El barça espera con ánimo al psg

La enésima exhibición de Leo Messi hace del Celta un muñeco de trapo

Como ya es costumbre, el argentino rigió el partido a su antojo. Dos goles y una asistencia fueron claves para entender la goleada (5-0) que se llevaron los vigeses del Camp Nou

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Leo Messi, como siempre. Cuando sea un señor mayor, con achaques ya, y pase por un parque en el que jueguen niños seguirá dando lecciones de fútbol. Por la repetición de lo mismo ya sorprende menos, pero hacerlo con tanta frecuencia lo único que le da es más valor al hecho. Es un jugador de un valor incalculable, el mejor de la última década, sin importar lo que digan los premios absurdos del final de año y que ha sido disfrutado completamente por el Barcelona. Su dominio del juego ha sido único y solo se puede comparar con los mejores de siempre. Es posible que esté por encima de todos ellos si se junta en la ecuación sus picos más altos y el nivel al que llegó de manera regular.

Contra el Celta fue una más, la última de momento. Lo resolvió en dos golpes, muy diferentes entre sí, ambos propios absolutamente del genio. El primero es un gol de su factoría, un eslálom imposible, de esos que desfiguran a las defensas más férreas. Llega al borde del área, levanta la mirada, encuentra el hueco -siempre lo encuentra- y ya está, a otra cosa. La misma jugada la hace desde que tenía 18 años y con una melena imposible reventaba a las defensas rivales. En aquel momento aún era más sorpresa que admiración, ahora mismo, cuando pasan esas cosas, no es porque la gente no lo espere.

Con el balón cosido al pie ha visto como a su alrededor los técnicos rivales proponían cien maneras de pararle y ninguna funcionaba. Defensas de tres, de cuatro o de cinco, marcajes individuales o zonales, dureza extrema o intentos de que el balón no llegase a sus pies. Hubo tantas propuestas como fracasos en ese intento. Messi, además, ha conseguido algo que la mayoría de las grandes estrellas no lograron: evolucionar.

La evolución

La mayor parte de los jugadores dotados con un fútbol descomunal se conformaron con lo que tenían de inicio. Messi tenía un repertorio casi infinito de fintas, de remates, una velocidad endiablada. En su adolescencia regía los partidos desde fogonazos individuales, diagonales eternas como aquella mítica contra el Getafe en la que hizo que los rivales, hombres hechos y derechos, pareciesen pajaritas de papel. El tiempo, sin embargo, le hizo cambiar. No perdió ninguna de las cualidades que tenía cuando empezaba, mantuvo la velocidad, el regate vibrante y el remate perfecto. Pero, además, entendió el fútbol mejor, comprendió que colectivizando su juego podía hacer a los de alrededor mucho mejores y, como quiera que siempre estuvo rodeado de cracks, aquello era una fórmula aún mejor para llegar a la victoria.

Y eso es el segundo gol contra el Celta, el que terminó de desequilibrar el partido. Una vez más coge la bola, se deshace de lo que tiene alrededor y, en lugar de obcecarse, hace un pase magistral a Neymar. El brasileño, que no es cojo -aunque tampoco es Messi-, terminó aquello con un toque de calidad tremendo. Un gol hace feliz a uno, una asistencia a dos y lo que hace Messi a una grada entera. El aficionado del Barcelona ha disfrutado durante muchos años de un gobierno intenso, memorable, de los que ninguna grada ha disfrutado nunca. El mismo tiempo en el que sus rivales han cruzado mil veces la línea de la desesperación.

También ha tenido algo de suerte con las lesiones. Cuando empezó había dudas sobre el tema. Tenía sucesivas lesiones musculares y dejaba la sensación de que eso le podía convertir en un jugador sin regularidad. Es posible que eso hubiese ocurrido en los años ochenta, cuando la medicina y la alimentación no tenían la suficiente importancia en el deporte profesional. Messi acertó hasta en el momento en el que había que nacer.

Siempre estuvo bien cubierto, bien acompañado, y lo sigue estando. La diferencia entre el Barcelona pletórico de esta semana y el anémico de la pasada contra el Leganés está en él y, también, en Busquets, que de repente ha vuelto a jugar al fútbol para tener mejor equilibrado al conjunto entero. Eso puede preocupar al PSG ¿Es posible la remontada? Lo normal es no contar con ella. Todos pudimos ver el repaso que los parisinos infringieron al Barça en la ida. Claro que, estando Messi... al menos hay que poner la televisión, no vaya ser que, una vez más, le de por hacer historia. El reto es pistonudo, no se lo digan dos veces.

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