estos, se trataría de una capitulación más. Con un presidente socialdemócrata confeso y una política económica cada vez más proliberal, el ala progre del PSF esperaba tener vía libre para la transformación de Francia, al menos en cuestiones de sociedad. 

De momento, la Francia conservadora, los indignados de este país, han ganado una gran batalla en la calle. Para Hollande no se trataría de algo completamente negativo. Como en el caso de su confesión prosocialdemócrata, él no estaba tampoco de acuerdo con estas medidas y, por lo tanto, queda liberado de otro debate dentro de su familia ideológica para decidir, con las manos libres, sobre la única política que le interesa: la recuperación económica de su país.

El Tea Party, si acaso se consolida, será más bien un problema para la unión de las derechas. Por eso, algunos de sus representantes han denunciado que es el propio Gobierno el que atiza la creación de un nuevo movimiento político sólo con fines electoralistas, como hizo François Mitterrand cuando favoreció el engorde en las urnas del Frente Nacional.
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