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'El caso Sloane': anfetaminas, armas y corrupción desatada

Una 'lobista' sin escrúpulos se erige en heroína quijotesca empeñada a exponer la corrupción del sistema

Foto: Jessica Chastain es la protagonista de 'El caso Sloane'.
Jessica Chastain es la protagonista de 'El caso Sloane'.

El objetivo de 'El caso Sloane' es hacernos una revelación absolutamente revolucionaria: que la política es un mundo corrupto, en el que las ambiciones personales cuentan más que los principios. Y para hacer estallar semejante noticia-bomba, la película trata de ser cínica y a la vez idealista, de posar en actitud antisistema por un lado y por el otro celebrar que, de vez en cuando, quienes tienen el poder a veces hagan lo correcto. En el proceso, en ningún momento resulta ser tan lista como ella misma se cree y en cambio sí bastante superficial y del todo inverosímil, y mucho más efectiva dejándose a sí misma en evidencia que su protagonista haciendo lo propio con sus adversarios.

Dicha protagonista se llama Elizabeth Sloane, y es la perfecta encarnación de la inmoralidad y la crueldad que imperan en el Capitolio. Forma parte de una influyente firma dedicada a persuadir a congresistas para que aprueben leyes que son beneficiosas para sus poderosos clientes, o para que rechacen las que les son perjudiciales. Una 'lobista', pues, y una especialmente temible y maquiavélica.

Sin embargo, Sloane tiene convicciones; y en nombre de ellas, al principio de la película, rechaza la oferta de un senador para que lo ayude a tumbar una nueva legislación que aumentaría el control del uso de armas. Y en cuanto se le ofrece la oportunidad de trabajar para promover su aprobación acepta encantada, chocando así frontalmente con su antigua empresa. Una guerra definitivamente sucia se desencadena a partir de entonces.

Como casi todos los malos imitadores de Aaron Sorkin, el guionista Jonathan Perera confunde la velocidad con la inteligencia

Desde su minuto uno de metraje, 'El caso Sloane' encadena conversaciones sobre lagunas legales y pormenores burocráticos y los impuestos al aceite de palma, que aspiran a funcionar como furiosos peloteos de ping-pong y quizá lo lograrían de no ser porque, como casi todos los malos imitadores de Aaron Sorkin —¿los hay buenos?—, el guionista Jonathan Perera confunde la velocidad con la inteligencia. Los diálogos escupen palabras pero no aportan hondura ni significado a los personajes ni a sus situaciones.

Chastain da vida a una 'lobista' agresiva.
Chastain da vida a una 'lobista' agresiva.

Alimentada exclusivamente a base de anfetaminas, su propio ego y las flaquezas de todo aquel incauto que se enfrente a ella, Sloane es una mujer alérgica a las relaciones humanas y esencialmente inmoral a la que, en todo caso, el director John Madden insiste en retratar también como algo parecido a una heroína quijotesca, empeñada en exponer la corrupción del sistema.

John Madden retrata a una heroína quijotesca, empeñada en exponer la corrupción del sistema

Y a lo largo de dos repetitivas y agotadoras horas la contempla conspirando y dejando a sus enemigos con un palmo de narices y soltando bilis mientras los demás la miran admirados u horrorizados. Son sus tácticas lo que le sirve a Madden de excusa para marearnos con una sucesión de giros argumentales, a cual más improbable, y culminarla con un clímax que acaba no solo redimiendo con tosquedad al personaje sino que le otorga una capacidad casi sobrehumana de anticiparse a los movimientos de sus rivales.

Fotograma de 'El caso Sloane'.
Fotograma de 'El caso Sloane'.

A lo largo de la película, Madden trata el debate sobre las armas como poco más que un MacGuffin, quizás asumiendo que la mayoría de espectadores ya tienen una opinión muy formada a favor de la necesidad de limitar su uso y en todo caso dejando claro que, en realidad, la película podría hablar sobre cualquier otra cosa. Quizá, después de todo, de eso se trate: en el mundo de la política moderna el asunto importa menos que el tráfico de influencias que se pone en marcha para defenderlo o atacarlo.

Cartel de 'El caso Sloane'.
Cartel de 'El caso Sloane'.

Eso y el modo en que los 'lobbies' han pervertido la democracia y permitido que los intereses económicos impongan la agenda legislativa habrían sido temas interesantes que explorar. Pero, aunque convencido de su propia profundidad, el guion de Perera no ofrece más que pueriles sermones sobre lo mucho que el dinero corrompe. Y eso hace que su fe en la capacidad del trabajo duro y la determinación para cambiar el sistema, especialmente en un tiempo en el que los cimientos democráticos parecen tan poco firmes, suenen a cuento.

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