'la era del sucedáneo'

El artesano del XIX que predijo que la vida sería una mierda en 2016

Se publica ‘La era del sucedáneo’, una recopilación de cartas y conferencias de William Morris, que intuyó las disyunciones de la sociedad actual
Foto: William Morris
William Morris

William Morris (1834-1896) fue un tipo majo. Se adivina pronto leyendo ‘La era del sucedáneo’, editado por Pepitas de Calabaza. Basta llegar a la página siete:  “Fue un artista que rechazó honores, por ejemplo rehusó en 1887 la cátedra de Poesía del Exeter College o más tarde, a la muerte de Tennyson, el título de Poeta Laureado”. Carecía de soberbia: no le costaba reconocer su incapacidad para entender gran parte de los textos de Karl Marx. “He intentado estudiar, aplicándome a conciencia, el aspecto económico del socialismo, e incluso he discutido con Marx, pero he de confesar que, si bien he admirado plenamente la parte histórica de ‘El capital’, mi cerebro se mareó hasta lo indecible leyendo la parte puramente económica de esta gran obra”, afirma. Estamos ante un hombre libre de postureo.  

Apple no nos hará libres

'La era del sucedáneo', de William Morris
'La era del sucedáneo', de William Morris

¿Por qué sus textos parecen proféticos? Tuvo una percepción más clara del futuro que muchos otros socialistas de su época, que esperaban (de manera un poco ingenua) que el progreso técnico liberase de manera automática a la clase trabajadora. ¿Su postura? “La multiplicación de las máquinas no hará otra cosa que…multiplicar las máquinas. Creo que el ideal del futuro no tenderá hacia un ahorro de de la energía humana mediante la reducción al mínimo de la jornada de trabajo, sino a una reducción al mínimo del sufrimiento en el trabajo”. Traducido: los ordenadores nos permiten sudar menos, pero estamos en la oficina el mismo número de horas.

Además, como bien sabía Steve Jobs, cuantos más gadgets tenemos, más gadgets queremos. Para Morris, la liberación no tenía que ver con los avances tecnológicos, sino con la emancipación política. “De hecho, me da la impresión de que la civilización puede definirse como un sistema diseñado para asegurar que una minoría privilegiada disponga del conjunto de las energías humanas”. Todo un anticipo del lema activista “Somos el 99 por ciento”. La élite vive, la mayoría social sobrevive

Vendrán las tiendas “de chinos”

Morris fue un feroz crítico de las políticas de austeridad, que hoy dominan la agenda mundial, sobre todo en Sanidad o Educación. Su visión era apoyar esta última sin reservas: “Yo lo resumiría así: digamos que nos hemos decidido a hacer algo por cincuenta mil libras y que para hacerlo correctamente hay que gastar otras diez mil. En ese caso, habremos echado por tierra nuestro trabajo, a no ser que las gastemos. ¿No es más económico gastar sesenta mil en hacerlo bien que gastar cincuenta mil en no hacerlo? Así es como habría que abordar la cuestión de la educación pública, es decir, tratar de adecentarla lo mejor posible, sea cual sea el coste. Cualquier otro objetivo no produciría otra cosa que un lamentable sucedáneo”, explica.

Habría que adecentar la educación pública lo mejor posible, sea cual sea el coste. Cualquier otro objetivo no produciría más que un lamentable sucedáneo

Intuyó el advenimiento de la cultura del bajo coste, rebosante de productos incapaces de cumplir su función. “En ningún lugar puede comprarse un cuchillo afilado que corte durante mucho tiempo. El otro día perdí un par de tijeras de uñas que cortaban y que poseía desde hace años. Me puse a buscar otras y tuve que desechar tres antes de dar con unas que cortasen mal que bien”, lamenta. Se hubiera puesto furioso en una tienda de las que hoy llamamos “de chinos”.

Admítelo: eres pobre

¿Por qué aceptamos comprar productos de mierda, que sabemos que no dan la talla y que vamos a tener que volver a adquirir dentro de seis meses, por culpa de la baja calidad y de la obsolescencia programada? “Esa enfermedad del mundo moderno se llama pobreza. Si transigimos con todos esos sucedáneos es porque somos tan pobres que no podemos evitarlo; demasiado pobres para poseer prados agradables y llanuras refrescadas por la brisa, en lugar de los terribles desiertos que nos rodean; demasiado pobres para vivir en ciudades racionales y bien planificadas, o en las casas bonitas que merece la gente decente; demasiado pobres para impedir que nuestros hijos crezcan en medio de la ignorancia; demasiado pobres para derribar las prisiones y las fábricas y construir en su lugar casas concejiles y edificios públicos para esparcimiento de los ciudadanos; demasiado pobres, en definitiva, para ofrecer a cada ciudadano la oportunidad de trabajar en lo que haga mejor, y por consiguiente disfrutar con ello. ¡Qué digo! Demasiado pobres para hacer la paz entre nosotros, y poner fin de una vez a la guerra entre ricos y pobres, entre quienes tienen todo y los que no tienen nada”.

Somos demasiado pobres para hacer la paz entre nosotros y poner fin a la guerra entre ricos y pobres, entre quienes tienen todo y los que no tienen nada

Parece una mezcla de textos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, los informes contra el cambio climático y los panfletos de Juventud Sin Futuro. En realidad, la reflexión pertenece a una conferencia pronunciada en Manchester en 1894. William Morris supo ver muchos de nuestros problemas ciento treinta años antes de que ocurrieran.

Traidor de clase

Estamos, además, ante un declasado. Procedente de la burguesía británica, pronto comprendió que el dinero no garantizaba una vida plena. “Desde siempre, he pertenecido a una clase acomodada, y nací en medio del lujo, así que es fuerza que pida al futuro mucho más que la mayoría de ustedes”. Había comprobado, de primera mano, que los ricos tenían tendencia a transformar las ciudades en espacios asépticos. “Si pudieran, limpiarían las calles de vendedores ambulantes, organillos, manifestaciones y conferencias de cualquier tipo para convertirlas un especie de galerías de prisión adecentadas, llenas solo de gente que se arrastra para ir a trabajar”. Básicamente, lo que ahora se conoce como gentrificación. “Yo creía que civilización significaba apego a la paz, el orden, la libertad y la fraternidad entre los hombres (…) Eso es lo que yo creía que era, y no más sillas tapizadas, ni cojines, ni más alfombras y lámparas de gas, ni más alimentos refinados; es decir, no más de todo aquello que agrava las diferencias entre las clases”.

Si algún día se lo cruzan, no le lleven a dar un paseo por Malasaña, ni por Puerto Banús.  

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